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Opinión

La respuesta del Islam a problemas del mundo contemporáneo (23)

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La responsabilidad del cuidado de los ancianos se está desplazando, gradualmente, hacia el Estado. El cuidado del anciano representa una pesada carga para la economía nacional de cada país. Por mucho que el Estado esté dispuesto a gastar, nunca podrá proporcionarles paz y contento. El sentimiento terrible de haber sido rechazado, marginado y abandonado, y la conciencia dolorosa de un vacío interior de soledad creciente, son problemas cuya resolución está fuera del alcance de la mayoría. La idea de que un familiar relativamente lejano pudiera ser cuidado por el resto de la familia se ha convertido en algo casi imposible de imaginar.

En estas sociedades, la necesidad de hogares para los ancianos crece con el paso del tiempo. A veces, no es posible que los Gobiernos aporten suficiente dinero para procurarles siquiera las exigencias mínimas de una vida decente. Los achaques físicos son más fáciles de aliviar o curar, pero los traumas psicológicos profundos que padecen un gran número de los miembros ancianos de las sociedades modernas, son mucho más difíciles de tratar.

En los países de mayoría musulmana, aunque se han deteriorado muchos valores, es impensable una situación similar a la que prevalece en el resto de las sociedades contemporáneas. Allí se consideraría una desgracia y un deshonor tratar a un anciano con similar falta de respeto y sensibilidad. Constituiría un asunto de gran vergüenza para la mayoría de los musulmanes ceder las responsabilidades del cuidado de los familiares ancianos al Estado, por mucho que el Estado estuviera dispuesto a asumirlas.

Así pues, el papel de una mujer musulmana entre su hogar y su familia está lejos de acabarse con el crecimiento de los hijos; permanece profundamente vinculada, tanto al pasado como al futuro. Su preocupación humana y bondadosa, y su habilidad innata para cuidar a quienes se hallan necesitados de ayuda, acude al rescate de los miembros ancianos de la sociedad. Estos permanecen tan valiosos y respetados como antes y continúan siendo miembros integrales de la familia. La madre juega un papel principal en su cuidado, ofreciéndoles su compañía, no como trabajo monótono y tedioso, sino como expresión natural viva de familiaridad humana. Así, cuando ella envejece, tiene la seguridad que su sociedad no la desahuciará ni la abandonará como una reliquia del pasado.

Por supuesto que existen excepciones en toda sociedad, y existen antiguas reliquias del pasado que son consideradas aburridas cargas por algunas familias musulmanas que viven bajo la influencia de “tendencias modernas”. Pero, en conjunto, las sociedades musulmanas se hallan prácticamente libres de hogares para padres abandonados, al contrario de lo que ocurre en otras sociedades.

Esto recuerda un chiste que puede hacer que algunos se rían mientras que a otros les haga llorar. En una ocasión un niño observaba con dolor e inquietud el mal trato que sufría su abuelo a manos de su padre. El abuelo fue trasladado, gradualmente, de un dormitorio bien acondicionado y confortable a otro más pequeño e incómodo, hasta que finalmente, se decidió alojar al abuelo en el cuarto de los criados. Durante un invierno excepcionalmente duro, el abuelo se quejó de que su habitación estaba helada y que su manta era tan fina que no le conseguía abrigar. El padre comenzó a buscar otra manta en medio de un armario lleno de harapos viejos e inservibles. Mientras le observaba, el niño se volvió al padre y le dijo: “Por favor, no le des todos los harapos al abuelo. Guarda algunos para mí y así te los podré dar más adelante, cuando te hagas viejo”.

En esta expresión inocente del disgusto del niño se concentra toda la agonía de la generación anciana en los tiempos modernos.

En las sociedades musulmanas, es tan raro encontrar tales excepciones, como es extraordinario y se está haciendo cada vez más raro, encontrar excepciones en las sociedades modernas, en el trato que los familiares dan a sus ancianos. Se enseña a los musulmanes:

وَقَضٰی رَبُّکَ اَلَّا تَعۡبُدُوۡۤا اِلَّاۤ اِیَّاہُ وَبِالۡوَالِدَیۡنِ اِحۡسَانًا ؕ اِمَّا یَبۡلُغَنَّ عِنۡدَکَ الۡکِبَرَ اَحَدُہُمَاۤ اَوۡ کِلٰہُمَا فَلَا تَقُلۡ لَّہُمَاۤ اُفٍّ وَّلَا تَنۡہَرۡہُمَا وَقُلۡ لَّہُمَا قَوۡلًا کَرِیۡمًا ﴿۲۴﴾ وَاخۡفِضۡ لَہُمَا جَنَاحَ الذُّلِّ مِنَ الرَّحۡمَۃِ وَقُلۡ رَّبِّ ارۡحَمۡہُمَا کَمَا رَبَّیٰنِیۡ صَغِیۡرًا

“Tu Señor ha ordenado: “No adoréis a nadie sino a Él, y mostrad bondad a vuestros padres. Si uno o los dos alcanzan la ancianidad contigo, no les digas nunca ninguna palabra que exprese disgusto ni les reproches, más bien dirígete a ellos respetuosamente. Y haz descender sobre ellos el ala de la humildad y de la ternura. Di: “Señor mío, ten misericordia de ellos al igual que ellos me criaron en mi niñez”.” (C. 17: Bani-Israel: 24-25)

Estos versículos son los más significativos en este tema. Tras la Unidad de Dios, los seres humanos deberían, a través de su actitud de amor, afecto y bondad, dar prioridad a sus padres, que han llegado a una edad avanzada y difícil, sobre todas las cosas.

Además, el versículo habla de las situaciones en las que el comportamiento de uno o de ambos padres es penoso, o en ocasiones incluso ofensivo. Como respuesta, no se permite siquiera que una leve expresión de disgusto o desaprobación sobrepase los propios labios. Por el contrario, deben seguir siendo tratados con respeto profundo.

La insistencia en conseguir la mejor relación entre una generación y otra que desaparece  lentamente, garantiza que no existan vacíos generacionales. Tales vacíos interrumpen siempre la transmisión de los valores morales tradicionales.

La filosofía social islámica, por lo tanto, enseña que ninguna generación debe permitir que surja un bache entre ella y la generación saliente, ni entre ella y la generación futura. Los baches generacionales son totalmente ajenos al Islam.

Como hemos comentado antes, el concepto de familia islámico no se limita a los miembros de una sola casa. El versículo siguiente instruye a los musulmanes a gastar no sólo en sus padres, sino también entre sus parientes y amigos, a quienes se menciona a continuación de los padres en orden de preferencia, de forma que no se lesione su sentido de la dignidad y se promueva el amor mutuo.

وَاعۡبُدُوا اللّٰہَ وَلَا تُشۡرِکُوۡا بِہٖ شَیۡئًا وَّبِالۡوَالِدَیۡنِ اِحۡسَانًا وَّبِذِی الۡقُرۡبٰی وَالۡیَتٰمٰی وَالۡمَسٰکِیۡنِ وَالۡجَارِ ذِی الۡقُرۡبٰی وَالۡجَارِ الۡجُنُبِ وَالصَّاحِبِ بِالۡجَنۡۢبِ وَابۡنِ السَّبِیۡلِ ۙ وَمَا مَلَکَتۡ اَیۡمَانُکُمۡ ؕ اِنَّ اللّٰہَ لَا یُحِبُّ مَنۡ کَانَ مُخۡتَالًا فَخُوۡرَا 

“Y adorad a Al’lah y no asociéis nada a Él, y mostrad bondad a los padres, a los parientes, a los huérfanos y necesitados, al vecino afín a vosotros y al extraño, al compañero que está a vuestro lado, al viajero y a aquellos que se encuentran bajo vuestra autoridad. En verdad, Al’lah no ama al orgulloso ni al jactancioso”. (C. 4: Al-Nisa: 37)

El Santo Corán declara que debéis ser cuidadosos en mostrar la bondad a vuestros padres.

Si la sociedad contemporánea aprendiera la lección de estos mandamientos, muchos de los problemas a los que hoy se enfrenta y que representan una mancha en una sociedad avanzada, dejarían de existir. No serían necesarios asilos ni hogares de ancianos, salvo para aquellos ancianos que, desgraciadamente, no tuvieran un pariente próximo que cuidara de ellos. En una sociedad islámica, se insiste de forma tan repetitiva en el amor entre padres e hijos, que es imposible que un hijo abandone a sus padres cuando lleguen a la vejez, por motivo de su propio placer.

(Continuará en la siguiente entrega, la número 24)