Opinión

La política exterior de Biden

Joe Biden, presidente de Estados Unidos

A un mes ya de su toma de posesión es posible discernir las líneas maestras de lo que Biden quiere que sea su política exterior.

En primer lugar, quiere utilizar la política exterior para consolidar el frente interno y así, preocupado por el alto precio que la crisis económica desencadenada por la pandemia tiene sobre la economía y el empleo, ha anunciado que su política exterior buscará favorecer a las clases medias más golpeadas. Para él, “la seguridad económica es seguridad nacional” y eso es una declaración importante porque va acompañada por el eslogan “Buy American” que revela un enfoque más bien proteccionista. Biden no aceptará reglas ni prácticas en el comercio internacional que entienda que perjudican los intereses de Estados Unidos y en esto se alinea con demócratas y republicanos en cuyas filas hay hoy pocos entusiastas del libre comercio.

En segundo lugar, están dos problemas globales como son la pandemia y el cambio climático. Biden pretende recuperar liderazgo en la lucha contra la pandemia de la COVID-19 que ya ha matado a 450.000 compatriotas, porque es muy consciente de que la batalla propagandística a escala mundial la está ganando China, que regala vacunas a países del Tercer Mundo, mientras los países occidentales ofrecen el penoso espectáculo de luchar entre ellos por acapararlas. Para no dar otra baza a la propaganda de China, EEUU han regresado la Organización Mundial de la Salud el día uno de su presidencia. Y como también le preocupa de manera especial la contaminación atmosférica que él mismo ha descrito como “una amenaza existencial”, ha convertido en prioridad el regreso de los EEUU a y al tratado de Paris sobre el Cambio Climático. Biden también quiere convocar este año una Cumbre sobre el Clima.

En tercer lugar, Biden procurará recuperar el liderazgo mundial que Trump ha dejado escapar. Liderar “no con el ejemplo de la fuerza, sino con la fuerza del ejemplo”. Por eso dará prioridad a la diplomacia como “primera herramienta de nuestra política exterior”, lo que no implica que renuncie al uso de la fuerza en caso de necesidad. Pero a diferencia de Trump, buscará aliados y eso abona el regreso al multilateralismo que había caído en desgracia durante los últimos cuatro años. Biden reforzará alianzas y organizaciones internacionales por entender correctamente que contribuyen a la seguridad colectiva y por eso quiere también convocar una cumbre sobre la democracia por estimar, con buen criterio, que está en retroceso ante el asalto de los regímenes autoritarios que cada vez son más numerosos y seguros de sí mismos. Esta voluntad sobria de trabajar con otros para enfrentar los problemas mundiales indica un realismo que separa su política exterior del estilo “Llanero Solitario” de Donald Trump con su eslogan “America First”, pero que también la aparta del idealismo que impregnó la de Barack Obama. Los Estados Unidos de Joe Biden son hoy más conscientes de sus limitaciones.

En el plano de las relaciones bilaterales, China será la prioridad, pero no es probable que las cosas cambien mucho porque Biden será duro en el tema de los derechos humanos (no está en desacuerdo con una de las últimas decisiones de Trump de considerar “genocidio” lo que ocurre con los musulmanes de Xinjiang) y también con las prácticas comerciales “irregulares” de China. No va a tocar de manera inmediata los aranceles impuestos por Trump y es previsible que también mantenga su política de contención, porque existe en Washington un amplio consenso bipartisano sobre la amenaza que China representa para la seguridad de EEUU. Pero a diferencia de Trump no se enfrentará a China sólo, sino que buscará la complicidad y el respaldo de otros países y de hecho en estos momentos considera una reunión con los líderes de India, Australia y Japón para tratar de las amenazas que se ciernen sobre el Mar del Sur de China. Y aunque no es probable que las relaciones con China mejoren a corto plazo, Biden buscará su cooperación en asuntos donde sea posible como la salud, el clima o la proliferación nuclear. En conjunto, Biden procurará que las relaciones sino-norteamericanas estén más cerca de la “competición extrema” que del conflicto abierto que nadie desea.

Xi Jinping, presidente de China
Xi Jinping, presidente de China

Tampoco mejorará a corto plazo la relación con Rusia, que se ha embarcado últimamente en operaciones de agresión cibernética contra EEUU como muestra el reciente hackeo de SolarWinds. Desde luego no habrá “reset” (puesta del contador a cero) como hizo Obama. Sin olvidar que la anexión de Crimea sigue sin ser aceptada por nadie y que el poco respeto por los Derechos Humanos que muestra el reciente envenenamiento y la posterior detención de Navalny y de muchos de sus seguidores tampoco facilitan las cosas. Hay un asunto, sin embargo, en el que Washington y Moscú coinciden y es en prorrogar por cinco años el Tratado NEW START sobre misiles de largo alcance que caduca el 5 de febrero, como han acordado Biden y Putin en su primera -y al parecer poco cordial- conversación telefónica. Esa prórroga debería dar tiempo para renegociarlo e intentar sumar a China, lo que no será fácil a la vista de la enorme distancia que separa su arsenal nuclear del de los dos firmantes (1.550 ojivas cada uno frente a “solo” 300).

La Unión Europea no será su prioridad, pero con Biden las cosas mejorarán, las formas serán muy diferentes, y por eso los líderes europeos le han dado una calurosa bienvenida. Desde luego, no nos torpedeará fomentando a líderes iliberales como Orban o escisiones como la del Brexit, cosas ambas que hizo Trump, e incluso es posible que mejoren las actuales disputas comerciales en torno al acero, las aceitunas o el Airbus. Pero sin exagerar porque Biden no apoyará el gasoducto Nordstream II que llevará gas ruso a Alemania, ni intentará revivir la Asociación Trasatlántica de Comercio e Inversión por no ser es partidario de este tipo de acuerdos y eso se aplica también a la Asociación Transpacífica que abandonó Donald Trump en uno de sus mayores errores estratégicos. Sobre la OTAN Biden ha dicho que “el compromiso de EEUU es sagrado” aunque seguirá pidiéndonos una mayor contribución económica para su sostenimiento, en la misma línea de todos sus predecesores inmediatos. Como novedad se muestra favorable al ingreso en la OTAN de Ucrania, Georgia y de otros países de los Balcanes, lo que molestará mucho a Moscú y aumentará su sensación de cerco por potencias hostiles. Finalmente, Biden buscará la cooperación europea para evitar el actual deslizamiento de Turquía hacia posiciones cada vez más nacionalistas y de coqueteo con Moscú.

Vladimir Putin, presidente de Rusia
Vladimir Putin, presidente de Rusia

Irán exigirá su atención inmediata. Tras el abandono unilateral norteamericano del Plan Integral de Acción Conjunta suscrito por la comunidad internacional con la República Islámica con objeto de frenar sus veleidades nucleares, Teherán ha reanudado el enriquecimiento de uranio muy por encima de los límites permitidos y eso le acerca peligrosamente a poder dotarse de un arma nuclear, algo que animaría a una intervención militar israelí y en todo caso desataría una peligrosa carrera de armamentos en la región. Jamenei, asfixiado económicamente, está dispuesto a hablar con EEUU si levantan previamente las sanciones y Biden ya ha dicho que también está dispuesto a volver al Acuerdo y levantar las sanciones... pero sólo después de que Irán cumpla sus compromisos con este. Pero no será fácil porque EEUU desea tratar también de otros asuntos como los misiles iraníes o sus actividades desequilibradoras en la región que son cosas que Irán no acepta vincular con el acuerdo nuclear, y porque además Teherán tendrá dificultades en mostrar flexibilidad en vísperas de las elecciones presidenciales que se celebrarán en junio. Es la hora de la diplomacia porque harán falta soluciones muy imaginativas para poder avanzar como ambos desean.

Corea del Norte será aún más complicada porque Kim Jong-un ha recibido al nuevo presidente norteamericano con nuevos misiles y con un submarino capaz de lanzarlos. Es un asunto que no encontrará solución si Washington no consigue la hazaña de poner de su lado a China y a Rusia, pues a fin de cuentas a ambos debe preocuparles que un régimen tan peculiar e imprevisible se dote de un arsenal nuclear en sus propias fronteras. No será fácil, pero es el camino, porque Kim ha tomado el pelo durante los últimos cuatro años a Donald Trump bajo la mirada irónica de Xi Jinping.

Ayatolá Alí Jamenei
Ayatolá Alí Jamenei

En Oriente Medio Trump ha cosechado éxitos importantes al lograr el reconocimiento de Israel por países como Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Sudán y Marruecos... a cambio de importantes contrapartidas. Biden buscará un enfoque más equilibrado, no está de acuerdo con el traslado de la Embajada norteamericana a Jerusalén, orquestado por Trump, pero no la devolverá a Tel Aviv; será menos complaciente con la política israelí de asentamientos en los territorios ocupados; volverá a dar ayuda económica a los palestinos (cortada por Trump); y defenderá nuevamente la solución de dos Estados. Pero también mantendrá el férreo compromiso norteamericano con la seguridad de Israel. Arabia Saudí es muy importante para Washington tanto por el petróleo como por su valor estratégico frente a Irán, pero con Biden se han acabado los cheques en blanco y la venta masiva de armas para su guerra en Yemen. Una de sus primeras decisiones ha sido revertir la de su predecesor y sacar a los hutíes de la lista de grupos terroristas extranjeros, que era algo que agravaba la dramática situación humanitaria del país. También habrá más presión sobre Arabia Saudí en cuestiones de derechos humanos. No más Khashoggis. En Afganistán e Irak, Biden mantendrá la política de Donald Trump de reducir la presencia de soldados (el combate contra el terrorismo será con drones y comandos), y proseguirá las conversaciones con los talibanes en Doha mientras espera un mayor compromiso europeo en la solución de la crisis de Libia o en la seguridad en el Sahel. Y para empezar ha enviado un mensaje al mundo musulmán revirtiendo la prohibición de Trump para que los ciudadanos de una serie de países pudieran entrar en los Estados Unidos.

Acuerdos de Abraham
Acuerdos de Abraham

Y finalmente América Latina. Salvo el vecino México (las obras del muro de Trump ya se han detenido), no será una prioridad para Biden como no lo ha sido para ningún presidente de EEUU salvo cuando hay crisis, y eso a pesar de que Biden ha mostrado hacia ella más sensibilidad que otros pues la visitó nada menos que dieciséis veces durante sus ocho años en la vicepresidencia. La región está peor ahora que entonces como consecuencia de la crisis económica y del virus que han decimado a la naciente clase media, lo que augura un periodo de turbulencia e inseguridad cuando se acaben las actuales ayudas gubernamentales. Es posible que Biden quiera presentar alguna iniciativa dirigida a América Latina en la próxima Cumbre de las Américas, pero es difícil que encuentre interlocutores capaces de acogerla. Hay tres problemas, sin embargo, que requerirán su atención inmediata: la situación humanitaria en Venezuela (donde respalda a Guaidó); las caravanas de inmigrantes que tratan de llegar a los Estados Unidos desde Honduras, El Salvador y Guatemala con la esperanza de recibir un trato mejor que con la anterior administración; y Cuba, que Washington lleva décadas sin saber tratar y que Trump, en una de sus últimas decisiones, ha metido nuevamente y de forma arbitraria en la lista de países que apoyan el terrorismo donde hace compañía a Irán, Corea del Norte y, todavía, a Sudán. Es probable que Biden intente reanudar con prudencia la política de apertura hacia la isla iniciada por Obama y que idealmente debería vincularse a progresos en el camino a una democracia que ya es hora de que llegue a La Habana. En cuanto al resto del continente... no se hay novedades previsibles a corto plazo.

Jorge Dezcallar, embajador de España