Opinión

Las salchichas de la discordia

Brexit

Se atribuye a Bismarck la frase “Las leyes son como salchichas. Es mejor no ver cómo se hacen”. La aprobación a toda costa del acuerdo de divorcio del Brexit tuvo mucho de charcutería parlamentaria, y, por una por una ironía del destino, ha sido precisamente el mercadeo de salchichas lo que ha puesto al Reino Unido al borde de una guerra comercial con la Unión Europea. 

El asunto se remonta a la decisión de Boris Johnson de aceptar la implantación de una aduana entre Irlanda del Norte y el resto de la Unión Europea, desdiciéndose de su propia opinión en contra unos meses antes. Este arreglo permite el cumplimiento del acuerdo del Viernes Santo, que proscribe taxativamente la existencia cualquier clase de frontera entre las dos irlandas. En la práctica, lo que esto significa es que la República de Irlanda e Irlanda del Norte forman parte del mercado único, pero que el Reino Unido es, a efectos comerciales, un país tercero en relación con una parte del propio Estado. 

Sabedor --que no consciente-- de las implicaciones de esto, Londres solicitó a Bruselas un periodo de gracia que eximía transitoriamente al Reino Unido de la aplicación estricta de las reglas de la Organización Mundial del Comercio en lo que atañe a Irlanda del Norte. Este periodo expira el 30 de junio, y la realidad de lo que Johnson se jactó de haber firmado se ha hecho súbitamente patente.  En esencia, el problema consiste en que las regulaciones de seguridad alimentaria de la UE sólo permiten la entrada en el mercado único de carne congelada, prohibiendo explícitamente la importación de productos cárnicos refrigerados proveniente de países que no forman parte del mercado único. En consecuencia, Lincolnshire no puede vender sus salchichas frescas al Ulster. 

Sería frívolo tomarse las implicaciones políticas de este problema a chanza, como una cuestión poco sofisticada. Si algo ha demostrado el Brexit es lo fácil que resulta hacer demagogia enarbolando arenques y salchichas, por mucho que las élites cosmopolitas no acaben de entender el poderoso atractivo que la narrativa arcádica tiene en el mundo urbano. Los miembros del Parlamento, no obstante, son plenamente conscientes de la fuerza que tienen estos mitos nostálgicos entre los votantes, por una razón elemental: en el Reino Unido el escaño se gana puerta a puerta, literalmente, y todos, desde el concejal al primer ministro deben esforzarse por seducir personalmente a los votantes, y hacer frente a las opiniones de cada hijo de vecino. 

No es por lo tanto extraño que desde el gabinete de Boris Johnson haya subido la temperatura de la retórica patriotera contra Europa antes y durante la celebración G7, llegando incluso a amagar con la invocación del artículo 16 del acuerdo de salida de la Unión Europea, lo que supondría efectivamente desenterrar el hacha de guerra comercial, como no ha tardado en confirmar Von der Leyen.

Este estado de cosas demuestra a las claras las limitaciones del ‘glocalismo difuso’ con el que los ‘think tanks’ pro-Brexit han articulado el discurso de la ruptura con la Unión Europea. Sencillamente, no siendo ya una potencia imperial, el Reino Unido no está en condiciones de imponer sus usos y costumbres mercantiles al resto del mundo, y está descubriendo con incredulidad cómo queda desvestido un santo al vestir a otro.  Prueba de esta frustración son las palabras del ministro británico David Frost, con las que introducía el innovador concepto del "purismo legalista" aplicado al derecho internacional, para acusar a la Unión Europea de dogmatismo y falta de cintura por no comprometer la integridad del mercado único para resolver las irresolubles contradicciones internas de la estructura territorial británica. A estas alturas, incluso los más fervientes defensores del Brexit saben en su fuero interno que sus ensoñaciones han convertido en pesadilla el célebre del dilema del prisionero, y que por cada puerta abierta se cierra otra.