Opinión

La política de Biden en Oriente Medio

Atalayar_Joe Biden

Por mucho que Joe Biden quiera alejarse de Oriente Medio para concentrar su esfuerzo en la zona de Asía Pacífico que se ha convertido ya en el centro económico del planeta, la realidad es terca y Oriente Medio seguirá recabando su atención, como antes hizo con la de Barack Obama y con la de Donald Trump.

Biden ha expresado su deseo de hacer regresar las tropas a casa y de hecho Trump redujo en los últimos días de su presidencia a tan solo 2.500 el número de soldados destacados tanto en Irak, un país de inestabilidades crecientes, como en Afganistán donde las negociaciones de Doha con los Talibán avanzan lentamente sobre todo por desavenencias intra-afganas y donde la retirada de tropas norteamericanas es vista con aprensión por unos y como un triunfo anticipado por otros. Es lógico el desgaste de los EEUU ante guerras largas que no se pueden ganar, que la gente entiende cada vez menos, que cuestan una barbaridad en términos de sangre y dinero y que ni siquiera hacen la región más segura, y por eso es también comprensible ese deseo de hacer volver a casa a los muchachos allí destacados, sobre todo si se tiene en cuenta que los EEUU son autosuficientes en petróleo y en consecuencia Oriente Medio pierde mucho interés estratégico para ellos (aunque tampoco puedan ser indiferentes a la creciente presencia china). A mayor abundamiento, Israel parece cada vez más seguro en los planos militar y diplomático tanto por los programas plurianuales de venta de armas concluidos en época de Obama, como por la reciente normalización de relaciones diplomáticas que Trump ha auspiciado entre el Estado hebreo y los Emiratos Árabes Unidos, Bahrain, Sudán y Marruecos... por ahora. En cuanto al tercer objetivo norteamericano en la región que era evitar la entrada de Rusia, ese no lo ha conseguido y Washington parece haberse resignado. A partir de ahora la lucha contra el terrorismo y los intentos de resurgencia del Estado Islámico se llevarán a cabo con drones y con operaciones de comandos que no exigen grandes despliegues de fuerzas.

Biden mantendrá la sólida alianza de acero que los EEUU tienen con Israel desde hace décadas aunque procurará no ser tan sesgado como ha sido Trump en favor de los intereses israelíes. No está de acuerdo con la mudanza de su embajada a Jerusalén, pero no la retirará, será menos complaciente con el aumento de viviendas de colonos en la Cisjordania ocupada, reanudará la ayuda humanitaria y económica a los palestinos que para facilitarla han convocado elecciones tras quince años sin hacerlo, y seguirá dando apoyo formal a la solución de dos estados con fronteras seguras, por más que los asentamientos israelíes la compliquen muchísimo. Si los palestinos son capaces de sobreponerse a sus divisiones internas y recapacitan, se darán cuenta de lo mucho que su posición se ha debilitado últimamente a medida que se fortalecía la de Israel y se harán más realistas, más flexibles y más pragmáticos. A fin de cuentas la inflexibilidad solo les ha llevado a estar peor cada día que pasa.

La relación de EEUU con EAU y, sobre todo con Arabia Saudita, es probable que tampoco sea tan cálida como con Trump, que les ha vendido armamento sofisticado y les ha apoyado en la guerra de Yemen convertida en un desastre tanto militar como humanitario. Tras la salida de EAU del conflicto, es probable que EEUU deje de apoyar las operaciones militares saudíes y deje de vender a Riad armas para esa guerra. También es de esperar mayor firmeza en temas de derechos humanos porque lo ocurrido con Kashoggi es realmente intolerable y la represión interna no cesa. Pero el Reino es muy importante, como lo es también EAU, en la confrontación con Irán y eso matizará el alejamiento pues Washington es consciente de la importancia de ambos países en el nuevo equilibrio de fuerzas que se diseña en la región y donde también Rusia y Turquía buscan hacerse un hueco. Es probable que Biden trate también de empujar a las partes a un acuerdo que ponga fin a la sangría de Yemen, que es algo que apela a sus sentimientos humanitarios.

Otra cosa será Irán. Biden es partidario del PIAC (Plan Integral de Acción Conjunta) firmado por la comunidad internacional con la República Islámica y que esta cumplía según la AIEA (Agencia Internacional de la Energia Atómica) cuando Trump lo denunció unilateralmente y estableció un régimen de “máxima dureza” que ha hecho estragos en la economía iraní. Biden está dispuesto a hablar con Teherán y Jamenei ha dicho estar también dispuesto a hacerlo, el problema es que quieren hablar de cosas diferentes: Irán quiere hablar de levantar las sanciones y volver a lo pactado en 2016, mientras Biden quiere añadir a lo entonces  acordado otras cuestiones como la política iraní de misiles o sus injerencias regionales, y estas pretensiones son rechazadas por Irán sin que la próxima celebración de elecciones presidenciales en junio facilite en este país la flexibilidad que tanta falta hace en estos momentos.

Desde que Obama dejó pasar la línea roja que él mismo había establecido sobre el uso de armas químicas por el régimen de Bachar Al Assad, Siria ha desaparecido del radar norteamericano para entrar de lleno en los de Turquía, Rusia ... e Irán. Es curioso que la retirada norteamericana haya devuelto la región a la confrontación entre los herederos de los viejos Imperios otomano, zarista y persa que han marcado su historia a través de los siglos.