Opinión

La rebelión de los nigerianos

Abdalla Hamdok, premier ministre

Nigeria, el país más poblado y rico de África en competencia con la República Surafricana, está viviendo desde hace algunos días una verdadera insurrección popular que amenaza con derivar en una verdadera guerra civil. Inicialmente fue desencadenada en Lagos – la ciudad más poblada—por las protestas de millares de jóvenes contra la corrupción política, la pobreza, la desigualdad y la dureza tradicional de la Policía en su intento por disolver sus manifestaciones reivindicativas, pero inicialmente pacíficas.  

A la hora de reprimirlas, las fuerzas del orden confirmaron las razones de los manifestantes: 18 personas murieron en una noche como consecuencia de los golpes indiscriminados y disparos de armas de fuego y varios centenares más resultaron heridas. Los ánimos se enconaron más aún en los días siguientes ante las críticas y amenazas del alcalde, y los millares de manifestantes, ya mejor organizados, el pasado 20, el conocido como “martes negro”, asaltaron los centros de poder, instituciones y medios de comunicación y mantuvieron el control de la ciudad durante dos días.

Lagos fue la primera capital del país desde la independencia de Gran Bretaña en 1960. Cuenta con más de 20 millones de habitantes y, aunque la capital fue desplazada a Abuya, en el centro país, continúa siendo la principal ciudad económica. Las manifestaciones y consecuentes disturbios enseguida se extendieron a otras ciudades, incluida la actual capital administrativa, y la represión se fue complicando como consecuencia también de los odios ancestrales entre algunas de las 52 tribus en que se dividen los 200 millones de habitantes.

Los incidentes obligaron al Gobierno a recurrir al Ejército, lo cual frenó los disturbios, pero exaltó más los ánimos. Las protestas, que empezaron a tener como objetivo la actuación de la Policía, se fueron ampliando también a otras reivindicaciones de carácter social como la corrupción galopante, la desigualdad, que es enorme, y la pobreza de muchos millones que no le va a la zaga. La renta per cápita de los nigerianos está por encima de los 6.000 euros, una de las más altas del continente, pero también peor repartidos. 

El presidente de la República, el general Muhammadu Buhari, hizo un discurso a través de la televisión en el que reconoció que el número de muertos era de 60, once de ellos policías. Sus palabras, que más que un mensaje político, parecían una arenga a la tropa, lejos de apaciguar los ánimos de la población con algún tipo de comprensión o promesas conciliatorias frente a las protestas, se limitó a acusar a los que se estaban manifestando de causar daños incalculables y poner vidas en riesgo. Como respuesta a las reivindicaciones, amenazó con una mayor represión si persistían en mantenerlas.

La estabilidad política de Nigeria, país rico en petróleo y otras materias primas, no es la primera vez que se ve amenazada. Queda lejos la guerra contra la independencia temporal de Biafra, pero persisten pretensiones secesionistas en otros de los 36 estados que integran la federación, mientras las Fuerzas Armadas siguen volcadas en combatir a la cruel guerrilla yihadista de Boko Haram que, aunque muy reducida y menos agresiva, continúa controlando algunas áreas y expandiendo su fanatismo a otras.