Las batallas ganadas de Jorge Martínez Reverte

Las batallas ganadas de Jorge Martínez Reverte

Tenía la mirada clara y una constancia a prueba de bombas, que le convirtieron en un general sin uniforme que dominaba todos los campos de batalla. Compañero de tantas aventuras profesionales, recuerdo a Jorge siempre con la sonrisa presta y el buen ánimo que le llevó a tantos destinos.

Fuimos vecinos circunstanciales, puerta con puerta, en los bellos áticos de Barceló con aquellas terrazas con templete donde Jorge escribía con el horizonte en Madrid y donde mi anfitrión Fernando García Ervíti organizaba festejos nocturnos de conversaciones suculentas.

Se daba a sí mismo un aire de intriga, con aquella sonrisa que le marcaba el rostro y te hacia saber que siempre había algo más. Había algo más en la batalla del Ebro o la de Annual, en el misterio de turno que motivaba a su alter ego Gálvez o en el enredo político de altura en el que siempre se sintió parte y protagonista.  

Miro hacia atrás, como desplegando un álbum de fotos del periodista amigo, y le veo en todo. Sus épocas de radio, de televisión, de los periódicos y revistas, en los libros… y también en el futuro. Con la empresa de diseños 3D, con sus películas y las de los demás. Le recuerdo emocionado enseñado el story-board de Áute en mi despacho de TVE para sacar adelante aquella película de animación tan bella y tan delirante: Un perro llamado dolor. No había proyecto que se le resistiese, por su capacidad de trabajo y por su encanto para buscar cómplices. También hizo programas de historia en televisión, aparte de su época en Informe Semanal.

Cuando Luz Rodríguez nos reunión en su último cumpleaños en Madrid, Jorge ya vivía sobre ruedas, ayudado siempre por Mercedes, pero sin perder ni las ganas ni la sonrisa. Se hacía entender por encima de todo, y sus ojos seguían marcando el interés por ir más allá. No faltó al premio que le entregaron a su hermano Javier en la noche de la Sociedad Geográfica, estoico y familiar.

Últimos momentos compartidos después de aquel día en que el ictus le dejo aparcado, pero en el que no se paró. Hasta el final. Con las botas puestas del periodismo hasta el último aliento. Hasta el articulo final, que le emparentaba con el general Tagüeña, el hombre de la defensa del Ebro. Recordaba en él Martínez Reverte, la memoria escrita de su esposa Carmen Parga sobre viaje al exilio, desde San Petersburgo a Moscú, Brno, Praga…y la gran desilusión ante el estalinismo. Uno de los textos más agobiantes, sinceros y sombríos sobre los sueños trastocados en un mundo cruel del que es imposible salir. Lo rememoré con su hija Carmen Tagüeña Parga en Ciudad de México, donde la familia encontró el sosiego a la larga postguerra y el doble exilio. El joven físico Tagüeña tuvo que reinventarse de general y aguantó estoico la frontera del Ebro. Hasta el final. Estaba hecho Javier de los mismos mimbres. Fuertes en la batalla, incansables en la paz.        
 

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