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Opinión

La respuesta del Islam a problemas del mundo contemporáneo (19)

comunidad ahmadia

En la entrega 18 presentamos los fundamentos de una sociedad islámica.

El Islam hace énfasis en la integridad, la lealtad, la fidelidad y promueve todo tipo de medidas para crear la paz de la mente y el corazón. Toma medidas preventivas para que la sociedad no se desequilibre en la persecución del placer. Por tanto, se desalienta cualquier tipo de comportamiento, por inocente que pueda parecer inicialmente, que pudiera conducir hacia una permisividad sin límite, pues el daño que ello causa a la sociedad es inmenso y múltiple. Tales sociedades están condenadas a acabar en el estado de promiscuidad que encontramos en el mundo de hoy.

En tales sociedades, la tendencia irrefrenable a conseguir el placer conduce entre otras cosas a la erosión y destrucción final de los lazos familiares. Contrariamente a esto, el Islam protege y guarda celosamente todo tipo de relación paternal, maternal, fraternal y filial. El Islam desea promover amistades que sean más platónicas que sensuales.

La castidad

Comenzando con un plan para la mujer en la sociedad, es esencial, según el Islam, tomar todo tipo de medidas que promuevan la castidad, la fidelidad, la moderación y el modo de vida limpio.

El énfasis en la vida casta, bien aislada frente a los peligros de cortocircuitos en la satisfacción de los deseos sexuales es una faceta importante de la sociedad islámica. Este aspecto de las enseñanzas sociales islámicas es extremadamente importante para la protección y supervivencia del sistema familiar, que es la necesidad más acuciante del momento.

El Islam busca ampliar la unidad familiar en lugar de estrujarla al mínimo: una familia en la que la capacidad humana de amar y el deseo de ser amado no se sacia sólo con la mera satisfacción de los deseos sexuales sino por una relación y amistad más completa y refinada, como la que naturalmente impera entre los parientes de sangre próximos y lejanos.

Es sorprendente cómo los hombres sabios de la sociedad moderna no se dan cuenta de la debilidad humana una vez que se permite que los placeres asociados al sexo jueguen un papel primordial y sin restricciones en la sociedad. Ciertamente, florecen a expensas de otros valores refinados y extraen su sangre como parásitos.

Sigmund Freud, sin duda, fue el producto de tal sociedad. Comenzó a analizar todas las motivaciones humanas a través del cristal coloreado del sexo. Para él, la relación más piadosa entre madre e hijo, tenía relación con el sexo. Incluso la relación padre - hija no poseía santidad alguna sino que su orientación o su origen era sexual. Casi todo lo que hacía el hombre, aunque no se diera cuenta de ello, tenía su fundamento en los impulsos sexuales profundamente arraigados en el subconsciente. Nos preguntamos si en los tiempos de Freud, la sociedad había alcanzado el grado de promiscuidad que hoy vemos, pero, sin duda era suficiente para dar origen a un entendimiento totalmente dominado por el sexo de la psique humana. Pero si Freud tuviera razón, haría aún más esencial que no se permitiera a la sociedad que jugara incautamente con unas fuerzas poderosas que pueden producir tales cortocircuitos.

El ambiente actual de las sociedades modernas hace que no presten atención ni intenten comprender la naturaleza y facetas del entorno social islámico, pero, tanto si el hombre está de acuerdo como si no lo está con el concepto de que Dios juega un papel en los asuntos humanos y en la conformación del destino del hombre, y tanto si el hombre está dispuesto a modular su conducta social de acuerdo con la palabra de Dios revelada como si no lo está, hay una cosa cierta, y es que el hombre no puede frustrar la Obra de Dios (la naturaleza) ni la Palabra de Dios (la Verdad revelada). Ambos, la Palabra y la Obra deben hallarse en armonía entre sí para que se consideren válidas. Cualquier conducta social que el hombre adopta en contradicción directa con la Palabra de Dios está destinada a acabar en el fracaso.

El hombre no puede tener un placer sin límites ni restricciones por mucho que lo desee. Todo lo más que puede hacer es canjear ciertas opciones y valores. Una sociedad que busca eludir la responsabilidad o las realidades de la vida con la ayuda de drogas u opiáceos; una sociedad que está obsesionada con el sexo, las emociones y estímulos vanos, una sociedad donde los gustos son deliberadamente pervertidos para adecuarlos a un mercado artificialmente creado de instrumentos y juguetes nuevos de placer, que sólo sirven para producir excitación y una mayor ansiedad; un mercado dirigido por poderosos medios cuya único propósito es amasar riqueza; tal sociedad elige todo eso a costa de valores humanos más nobles, la paz de la mente y la seguridad de la sociedad en su conjunto. No se pueden poseer ambas cosas simultáneamente. No se puede tener la tarta y degustarla al mismo tiempo.

El Islam insiste justamente en lo opuesto. Ciertamente que aboga por el placer pero no a costa de la paz mental y la seguridad de toda la sociedad. Todas estas tendencias, que si no se detectasen conducirían a una desintegración gradual de la vida familiar y promoverían el egoísmo, la irresponsabilidad, la vulgaridad, el crimen y la violencia, son desalentadas enérgicamente.

Los entornos creados por estas dos filosofías son polos opuestos.

Me asombra cómo alguna gente olvida que, suscitando ambiciones, o dando dominio libre a los deseos en la sociedad, puedan prometer con optimismo la paz de la mente. Ninguna sociedad del mundo, por muy sólida que tenga su economía, puede soportar una generación de deseos lascivos ilimitada e desenfrenada.

Incluso en las sociedades más ricas del mundo, existen siempre ricos y pobres. Quienes se hallan privados de los conforts más básicos de la vida suman la parte más numerosa de la sociedad frente al comparativamente menor número de aquellos que pueden pagar lo que desean. Incluso esto es cuestionable, porque parece que, con el aumento de la riqueza, también aumentan los deseos y probablemente ni siquiera el más rico puede hacer realidad plenamente todos sus sueños. El caso, no obstante, de la mayoría relativamente más pobre, es peor. No pueden tener acceso a las comodidades básicas de la vida, por no mencionar los lujos que sociedad opulenta puede permitirse. Es con las emociones y deseos del pobre con quien los medios modernos hacen estragos. Día tras día, lleva a su morada miserable imágenes prometedoras de un estilo de vida glorioso, con hogares suntuosos, jardines fabulosos, flotas de coches de lujo, aviones y helicópteros privados y un ejército de sirvientes. El estilo de vida de Hollywood y Beverly Hills con sus jaranas, bailes, fiestas de gala, o la vida en los casinos, salas de juego o toda la pompa y opereta que se evocan, son tentaciones a las que el más pobre tiene acceso. No obstante, muy pocos de entre los más ricos pueden siquiera soñar conseguir este cielo en la tierra. Tales gentes pierden, ciertamente, el interés en su entorno pobre y ordinario. La casa y el hogar dejan de ser atractivos para ellos. La falta de cultura y civilización permanecen contrarios a esta visión prometedora y, en este contexto, las realidades de su propia vida comienzan a perder todo significado. Si este es el último logro de una sociedad alimentada de placeres banales y visiones irreales, el calor y la paz del hogar se vuelven progresivamente ilusorios. Entonces no les queda nada por lo que vivir en el futuro.

Sería necesaria más de una medida para restaurar la unidad familiar tradicional, tan esencial para unir a sus miembros con confianza mutua, amistad y paz que genere el calor interno. Pero, quizá sea ya demasiado tarde para hablar de ello.

El Islam tiene un mensaje muy claro. Ofrece un plan bien definido para proteger, guardar y preservar un sistema de familia universal, o para reconstruirlo cuando se halle totalmente demolido.

Según el Islam, la disciplina debe ser inculcada mediante la convicción y el entendimiento en cada esfera de la actividad social, y los balances perdidos han de ser restablecidos.

(Continuaremos en la siguiente entrega, la número 20)