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Opinión

La respuesta del Islam a problemas del mundo contemporáneo (41)

La respuesta del Islam a problemas del mundo contemporáneo (41)

LA PAZ ECONÓMICA

(Pueden consultar las referencias del Sagrado Corán en https://www.ahmadiyya-islam.org/es/coran/ )

La prohibición del interés

El sistema económico islámico se rige por una total ausencia del factor interés. Sin embargo, no existe evidencia histórica o actual que sugiera que, a consecuencia de la supresión del interés, el demonio de la inflación se haya disparado y los precios hayan subido vertiginosamente sin control alguno. En los tiempos actuales tenemos una oportunidad muy interesante de hacer comparaciones respecto a la influencia de las tasas de interés, o de su ausencia, en la inflación.

El Gobierno de China en la era de Mao Tse Tsung realizó diversos experimentos con la economía. Algunos fracasaron. Otros produjeron resultados excelentes. Pero durante todo el gobierno de Mao, no se permitió que el interés jugara papel alguno, ni a nivel doméstico ni a nivel internacional. A pesar de todo, a lo largo de ese período, no hubo un aumento destacado en la inflación. De hecho, cuando finalmente aumentó el nivel de producción global, los precios comenzaron a experimentar una caída.

Comparado con esto, en el Estado de Israel, posiblemente la nación más capitalista del mundo, la tasa de inflación se ha situado entre las más altas registradas en todo mundo excepto, por supuesto, en los países latinoamericanos y en el excepcional período de inflación de la post-guerra en Europa, especialmente en Alemania. Pero entonces no eran días normales. Siendo iguales las demás cosas, el papel del interés en una economía no puede describirse más que como inflacionario.

Altos tipos de interés

El debate respecto a los pros y contras de los altos tipos de interés ofrece un ejemplo interesante para el estudio. Se mantienen los tipos de interés precariamente altos con el único propósito declarado de frenar el consumo privado y suprimir de esta forma la inflación. La economía ya está crujiendo y lamentándose bajo las tensiones que ha causado esta política.

La noción de que cuanto más se eleven los tipos de interés más se reducirá la inflación parece ser la única razón que justifica el mantenimiento de los tipos de interés a un nivel anormalmente alto durante un tiempo.

El tipo de interés nunca ha sido el verdadero culpable de la tendencia inflacionaria. Ha debido existir una mala administración en diversas áreas de la economía y una política económica globalmente defectuosa que ha dado lugar a las tasas de inflación relativamente altas de la época actual. El incremento de los tipos de interés sólo ha servido para desviar la atención de las causas reales cómo fácil chivo expiatorio. Esta estrategia puede tener un cierto éxito en la lucha contra la inflación en un principio, pero ha puesto en marcha factores poderosos que producirán efectos secundarios. Una nación se verá empujada hacia un incontrolable estado de recesión, incrementándose el desempleo.

El alto tipo de interés no sólo ahoga el poder adquisitivo del público en general, sino que también ha comprimido la vena yugular de la industria.

Sin duda ya ha lastimado a un amplio sector en su lucha por las necesidades básicas de la existencia. Los que han pedido grandes cantidades de dinero prestado para obtener un techo, lo han calculado cuidadosamente antes de pedir una hipoteca. Han tenido que apretarse fuertemente el cinturón para afrontar su presupuesto diario así como para hacer frente a los nuevos pagos de las hipotecas. Ya de antemano habían restringido todo tipo de gasto innecesario e imprudente. Tenían en todo caso, escasa libertad de acción para hacerlo. Este sector de la sociedad no era ciertamente responsable de las tendencias inflacionarias, pero, irónicamente, es el sector más severamente castigado por las denominadas medidas gubernamentales anti-inflación, supuestamente encaminadas a bajar los precios para beneficio público. 

La conclusión que surge de todo lo anterior constituye una lección importante para todos los que en el mundo diseñan la política. El interés, como instrumento de control de las economías nacionales, interfiere con el concepto mismo de la economía de libre mercado. Ninguna economía basada en la filosofía del capital-relacionado-con-el-interés puede ser declarada auténticamente libre, mientras su gobierno tenga el poder de subir o bajar los tipos de interés.

El sistema económico islámico no proporciona tal medio de explotación al gobierno.

Otros males del interés

Quizá no esté fuera de lugar mencionar algunos otros aspectos del interés. La tasa de interés interbancario sólo se paga por los depósitos mayores y no por las cuentas de ahorro del cuentacorrentista ordinario. A pesar del efecto compuesto del interés, la ganancia obtenida con un depósito pequeño está muy por debajo del valor real de compra del dinero. Aunque los tipos a corto plazo fluctúan; a largo plazo, el interés ganado por los depósitos está por debajo de la tasa de inflación. Por otro lado, una cantidad similar invertida en ciertos negocios de empresa posee la potencialidad de crecer en términos reales.

En una sociedad motivada por el interés, los que poseen el capital están dispuestos a prestar dinero sin investigar la capacidad del que pide prestado para devolverlo. Por parte de quienes piden prestado, son pocos los que consideran seriamente su capacidad de reembolso. Conocen bien poco que pedir créditos a los tiburones prestamistas equivale a pedir prestado de sus propios ingresos futuros. Ello alienta el hábito de vivir por encima de los propios recursos, y resulta, finalmente, en un gasto excesivo y una incapacidad progresiva para liquidar y honrar las propias promesas. Tales sociedades proporcionan un estímulo irreal a la producción para cumplir las exigencias del consumo.

Este aspecto negativo de las economías dirigidas por el interés, merece la pena que sea comentado y aclarado.

En una sociedad donde “mantenerse a la altura de los Pérez” se convierte en una obsesión, dicha obsesión es incitada en gran medida por los anuncios y propaganda de los últimos modelos de esto y de aquello. Se introduce al público en general al modo de vida lujoso de los ricos, mostrándoles el último diseño en mobiliario y chalets exuberantes, acondicionados con las cocinas y cuartos de baño más modernos y todo tipo de servicios.

A quienes poseen escasos medios para comprar lo que anhelan, se les engatusa con el falso dinero de plástico para satisfacer sus caprichos. Desde luego, significa que han de comprar por encima de su nivel de ingresos. Si hubieran de rembolsar el dinero, aún sin interés, equivaldría a incrementar su capacidad de compra en el presente al costo de reducirla en el futuro.

Si una persona gana 2.000 euros al mes y sale a comprar artículos caros con ayuda de dinero prestado, digamos que por una cantidad 80.000 euros, su capacidad de reintegro vendrá determinada por sus ahorros netos cada mes. Imaginemos que pueda llegar a final de mes con 1.200 euros, lo que le permitiría ahorrar 800 euros por mes. Tendría que vivir con ese presupuesto ajustado los siguientes 100 meses para reintegrar el préstamo que adquirió para hacer frente al alegre gasto de 80.000 euros, sin intereses. Lo que ha hecho, por tanto, es pedir dinero prestado a costa de sus 100 futuros meses (8 años y cuatro meses) para gastarlo al principio de ese período. La única ventaja que ha obtenido es que ha saciado su impaciencia y satisfecho su deseo, en lugar de esperar ocho años y pico.

Pero si ha de pagar además intereses sobre su préstamo de 80.000 euros, su situación económica será mucho peor de la comentada en el ejemplo anterior. A una tasa media de, por ejemplo, el 14%, el empréstito sobre sus futuras ganancias será mucho más grande que el dinero real que pidió prestado. Se reducirá su capacidad de reintegro y se alargará el período de reembolso en un grado importante. Esta persona habrá de sufrir pacientemente unos veinte años como castigo a su impaciencia, considerando que estuviera pagando 1.000 euros al mes, es decir, una cantidad total de 240.000 euros que comprendería el préstamo más el interés compuesto.

La pérdida afecta ciertamente al que pide prestado y no al prestamista. El prestamista forma parte de un sistema muy poderoso de explotación que garantiza, teniendo en cuenta la inflación y otras pérdidas, que el prestamista acaba siempre con mayor cantidad de dinero en su bolsillo.

Con la inflación, la situación del que pide el préstamo en cuestión, empeora notablemente. Su capacidad de compra continúa decreciendo, de forma que, si le resultaba difícil vivir con 1,200 Euros, le acaba resultando imposible hacer frente a los gastos cotidianos, con la misma cantidad, a medida que pasa el tiempo. Por supuesto, hay algunos pocos afortunados que reciben incrementos anuales similares a la tasa de inflación.

(lpbD) – La paz y las bendiciones de Dios sean con él.

(Continuaremos en la entrega 42, continuando con “La Paz Económica” según las enseñanzas del Sagrado Corán)