Opinión

La otra pandemia

AP/THEMBA HADEBE  -   La gente pasa por delante de un anuncio de COVID-19 que promueve el uso de la mascarilla facial, el lavado de manos, el uso de desinfectante y la distancia social en el municipio de Soweto en las afueras de Johannesburgo, Sudáfrica, el lunes 13 de julio de 2020

Quizás porque Marshall McLuhan no anduvo del todo descaminado cuando afirmó que el medio es el mensaje, nos hemos ensimismados en centrar nuestra atención en los efectos del COVID en occidente en mientras ignorábamos las consecuencias que la pandemia está teniendo y tendrá en los países más populosos y menos prósperos, que suponen la práctica mitad  de la población mundial. 

Precisamente a causa de este sesgo informativo de los medios que consumimos -abrumadoramente en manos de empresas occidentales- al inicio de la pandemia no faltaron voces que  con no poco fariseísmo enmarcaron la crisis sanitaria como una especie retribución de la madre naturaleza contra excesos del globalismo. Sin embargo, lo absurdo de este relato mezcla de plagas bíblicas y paganismo de salón contra el desarrollo humano ha quedado prontamente en evidencia, toda vez que pasado poco más de un años desde el debut de la enfermedad, ninguno de los países más ricos está entre los diez primeros en decesos per cápita debidos al COVID, precisamente porque el nivel de desarrollo que han alcanzado, les ha permitido contener la pandemia gracias a una vacunación masiva y a sus sofisticados sistemas públicos de salud, de tal modo que ya no hay ningún país industrializado cuya principal causa de muerte sea el COVID. Como dejó dicho Thomas Hobbes, la vida en un estado de naturaleza es misera, corta y brutal. 

No podemos decir lo mismo del resto del mundo. Aunque el espectro de la incidencia en los países en vías de  desarrollo es tan amplio como dispar, existe sin duda una correlación directa entre el grado de desarrollo económico y la capacidad de afrontar la pandemia. Así, en la parte extrema del espectro encontramos a países como Etiopía, Nigeria, Sudán del Sur, Sudán del Norte, la República Democrática del Congo, Vietnam y Zambia, que a duras penas han vacunado entre el 0,1% y el 0,9% de su población, mientras que en el otro extremo, países como Filipinas, India, Malasia, Indonesia, Argentina, Colombia y Pakistán solo han conseguido inocular al cinco por ciento de su población. 

Como reza el refranero español, a perro flaco, todo son pulgas. Si ya antes de la endemia estos países estaban sumidos en graves problemas económicos y grandes dificultades para acceder a los mercados financieros globales, lo que ha llevado a sensibles niveles de desempleo juvenil en India, Irán, Túnez y Turquía, que se disparan hasta alcanzar el 55% en Sudáfrica, cuya tumultuosa situación pone de relieve el fin del trayecto hacía el crecimiento de la mayoría de los países africanos, cuyo epítome fue la amortización completa por Nigeria de su deuda exterior antes del fin de la primera década de este siglo. Este incipiente crecimiento africano, que no se supo o no se pudo aprovechar para reducir el peso en la economía de las industrias extractívas, se ha detenido abruptamente en el último año, incrementado de hecho su dependencia crítica en la exportación de minerales, principalmente a China, que es además el principal receptor de los pagos de la deuda que muchos países africanos contrajeron antes de la pandemia. Lo cierto es que a pesar de las promesas de vacunación global por medio del programa internacional COVAX, el 90% de los países africanos no alcanzarán sus objetivos de vacunación. 

Las cosas no están mejor en Iberoamérica, donde las tasas de mortalidad por COVID son ahora  ocho veces mayores que el promedio mundial, desbaratando la economía al punto de según datos de la ONU, que las tasas de pobreza se hayan incrementado en cerca de 50 millones de personas, siendo el número de caso de pobreza extrema y desnutrición infantil en México especialmente desgarrador, mientras que en otros, como Colombia, la crisis ha llevado a un aumento general del crimen violento, exacerbado por la caída de los ingresos procedentes de las remesas recibidas de los trabajadores emigrados. Las propias estructuras industriales de las economías subdesarrolladas son en sí mismas un factor que impide la toma de medidas sanitarias efectivas. Así, mientras que en occidente ha sido posible mantener un cierto grado de actividad económica por medio del teletrabajo, en la gran mayoría de los países en desarrollo una parte sustancial de su producto interior procede de la economía sumergida, basada en trabajos precarios y  presenciales en los que es imposible evitar el contacto personal. Las cifras hablan por sí mismas: el peso de este sector en estos países oscila desde el 60% de la población activa en Egipto, al 80% de la fuerza de trabajo en la India. Sencillamente, es una quimera esperar que en lugares como  Manila, Bagdad o Mumbai se pueda optar entre confinarse y salir a buscarse la vida cada día, de sol a sol. Así las cosas, el occidente desarrollado tiene dos opciones: seguir instalados en la complacencia, entretenidos con el narcisismo quien vacuna más y mejor,  y deslumbrados por la ostentación de quienes se ha hecho aún más ricos más gracias a la pandemia, o actúar seriamente ayudando a los países en desarrollo a desactivar una bomba de relojería cuyo estallido pondrá a cientos de millones de personas en la disyuntiva de ponerse en manos de China o ponerse en marcha en un éxodo sin precedentes.