Opinión

La senda turca

El presidente turco Recep Tayyip Erdogan
Introducción

A finales del pasado año Turquía firmó un acuerdo con Libia, o para ser más precisos, con uno de los dos contendientes que se disputan el poder en Libia. Este entregaba de facto a Turquía el control de las aguas territoriales libias, al tiempo que establecía un corredor marítimo en el este del mar Mediterráneo. El control de esas aguas permite al país otomano controlar todos los movimientos de buques en la zona, las reservas de gas natural y los gasoductos que pasan por ella.

El acuerdo causó un  gran malestar en países como Grecia, Egipto, Chipre, Israel y Francia. Incluso Naciones Unidas se mostró recelosa no aprobando el tratado. Y ello, a pesar de que tanto Turquía como Naciones Unidas apoyan al GNA, el otro firmante del acuerdo en la guerra libia.

Una visión global, tanto de este hecho como de los movimientos turcos durante los últimos meses, arrojan luz sobre las intenciones turcas de convertirse en una potencia marítima regional que controle esa parte del Mediterráneo. Los movimientos de Turquía también en el Egeo, así como su implicación en los conflictos de Siria y Libia no son sino partes diferentes, pero complementarias, de un ambicioso plan minuciosamente trazado por Ankara desde hace algunos años para conseguir el control marítimo del Mediterráneo este y las zonas adyacentes. El fin último de esta estrategia sería otorgar a Turquía una independencia económica y energética que aseguren el crecimiento del país en todos los órdenes.

El padre de dicho plan es el almirante Cem Gurdeniz, y fue expuesto por primera vez en 2006  bajo el nombre de “Doctrina Patria Azul”.

Patria Azul

Para entender esta doctrina comenzaremos por definir su objetivo final. Este consiste en alcanzar el control y su consolidación en las tres zonas que rodean al país para de este modo ejercer su influencia tanto a nivel regional como internacional, haciéndose con los recursos energéticos necesarios para sostener el crecimiento económico y demográfico sin tener que depender de terceros países. Pero tras esos objetivos  subyace  algo más: acabar con lo que supuso para Turquía el Tratado de Lausana, el cual se vio forzada a firmar en 1923. 

Mediante el mismo, que invalidó el tratado de Sevres firmado por el Imperio Otomano y las potencias aliadas al finalizar la Primera Guerra Mundial, se establecieron las fronteras de la Turquía que conocemos hoy. En la práctica supuso la fragmentación del Imperio.

El Tratado definió no sólo las fronteras de Turquía, sino las de Grecia y Bulgaria, concluyendo la soberanía turca sobre las islas del Dodecaneso, Chipre, Egipto, Sudán, Siria e Irak. El Kurdistán dejó de ser una unidad dividiéndose entre varios países, y Armenia se dividió entre Turquía y la URSS. Las condiciones limitaron la capacidad de acción de los turcos poniendo al país bajo el paraguas de las potencias occidentales, situación que se ha mantenido durante los casi 100 años transcurridos desde la firma.

Pero llegados a este punto, se han dado una serie de circunstancias que pueden interpretarse como base de partida para la situación actual. Por un lado, la caída del bloque comunista y el periodo de debilidad de Rusia han provocado el desarrollo de la idea de que el escudo protector de Occidente ya no es tan necesario (no se puede olvidar que este también era visto como un corsé). Este hecho coincidió con  una etapa de gran crecimiento tanto económico como demográfico del país otomano que según las previsiones alcanzará los 90 millones de habitantes en 2030, y ambos parámetros implican un incremento notable en las necesidades energéticas. Si estas demandas no son satisfechas no será posible sostener a esa población ni desarrollar la industria convenientemente.

La economía turca hasta el momento se ha basado sobre todo en el desarrollo de sus mercados locales, financiados mayoritariamente por inversiones extranjeras. Las necesidades energéticas son cubiertas del mismo modo, mediante el suministro desde terceros países. Los principales exportadores de recursos energéticos a Turquía son Rusia, Irán, Irak y Libia. Esta dependencia externa es una de las razones para el espectacular desarrollo de las capacidades militares turcas en los últimos años y su implicación directa en diversos escenarios inestables: asegurarse que ese suministro de energía no se interrumpe. Y de ahí las intervenciones en el norte de Siria, norte de Irak, Libia…

No obstante esta no es la única razón para dichas intervenciones, existen otras motivaciones de índole político, compromisos que obligan a Turquía a tomar partido de un modo u otro.

Pero a pesar de las posibles motivaciones políticas, la “Doctrina Patria Azul” toma como eje principal la necesidad de alcanzar la independencia energética, y para ello es necesario tomar el control de los recursos energéticos y lograr la libertad de acción en este campo. Para lograr dicho fin, la doctrina en cuestión establece dos esferas. La primera, que conformaría el área de seguridad y de control inmediato, la forman los mares que rodean el país: el Mediterráneo, el Egeo y el Mar Negro. La segunda, de carácter estratégico, incluye el mar Rojo, el mar Caspio y el mar Arábigo, incluido el golfo Pérsico.

El dominio turco del espacio marítimo señalado incluye el control sobre las reservas de gas y petróleo que hay en esas aguas. Esa posición de dominio marítimo se refuerza mediante el establecimiento de alianzas con los países de la zona, proporcionándoles apoyo, estableciendo bases militares en su territorio y facilitando material y adiestramiento militar a sus ejércitos, asegurándose así su ayuda. Esto es un hecho, y Turquía ya dispone de bases en Somalia, Sudán, Libia y Qatar, países a los que suministra sistemas de armas de fabricación propia y con los que mantiene acuerdos militares de diversa índole.

La Fuerza Naval turca tenía como área habitual de operaciones el Mediterráneo, el mar Negro y el Egeo, en estos dos últimos centrándose frente a Bulgaria en el primero y en las islas situadas al este de Grecia en el segundo.

Pero desde hace no mucho ha ampliado su zona de actuación extendiéndola hacia el mar Rojo, el mar Arábigo y el golfo Pérsico y llegando incluso a operar en estrecha colaboración con Pakistán.

Esta visión estratégica centrada en el dominio del mar, aparte de las razones expuestas previamente referidas al control de los recursos energéticos, tiene su explicación en el convencimiento que tiene Turquía de que su especial orografía, muy montañosa, ofrece una defensa natural y disuasoria ante cualquier agresión por tierra.

Por otro lado, las fronteras marítimas, que se extienden por tres mares diferentes son percibidas como el punto débil de la nación. Este punto de vista tiene su raíz histórica en el antiguo Imperio Otomano, el mismo que llevó a Erdogan, poco después de acceder al poder, a iniciar un programa completo de desarrollo y modernización de su Fuerza Naval conocido como “Milgem”. En este proyecto se han realizado fuertes inversiones de todo tipo y no se han escatimado esfuerzos, pues para lograr el desarrollo de unas fuerzas armadas que sustenten el objetivo de erigirse como una potencia regional e internacional es clave que un crecimiento tecnológico independiente de la industria turca.

La industria de defensa turca ha experimentado una espectacular evolución, desarrollando buques de guerra, UAVs y sistemas de armas avanzados de gran calidad. De nuevo aquí encontramos dos vertientes. Por un lado, alcanzar un nivel tecnológico puntero en sus fuerzas armadas que respalde la consecución de los objetivos señalados previamente, y, por otro, situarse como referencia en el campo de la exportación de armas, para lograr ingresos y poder influir en los países de su interés y sus políticas, del mismo modo en que lo hacen EEUU, China y Rusia.

En el marco del programa “Milgem” se han construido cuatro corbetas antisubmarinas, un buque de obtención de inteligencia, cuatro fragatas para guerra de superficie y cuatro fragatas antiaéreas. El programa también incluye cuatro corbetas de última generación para la Armada de Pakistán en un paso más en la estrecha colaboración entre ambos países.

Del mismo modo, 33 nuevas barcazas de desembarco con capacidad para el transporte tanto de tropas como de vehículos acorazados han sido entregadas a la Fuerza Naval turca. El desarrollo y perfeccionamiento de las capacidades de asalto anfibio por parte de Turquía suponen un factor a tener en cuenta en un hipotético supuesto de tensión con Grecia, especialmente en lo que se refiere a las islas situadas al este del país.

El desarrollo de las capacidades de guerra naval se completa con la fabricación de seis nuevos submarinos de factura alemana construidos bajo licencia de HDW en la propia Turquía, concretamente del modelo U-214. Estos nuevos sumergibles están equipados con un Sistema AIP que les permite permanecer durante largos periodos sin salir a superficie, y se unen a los diez que el país otomano operaba hasta el momento.

Pero la estrella del programa es sin duda el buque de asalto anfibio o LHD “Anadolu”. Este barco, de factura muy similar al Juan Carlos I que opera la Armada española, proporciona unas capacidades muy avanzadas, pues no solo puede transportar barcazas de desembarco sino que desde su cubierta pueden operar diferentes tipos de helicópteros, UAV,s y en su caso aviones de combate de despegue vertical. Actualmente el único aparato de dichas características factible es el F35B VSTOL, pero las últimas decisiones del Gobierno de Turquía de adquirir material antiaéreo ruso como el sistema S400 han llevado a EEUU a vetar la continuidad en el programa de adquisición del F35. De hecho, los primeros aparatos destinados al país otomano han sido vendidos a la USAF. De todos modos, la intención de Turquía no era la de adquirir la versión VSTOL.

El proyecto se completará con la construcción de un segundo buque de asalto anfibio, el “Trakya”, otorgando a las fuerzas turcas unas capacidades muy superiores a las de sus vecinos en la región y proporcionándole la capacidad de proyectar su fuerza en operaciones estratégicas y en dos escenarios simultáneamente. A su vez, la capacidad de disuasión que representan es más que evidente.

La implicación de Turquía en los conflictos de Siria y Libia ha proporcionado a sus Fuerzas Armadas, y entre estas a las unidades de su fuerza naval, una enorme y valiosa experiencia en combate que ha servido para actualizar y mejorar su doctrina y sus capacidades operacionales. Esto, unido a la formación que tienen sus unidades y al desarrollo tecnológico y armamentístico descritos, son los tres pilares necesarios para la puesta en marcha de la “Doctrina Patria Azul”. La gran incógnita es cómo reaccionarán las otras potencias regionales ante el avance de este plan estratégico. 

Conclusiones

Los intereses son múltiples y a menudo cruzados, y afectan no solo a los países ribereños de esa zona del Mediterráneo, sino a potencias como Rusia y Francia y a organizaciones internacionales como la OTAN.

Los incidentes entre naciones en principio aliadas ya se han producido, llevando incluso a que Francia se retire de la operación de la OTAN en el Mediterráneo debido al problema acaecido entre una fragata gala y otra turca y teniendo como consecuencia un ataque contra posiciones turcas por parte de aviones Rafale, cuya nacionalidad continúa sin estar clara.

No hay duda de que la actitud turca y la puesta en marcha de su plan pone en una situación de debilidad a la Alianza, pues uno de los motivos que sustentan el plan es la percepción que tiene Turquía de que ya no necesita el paraguas del amparo de Occidente para la defensa de sus intereses.

Por otro lado, Turquía juega con la baza de poseer la llave de la puerta de entrada al torrente de inmigrantes procedentes de Siria, Libia, Somalia y Eritrea hacia la Unión Europea, y la usará como medida de presión ante cualquier reacción o posicionamiento de Europa en contra de sus intereses.

El Mediterráneo oriental ha recobrado el papel protagonista en la geopolítica mundial que ya tuvo en el siglo XVI, y curiosamente con los mismos actores principales y los mismos objetivos. Solo que esta vez tenemos a nuevas potencias como Rusia que también reclaman su espacio y su necesidad de una presencia permanente y fuerte en esa zona. No podemos obviar la relación que tiene esa necesidad con el conflicto de Crimea y la necesidad estratégica de poder controlar en cierto modo ambos lados del Bósforo y asegurar la salida al Mediterráneo de la flota del mar Negro.

Todos estos intereses económicos, energéticos y políticos están creando una situación muy complicada donde además se unen los conflictos “internos” de Siria y Libia creando una “sobrepresencia” de unidades militares, combatientes, sistemas de armas, aviones, UAV,s que en cualquier momento, y por un error inopinado pueden dar lugar a uno de esos incidentes nimios que deslizan al mundo o en este caso a Europa por la senda del enfrentamiento.