Opinión

La volubilidad de Pedro Sánchez no es gratuita

El presidente en funciones de España, Pedro Sánchez

El presidente en funciones Pedro Sánchez ha dado un giro de 180 grados en dos cuestiones fundamentales, distintas, pero vinculadas. Ha pasado de ofrecer un “gobierno de coalición” al movimiento Podemos, a negarse en redondo a que ningún miembro activo o afín a Pablo Iglesias entre en el Sancta Santorum del Ejecutivo; y, segundo, de pedir “el fomento de la supervisión de los derechos humanos en el Sahara Occidental”, a explicitar que sea la Misión de Naciones Unidas MINURSO quien se encargue de hacerlo. 

La versatilidad de Sánchez en cuanto a la composición del Gobierno se refiere, no es producto de la reflexión, ni de los consejos de su partido. Ha sido una imposición directa de Bruselas, de las instituciones comunitarias y del núcleo dirigente de la Unión Europea. A Pedro Sánchez se lo han dejado claro: “No podemos permitir una nueva aventura como la griega”, “los equilibrios económicos de Europa y el futuro del euro están en juego”. Sánchez no ha encontrado ningún apoyo en Europa a su gobierno compartido con la formación de Iglesias, y ha tenido que dar marcha atrás. Pero no puede confesarlo en público, porque sería admitir que con la entrada en la Unión, España, como cualquier otro país europeo, han cedido soberanía, han perdido prerrogativas de Estado.

Si el primer giro de veleta ha sido bien acogido por los poderes fácticos – que aún existen, la banca y la gran patronal principalmente -, el segundo ha originado el temor a un nuevo pulso diplomático con Marruecos, que no resulta nada beneficioso para el país. 

Pedro Sánchez ha introducido su propuesta de “buscar una solución al problema del Sahara en la ONU y fuera de la ONU”, con el añadido de proponer que la MINURSO se encargue de controlar los derechos humanos en el territorio”, para que Podemos trague y apoye la investidura. Incluso se ha hecho más papista que el Papa, y va más allá que Iglesias, cuando pide que se aplique “el derecho de autodeterminación”, que es una figura jurídica específica patrocinada por la ONU; mientras que el líder de Podemos, además de coincidir con Sánchez en el asunto de la MINURSO, se limita a hablar de “la libre determinación del pueblo saharaui”, curiosamente la misma fórmula que empleó el Partido Popular con Mariano Rajoy, y que no obliga a realizar ningún referéndum. 

Visto como el juego del ratón y el gato para la cocina interna española, el asunto no tendría mayor trascendencia. La cuestión es que hurga en la fibra más sensible de la política marroquí. Rabat nunca ha mostrado confianza en el presidente en funciones; las relaciones entre los dos gobiernos son buenas, y en algunos sectores excelentes; pero a nivel personal la corriente no pasa. Y aunque el ministro del Interior, Grande Marlaska, haya intentado convencer a sus interlocutores marroquíes en su reciente viaje a Rabat, de que este giro político no va a significar nada, el asunto no ha sentado nada bien.

El portavoz del Ejecutivo marroquí, Mustafa el Jalfi, preguntado sobre el cambiazo de Sánchez, se limitó hace unos días, a decir que su gobierno no tiene la costumbre de comentar “los programas electorales de partidos extranjeros”, lo que no satisfizo a nadie porque precisamente ese punto no estaba en el programa electoral del PSOE para los comicios del 28-A, y sí en el panfleto de 300 medidas que Sánchez ofrece a Iglesias para obtener su “Sí, quiero”. 

¿Se comporta Pedro Sánchez como un hombre de Estado? El primer volantazo le daría un SI, con el segundo se llevaría un NO. Pero quizás esto no le preocupa. Lo que sí le quita el sueño es encontrar la manera de superar los 150 escaños en las más que probables Elecciones del 10 de noviembre.