Opinión

La integración horizontal y la comunidad política europea 

UE

A mediados de 2018, por provocación del (entonces) presidente del Colegio de Abogados de Portugal (Guilherme Figueiredo) y del presidente ejecutivo de la Fundación Calouste Gulbenkian (Guilherme d'Oliveira Martins), asumí la coordinación científica de la conferencia titulada ‘Comunidad política europea: revelando la Europa cotidiana de los ciudadanos europeos’, que tuvo lugar en la Fundación Gulbenkian de Lisboa, el 15 de noviembre de 2018. 

En esa ocasión, los ponentes se enfrentaron a una serie de preocupaciones sobre la comunidad política europea en construcción, entre ellas: "¿Qué falta en la comunicación oficial y social sobre los temas europeos? ¿Cómo se puede generar una comunicación afectiva entre las autoridades europeas y los ciudadanos? ¿Cómo puede la sociedad civil contribuir decisivamente a la apertura recíproca de las opiniones públicas nacionales? ¿Cómo pueden los medios de comunicación mediar en las posiciones/controversias políticas que los temas europeos provocan en otros Estados miembros? ¿Cómo podemos optimizar el potencial de las tecnologías digitales para garantizar la legitimidad democrática basada en el valor del Estado de derecho?EU

Estas preocupaciones son aún más pertinentes hoy en día porque la COVID-19 ha sacudido los cimientos de la vida en sociedad y los individuos lo han sentido en casi todos los aspectos de la vida diaria. Quizás el impacto más profundo de la pandemia se debió a las limitaciones de movimiento, ya que la movilidad produce un vínculo/efecto significativo en términos humanos y culturales. Los contactos entre personas han reducido las tensiones europeas a lo largo del tiempo -en cierta medida Erasmus ha hecho tanto (o más) por la integración del continente que los fondos de cohesión- y su drástica reducción tiene insondables repercusiones jurídicas y políticas. 

Tal vez la pandemia haya traído el momento decisivo para abordar la integración europea desde la perspectiva de los individuos, desde las experiencias de la vida cotidiana, desde el ajetreo de la integración horizontal -aunque sea en un entorno virtual durante la crisis sanitaria- y no tanto (o no sólo) desde la integración vertical. Cuando se habla de ciudadanía republicana o de democracia europea, inmediatamente aparecen propuestas de reformas institucionales en la UE, siempre desde la perspectiva de la integración vertical.  Pero tal vez sea el momento de abordar el problema desde la perspectiva de la integración horizontal, o de un horizonte de vida compartido, en el que pueda forjarse comunicativamente una voluntad colectiva. Como explicó Ulrich Beck, sólo cuando los individuos entiendan la UE como su proyecto, sólo cuando sean capaces de adoptar la perspectiva de los ciudadanos de otros Estados miembros, tendrá sentido hablar con propiedad de una democracia europea1.EU  

Según Jürgen Habermas, no habría razón para suponer que la formación de un sentido político de "copropiedad" tuviera que limitarse a los confines del Estado-nación. Frente a la objeción crítica de que no existe un "pueblo europeo", Habermas sostiene que la propia idea del espíritu del pueblo (Volksgeist) fue un importante elemento constructivo de la historiografía que, a través de la elaboración de orgullosas narrativas nacionales, sirvió para construir una nueva identidad colectiva durante el siglo XIX.  Sin embargo, el carácter genuinamente natural que hoy se atribuye a la conciencia nacional -diseñada por los historiadores y difundida a través de los medios de comunicación modernos- hace que se ignore lo artificial que es la creación de este estado de conciencia2.   

En este sentido, para la formación de esa identidad europea, por débil que parezca en un principio, sería relevante la aparición de un espacio político público europeo, es decir, un contexto de comunicación que trascienda las fronteras nacionales. Todo depende del intercambio discursivo de argumentos y opiniones que trasciende las fronteras nacionales. Y el obstáculo de la diversidad lingüística no es un impedimento para ello, siempre que entren en escena nuevas tecnologías y nuevos actores: grupos de interés, organizaciones no gubernamentales y partidos políticos que se han organizado a nivel europeo, así como intelectuales y formadores de opinión igualmente reconocidos en la UE3.          

Ningún momento de la integración europea ha sido tan propicio para la toma de conciencia de que todos los ciudadanos europeos comparten el mismo destino político como el vivido con la pandemia. En esta medida, "¿cómo garantizar entonces que el mayor número posible de individuos tenga la oportunidad de aprender a verse a sí mismo a través de los ojos de los demás?" (es decir, de los ciudadanos de otros Estados miembros), Esta pregunta podría desglosarse en varias otras: "¿Cómo podemos abrir canales de comunicación privilegiados entre los individuos? ¿Y qué canales hay que abrir? ¿Y quiénes serían los traductores, es decir, los intermediarios, los agentes que comunican los intereses y las realidades de cada uno?" (traducción entendida aquí en el sentido amplio del término, el de "conducir hacia nosotros", revelando mentalidades y visiones del mundo, ya que sólo nos interesa lo que conocemos4).  

Más que nunca es hora de escudriñar la comunidad política europea, revelando la Europa cotidiana de los ciudadanos europeos5, y de hacerlo a partir de la sociedad civil, de lo que puede hacer en este sentido, más allá del poder público. Es importante considerar hasta qué punto el clima de confianza en las soluciones europeas a la crisis sanitaria puede crear un espacio político que reconcilie a los europeos y promueva el compromiso entre visiones divergentes para Europa. Hay que idear soluciones de integración vertical y (sobre todo) horizontal que permitan elegir entre diferentes alternativas políticas para la Unión, en lugar de la "perezosa" elección entre estar simplemente en contra o a favor de la permanencia en la UE.  

Ciertamente no es una empresa fácil, pero tampoco es imposible. Todo parece complicado porque los ciudadanos europeos del Norte y del Sur, del Este y del Oeste, de las economías más y menos robustas, etc. anhelan cada vez más cosas diferentes y a veces contradictorias. Sin embargo, al fin y al cabo, las divergencias entre los ciudadanos europeos también se reproducen dentro de cada Estado miembro, y ha sido posible gestionarlas o acomodarlas democráticamente. EU

Aquí entra en juego la solidaridad entre ciudadanos que se responsabilizan unos de otros. La idea del reparto equitativo de las cargas puede difundirse mediante procesos de aprendizaje, puede ser estimulada por la percepción de las necesidades económicas y políticas. Y así, las lealtades se acumulan y las tradiciones cambian. Cuanto más conscientes sean los individuos de la influencia de las decisiones de la UE en su vida cotidiana -y cuanto más lo revelen los medios de comunicación-, más crecerá su interés por ejercer sus derechos democráticos también como ciudadanos europeos. 

La solución está ampliamente estudiada y requiere una práctica diferente tanto de i) los gobiernos nacionales (que tienden a nacionalizar los éxitos y a europeizar los fracasos para ganar las elecciones), como de ii) los medios de comunicación nacionales (que pueden contribuir de forma decisiva a la apertura recíproca de la opinión pública de los Estados miembros), así como de iii) los partidos políticos nacionales (que han sembrado los vientos de separación entre la política nacional y la europea y ahora recogen la tormenta del populismo). 

La Conferencia sobre el Futuro de Europa debe convertirse en un foro de reflexión y diálogo sobre las numerosas cuestiones que plantea el desarrollo de una comunidad política europea. Es importante considerar cómo las autoridades europeas y nacionales pueden desarrollar una comunicación eficaz con los ciudadanos europeos -una comunicación que responda a las preocupaciones de la gente, cree empatía y fomente la identidad europea- y explorar en qué medida la sociedad civil puede contribuir a ello. 

En un momento especialmente difícil para la integración europea, provocada constantemente por el populismo y sus manifestaciones de "bestialidad colectiva"6, este es quizás el gran reto al que se enfrenta actualmente la UE (y, desde una perspectiva más amplia, la propia cultura jurídica y política occidental), en defensa de su patrimonio más reconocido y preciado: el Estado de derecho, la democracia y los derechos humanos.  

Alessandra Silveira. Facultad de Derecho, Universidad de Minho

Referencias:
 
  1. Sobre o tema cf. Ulrich Beck, A Europa alemã – de Maquiavel a «Merkievel»: estratégias de poder na crise do euro, Edições 70, Lisboa, 2013.
  2. Cf. Jürgen Habermas, Ay, Europa!, Editorial Trotta, Madrid, 2009, p. 89.
  3. Cf. Jürgen Habermas, Ay, Europa!, cit., pp. 89-91.
  4. Cf. Eduardo Prado Coelho, Unidos na diversidade?, Paula Moura Pinheiro (ed.), Portugal no futuro da Europa, Gabinete em Portugal do Parlamento Europeu/Representação da Comissão Europeia em Portugal, Lisboa, 2006, p. 75.
  5. A ideia é avançada por Ulrich Beck, a propósito de um contrato social para a Europa, cf. A Europa alemã – de Maquiavel a «Merkievel»: estratégias de poder na crise do euro, cit., p. 101.
  6. Cf. Stefan Zweig, O mundo de ontem: recordações de um europeu, Assírio & Alvim, Porto, 2014, p. 22.