Opinión

La quiebra en Cataluña

La quiebra en Cataluña

La situación política y social en Cataluña está llegando a un punto de ruptura, y es un fiel reflejo de todas las contradicciones que sacuden el panorama político español desde el fin de la dictadura franquista a mediados de la década de los setenta del siglo pasado.

El detonante de esta situación se produjo en 2010, cuando el entonces presidente del Gobierno autónomo catalán, Artur Mas, prometió hacer un referéndum de autodeterminación y que el pueblo dijese si quería o no la independencia. Artur Mas pretendía, de este modo, desviar la atención sobre las denuncias por corrupción que pesaban sobre él. Convergencia y Unión, del que era el principal líder, no era hasta ese momento un partido independentista stricto sensu. Su núcleo principal, Convergencia, se había constituido después de la muerte de Franco y representaba a la burguesía catalana, deseosa de lograr beneficios de la transición política. 

Sin embargo, a partir de 2010, la situación se fue deteriorando paulatinamente hasta las elecciones de 2017, en las que los partidarios de la independencia consiguieron la mayoría de escaños, aunque no de votos, y formaron un gobierno abiertamente secesionista. Los pro-independentistas consiguieron el voto de 1.600.000 catalanes, de los más de 5,5 millones de inscritos con derecho a voto, pero pudieron sumar 70 diputados de los 135 del hemiciclo, es decir, mayoría absoluta.

Otra cosa que hay que tener en cuenta es la coalición de grupos y partidos que apoyan la independencia de Cataluña del Estado español. El núcleo principal, que dejó de llamarse Convergencia y Unión para terminar siendo Juntos por Cataluña, a causa de los procesos penales incoados a sus dirigentes por corrupción, representa a la burguesía catalana y su clientela. Son catalanistas de familias oriundas de la región desde hace siglos, más o menos.

Pero junto a ellos, se encuentran dos formaciones, el partido Esquerra Republicana, que se formó cuando se proclamó en 1931 la 2ª república española, y que fue el resultado de la fusión de dos partidos catalanistas radicales, aunque no de izquierdas pese a su nombre, partidarios de la independencia a cualquier costo. En ese mismo año se constituyó también un partido demócrata-cristiano, la Unión Democrática, que terminaría aliado con la Convergencia de Jordi Pujol, hoy en la cárcel por corrupción y saqueo de las arcas públicas

Curiosamente, con Esquerra Republicana se ha dado históricamente el mismo fenómeno que después de la muerte de Franco con otras formaciones catalanistas radicales, como la Coalición de Unidad Popular (CUP), el otro socio de gobierno en la Generalidad: y es que la inmensa mayoría de sus dirigentes, ediles, alcaldes, diputados en Cataluña y en el Parlamento español, la inmensa mayoría son descendientes de familias españolas que se vieron obligadas a trasladarse a Cataluña, huyendo de la miseria, del paro y de la falta de porvenir de Andalucía, Extremadura o Castilla. La burguesía catalana, los catalanes de toda la vida, les llamaron charnegos, despectivamente y con una connotación racista y supremacista. 

Han sido estos charnegos la osatura del multitudinario movimiento independentista, los más radicales, los que se creían en la necesidad de demostrar su catalanismo a ultranza, los más papistas que el Papa. 

La dirigencia del movimiento independentista actual, los seguidores de Pujol-Mas-Puigdemont-Torra dicen que son un solo pueblo, que no hay diferencia entre catalanes, aunque sí hacen la diferencia con los otros catalanes, mayoritarios en número aunque no en diputados, que no quieren oír hablar de independencia, y que votan derecha, liberal o socialista. 

Los charnegos vienen a ser la carne de cañón, como fueron los norteafricanos o los tiradores senegaleses para el Ejército francés en la segunda guerra mundial, o los turcos para el Ejército alemán. Los mandan a primera línea de fuego. En Barcelona y en las otras ciudades catalanas, han sido estos quienes protagonizan las manifestaciones más radicales del independentismo político, solo pacíficas en la forma, no en el fondo.

Y aquí entra el otro componente del escenario de los tumultos independentistas, que son los grupos anarquistas, que van cambiando de siglas y de formas de organización según las circunstancias, pero con la misma finalidad: romper, incendiar, atacar a policías, guardia civil y policía autonómica, los Mossos, que obedecen y dependen del Gobierno autónomo. 

¿Tienen objetivos políticos y programáticos estos jóvenes incendiarios? Yo creo que no. Muchos han llegado a Barcelona estas semanas atrás procedentes de otras partes de España y de Europa, y se refugian como okupas en los barrios sin ley. Su objetivo revolucionario se limita al saqueo y a incendiar contenedores de basura y, si pueden, a agredir a policías. No tienen nada que ver con las manifestaciones de los chalecos amarillos en Francia, que tenían objetivos sociales, ni con las revueltas de los barrios de inmigrantes árabes en París que pedían justicia e igualdad de oportunidades. 

Curiosamente, hemos visto en televisión en directo a una mujer que pedía que la dejasen pasar por una calle cortada por las barricadas porque iba al hospital. El jefecillo de la barricada le decía, en castellano, que si hablaba en catalán la dejaría pasar; si no, no. Pues bien, esos mismos grupos extremistas se guían por un Manual de guerrilla urbana, redactado en castellano, y no en catalán. Lo que dice mucho de sus conceptores y de sus usuarios. 

Todo esto ocurre a tres semanas de las elecciones generales, por lo que cada partido quiere rentabilizar al máximo el caos existente 

Triste es, y hay que decirlo, que desde las filas del independentismo y republicanismo políticos se justifique esta violencia de los guerrilleros urbanos, entre los que, además de los antisistema profesionales, hay miles de jóvenes entre 14 y 18, que en sus institutos, liceos, escuelas, universidades, el único mensaje que han recibido es que “España nos roba”, “la cultura catalana es víctima de un genocidio”, “los españoles son ocupantes extranjeros”, etc, etc.

Todo esto ocurre a tres semanas de las Elecciones en las que la mayoría de partidos se juegan su sustento y hasta su existencia. Los no-independentistas dicen que es un problema de orden público; los independentistas, que es un problema político. Lo cierto es que la fractura social, humana y familiar en Cataluña es total, mitad y mitad, a favor y en contra de la secesión. Y la desobediencia política ha paralizado la región, cerrando puertos y aeropuertos, bloqueando trenes y cortando carreteras. 

Si no hay un milagro, y en política y en sociología no existen los milagros, Cataluña va directo a la quiebra. Lo cual no augura nada bueno para España, tampoco para Europa, que tiene los demonios de la disgregación territorial en plena ebullición.