Opinión

La Unión Europea ante la pandemia: un apunte histórico

MADRID

En el mes de septiembre de 1821 se declaró una epidemia de fiebre amarilla en Palma de Mallorca. No fue, por supuesto, la primera y quizás tampoco la más importante que tuvo lugar en la isla. 

Su saldo de muertes sólo en la ciudad fue de 3.194 personas, duró más de cuatro meses y prácticamente todo aquel que enfermó, murió. 

Tras detectarse el primer caso –lo que llamaríamos ahora el paciente cero- se tomaron medidas estrictas para detener el contagio porque de sobra se conocían sus desastrosos efectos. 

Se incomunicaron las casas de los afectados, después las calles, luego las manzanas y finalmente se estableció un cordón sanitario que separaba la ciudad del resto de la isla.

Cuando se inició la pandemia en Europa, no pude por menos que recordar este suceso sobre el que había investigado muchos años atrás. No sólo por el hecho de tratarse de una epidemia sino, sobre todo, porque en un primer momento tuve la sensación de que distaban poco las medidas tomadas aquel entonces de las que nos fueron impuestas en 2020. 

Recordé también otra investigación con la que colaboré casi por las mismas fechas, referente al comercio de Mallorca en el s. XVII con los puertos franceses, italianos y norteafricanos con los que la isla tenía un mayor contacto. 

Para ello fue necesario estudiar un a modo de pasaporte que las naves llegadas a cualquier puerto debían llevar consigo, en los que figuraban, además de otros datos relativos a la carga, el puerto de partida y aquellos en los que, en su caso, se había recalado. 

Este documento tenía también una función profiláctica ya que, si se tenía noticia de haberse declarado un brote de alguna enfermedad infecciosa en cualquiera de los puertos que figuraban en dicho pasaporte, se debía aislar tanto a la tripulación como las mercancías que llevase la nave.   

Porque si algo había enseñado la historia a los europeos era que lo que por aquél entonces era el mejor medio para el transporte de mercancías –el mar- era, al mismo tiempo, su mayor vulnerabilidad y que, de establecer un control lo más férreo posible en los puertos, dependía la salud y la seguridad, no sólo de las localidades costeras sino, en algunos casos, de todo el país y, como ocurrió con la llamada siglos más tarde “La Muerte Negra”, de toda Europa. 

Recordemos que durante los años 1347 a 1350, nuestro continente “y todo el mundo conocido” fue testigo de una feroz pandemia de peste que dejó a su paso una estela de muerte y destrucción. 

Procedente de Oriente, llegó a un Occidente ya afectado económica y socialmente, en el que se sucedían las hambrunas, las guerras y las revueltas y donde existía una gran inestabilidad política.

Ciertamente, la humanidad ya había conocido otras plagas y epidemias, pero la pandemia de 1348, por sus características, marcó un antes y un después en muchos aspectos y provocó un enorme impacto tanto a los coetáneos de esta como a las generaciones siguientes. 

También, en los siglos posteriores se sucedieron otras plagas de mayor o menor intensidad. Probablemente, la más letal y devastadora fue la epidemia de gripe que tuvo lugar entre 1916 y 1918 y que en solo un año mató entre 20 y 40 millones de personas y que, lo mismo que la Muerte Negra, fue uno de los ejemplos claros en la historia de crisis de mortalidad. 

A pesar de que los conocimientos médicos de la Edad Media y de los periodos posteriores distasen mucho de los que se tienen hoy en día, la escala global de la pandemia de la COVID-19 ha supuesto un reto para los gobiernos y para las autoridades sanitarias, a mi entender, similar al de las plagas anteriores. 

De hecho, centrándonos sólo en Europa, el desconcierto y la heterogeneidad de la respuesta de cada uno de los países en un primer momento, mostraron la inexistencia de los mecanismos necesarios para afrontar un reto sanitario de tal magnitud, de manera conjunta o con criterios similares. 

Pero también, durante el desarrollo de esta –en el que aún estamos inmersos- las respuestas que cada uno de los Estados miembros han dado a las consecuencias socioeconómicas derivadas de las restricciones impuestas por motivos sanitarios, han sido, en algunos casos, muy distintas, lo que necesariamente nos llevará a un escenario postpandemia en el que las diferencias entre países serán probablemente palmarias.   

A nuestro favor ha jugado el hecho de disponer de hospitales bien equipados, con medios como unidades de cuidados y de vigilancia intensiva. También, tener una industria farmacéutica capaz de producir grandes cantidades de antibióticos antivirales y, por supuesto, contar con una capacidad mayor para producir vacunas. 

Sin embargo, si miramos al pasado, observamos que, por un lado, tal como decía al inicio, la primera respuesta a la propagación de la enfermedad apenas ha distado de la que se daba en siglos anteriores, a pesar de que, por aquél entonces se ignorasen claramente las vías de contagio y, no digamos ya, la naturaleza de los patógenos.  Me refiero al confinamiento y a los cierres perimetrales, antes llamados “cordón sanitario”. 

Sin embargo, medidas que a lo largo de la historia se consideraron imprescindibles y probaron su utilidad, como el control de los viajeros llegados de puntos en los que se había declarado una epidemia, en un primer momento no se consideraron necesarios y en algunos casos, ni siquiera, cuando los datos objetivos y las cifras alcanzadas lo aconsejaban absolutamente. 

En este aspecto tampoco ha existido una unidad de criterio, de manera que, en países como Grecia, en los que se asumió desde el primer momento la debilidad de su sistema sanitario a la vez que su casi absoluta dependencia económica del turismo, ya en el verano de 2020 se tomaron las medidas precisas para que, por ejemplo, sus aeropuertos internacionales dispusiesen del control sanitario necesario para los pasajeros llegados del extranjero.  

En cambio, en otros países ese control no fue, ni en un primer momento, ni con posterioridad, tan riguroso, por mucho que se revelase como imprescindible. 

Dado que los Estados miembros de la UE en teoría comparten información acerca del desarrollo de la pandemia, sorprende que esta y otras medidas no hayan generado una unidad de criterio, sobre todo, porque la capilaridad de las fronteras europeas del espacio Schengen hace que las decisiones de unos Estados con respecto a terceros países puedan tener un impacto letal en el resto.  

Gari Durán Vadell, doctora en Historia Antigua y vicepresidenta de INCO Human Rights