Opinión

Las transiciones nunca son fáciles

Paco Soto

Pie de foto: Una multitud asiste al funeral de Franco, en noviembre de 1975, en Madrid.

 

Las transiciones políticas de un sistema autoritario y políticamente atrasado a una democracia nunca han sido fáciles. Son procesos complejos y que necesitan de dirigentes inteligentes, responsables y con visión política a largo plazo. En las transiciones sobran los extremistas y los demagogos y populistas. España, tras la muerte de Franco, en noviembre de 1975, vivió una delicada transición de la dictadura, casi 40 años, a la democracia parlamentaria. El dictador murió en la cama de un hospital, viejo y enfermo; no fue detenido y juzgado por sus crímenes, ni murió ahorcado como Mussolini en Italia. Tampoco se suicidó como Hitler en Alemania. Conviene no olvidarlo. Por diversos motivos, y uno de ellos es que el franquismo fue la consecuencia de una brutal guerra civil entre españoles, la inmensa mayoría de la población ni pudo ni quiso acabar con la dictadura como en otros países: deteniendo al dictador y sus principales secuaces y desmontando en poco tiempo las estructuras del régimen. En España, una mayoría social se decantó por el pacto político entre antiguos enemigos y el cambio pacífico.

Viendo las cosas con perspectiva fue un acierto, porque evitó males mayores y a lo mejor un baño de sangre. La inmensa mayoría de los antifranquistas, y esto también conviene no olvidarlo, entendieron que después de casi cuatro décadas de dictadura el país tenía dos vías para alcanzar la democracia: la confrontación directa con el régimen, lo que hubiera desembocado en violencia y provocado una intervención militar; o la negociación y el acuerdo. La segunda opción ganó la batalla de las ideas y de la calle. Ciertamente, la segunda solución -la reformista- no tenía la carga épica de la revolución violenta o la ruptura sin concesiones, pero fue una vía inteligente y civilizada que dio sus frutos, por mucho que los adanistas de nuevo cuño y los antifranquistas sobrevenidos del siglo XXI se empeñen en querer demostrar lo contrario.

 

Del franquismo a la democracia

Hace 40 años, la alternativa reformista y pacífica fue rechazada por la extrema derecha franquista, ETA y su frente político y los grupos más fanáticos de la ultraizquierda, y en la actualidad la corriente guerracivilista de la izquierda quiere echar por la borda lo bueno de la Transición. Unos y otros fueron y son prisioneros del pasado y de dogmas ideológicos. La vieja extrema derecha franquista desapareció del mapa político y sólo sobreviven pequeñas sectas formadas por viejos nostálgicos al borde de la muerte y jóvenes exaltados e indocumentados. Pero la ultraizquierda española, que en el siglo XXI sigue defendiendo a criminales como los hermanos Castro y a sistemas totalitarios que sembraron la muerte y la desolación como el soviético y el chino, salió hace unos años de las catacumbas y se presenta ante la opinión pública como la única izquierda verdadera y posible.

El difunto rey de Marruecos Hasan II.

 

Pie de foto: El difunto rey de Marruecos Hasan II.

 

La Transición, según adanistas e idiotas

Para esta izquierda ultra que sueña con resucitar a Franco, la Transición fue un engaño, la continuidad del franquismo sin el dictador, y la oposición democrática renunció a sus principios. Las cosas fueron más complejos, y a estas alturas del partido hay que tener mucho morro, o ser un perfecto idiota, para venir a dar lecciones de valentía y clarividencia política a la ciudadanía. En un artículo publicado en el diario El País y titulado ‘Un país adanista e idiota’, el escritor Javier Marías señala: “A veces tengo la sensación de que este es un país definitivamente idiota, en la escasa medida en que puede generalizarse, claro. Entre las idioteces mayores de los españoles está el narcisismo, que los lleva a querer darse importancia personal, aunque sea como parte de un colectivo.

Rara es la generación que no tiene la imperiosa ambición de sentirse protagonista de ‘algo’, de un cambio, de una lucha, de una resistencia, de una innovación decisiva, de lo que sea. Y eso da pie a lo que se llama adanismo, es decir, según el DRAE, ‘hábito de comenzar una actividad cualquiera como si nadie la hubiera ejercitado anteriormente’, o, según el DEA, ‘tendencia a actuar prescindiendo de lo ya existente o de lo hecho antes por otros’. El resultado de esa actitud suele ser que los ‘originales’ descubran sin cesar mediterráneos y por tanto caigan, sin saberlo, en lo más antiguo y aun decrépito. Presentan como ‘hallazgos’ ideas, propuestas, políticas, formas artísticas mil veces probadas o experimentadas y a menudo arrumbadas por inservibles o nocivas o arcaicas”.

 

El “mañana nos pertenece”

Javier Marías recalca: “Es una de las modalidades de vanidad más radicales: antes de que llegáramos nosotros al mundo, todos vivieron en el error, sobre todo los más cercanos, los inmediatamente anteriores. ‘Mañana nos pertenece’, como cantaba aquel himno nazi que popularizó en su día la película Cabaret, y todo ayer es injusto, desdichado, erróneo, perjudicial y nefasto”. Así las cosas, el autor de obras como ‘El hombre sentimental’, ‘Baile y sueño’ y ‘Los enamoramientos’ pone de manifiesto: “Lo sorprendente y llamativo –lo idiota– es que ahora se pretenda ­llevar a cabo una operación semejante con la llamada Transición y cuanto ha venido a raíz de ella. Los idiotas de Podemos –con esto no quiero decir que sean idiotas todos los de ese partido, sino que en él abundan idiotas que sostienen lo que a continuación expongo– han dado en denominarlo ‘régimen’ malintencionadamente, puesto que ese término se asoció siempre al franquismo.

Es decir, intentan equiparar a éste con el periodo democrático, el de mayores libertades (y prosperidad, todo sumado) de la larguísima y entera historia de España. La gente más crítica y enemiga de la Transición nació acabado el franquismo y no tiene ni idea de lo que es vivir bajo una dictadura. Ha gozado de derechos y libertades desde el primer día, de lo que con anterioridad a este ‘régimen’ estaba prohibido y no existía: de expresión y opinión sin trabas, de partidos políticos y elecciones, de Europa, de un Ejército despolitizado y jueces no títeres, de divorcio y matrimonio gay, de mayoría de edad a los dieciocho y no a los veintiuno (o aún más tarde para las mujeres), de pleno uso de las lenguas catalana, gallega y vasca, de amplia autonomía para cada territorio en vez de un brutal centralismo… Nada de eso es incontrovertiblemente malo, como se empeñan en sostener los idiotas”. Magnífico análisis el que hace Marías de la España actual y de esta generación de niños pijos, de malcriados y de atontados que nos dan lecciones a los demás pero no han leído un libro en su vida y se nutren casi exclusivamente de las pseudo ‘ideas’ que circulan por este nido de víboras, cobardes y desequilibrados que son las redes sociales.

 

Pereza mental

A toro pasado es fácil decir que los españoles de la Transición se equivocaron de cabo a rabo y cargarse sin parpadear el complejo proceso de cambio político que se llevó a cabo en España después de la muerte del dictador. Hay que mantener, por supuesto, una postura crítica y lúcida sobre la Transición y no convertirla en un dogma de fe, porque es la mejor manera de asumir los errores cometidos y corregir sus consecuencias, pero no renegar del pasado en bloque. Esto sólo lo hacen los adanistas, los idiotas y los perezosos mentales. Los adanistas y los idiotas, en política, quieren que la historia de la Transición se adapte a sus anteojeras ideológicas y sus deseos. “¿Qué es la ideología?”, se pregunta Jean-François Revel en su libro ‘El conocimiento útil’. Contesta: “Es una mezcla de emociones fuertes y de ideas simples acordes con un comportamiento. Es, a la vez, intolerable y contradictoria. Intolerable, por incapacidad de soportar que exista algo fuera de ella. Contradictoria, por estar dotada de la extraña facultad de actuar de una manera opuesta a sus propios principios”. En resumidas cuentas: la razón duerme cuando la ideología oscurece la vista.

Desgraciadamente, la historia de España está plagada de violencia, hazañas bélicas absurdas, cruentas guerras civiles, curas trabucaires, locos redentores, revolucionarios sanguinarios, intolerancia, deseo por ser el depositario de la verdad absoluta… Nos han faltado filósofos enciclopedistas y una Ilustración potente. El liberalismo ganó la batalla al Antiguo Régimen en el siglo XIX, pero esa victoria costó mucha sangre y bastantes concesiones a los reaccionarios. Para postres, en el siglo XX, nos enzarzamos en una contienda civil brutal y despiadada. Después, los vencedores impusieron su orden durante casi 40 años a los vencidos, les reprimieron, humillaron y despreciaron. Los vencedores se comportaron con salvajismo y cobardía contra los vencidos, se dejaron arrastrar por el odio y el ansia de venganza, y la paz que impusieron fue la de los cementerios. Pero mucho me temo que si hubiese ganado la guerra el bando de los vencidos y en España, en lugar de triunfar una república democrática o una monarquía parlamentaria, se hubiera instalado un régimen comunista al estilo soviético o los anarquistas más radicales hubiesen puesto en práctica su utopía extremista, probablemente habría hecho lo mismo que Franco.

 

La España de los años 30

Hay que estar mal de la cabeza o ser un perfecto inculto para olvidar que en la España de los años 30 del siglo XX la inmensa mayoría de los protagonistas políticos y sociales de los dos bandos que pelearon en la Guerra Civil ignoraban lo que era la democracia, no compartían sus valores y sólo entendían el lenguaje de la fuerza para solucionar los conflictos. La erradicación física del adversario se convirtió casi en una rutina en los dos bandos enfrentados. Ganaron la guerra los más fuertes, pero no los mejores, y la perdieron los más débiles y divididos, pero no los demócratas, aunque hubo personas en las filas del bando republicano que lucharon sinceramente a favor de la justicia y la democracia en España. Por eso mismo, pienso que la Transición fue el mejor invento político de los españoles en el siglo XX. Y fue posible gracias a la inteligencia, la generosidad y la visión política de sus protagonistas. Tanto es así que el cambio político y social español sirvió de ejemplo a las transiciones democráticas que llevaron a cabo los países iberoamericanos que salieron de dictaduras militares y a las sociedades de Europa Central y Oriental que, a partir de 1989, acabaron pacíficamente con los regímenes comunistas. Sobre todo en el caso de Polonia. En este sentido, opino que de la Transición española también se pueden inspirar países árabes y musulmanes que hace años iniciaron un difícil camino hacia el estado de derecho y la democracia, como Marruecos. Ahora bien, para estudiar e inspirarse de un modelo político, conviene no mitificarlo y mantener la cabeza fría.

 

Los cambios de Marruecos

Marruecos, a la muerte de Hasan II, en 1999, y con la llegada al trono de Mohamed VI, inició un proceso de transición de un régimen autoritario con oropeles parlamentarios a un sistema de democracia parlamentaria. En rigor, hay que recordar que el propio Hasan II, pocos años antes de su muerte, inició una apertura, ordenó la liberación de presos políticos y autorizó el regreso de exiliados. Los politólogos, sociólogos y otros científicos sociales occidentales no se ponen de acuerdo sobre si Marruecos,  que se independizó de Francia y de España en 1956, vive una transición política a la democracia, o simplemente el régimen no ha alterado su naturaleza y las transformaciones son puramente formales. Personalmente, creo que Marruecos todavía no ha construido plenamente un estado de derecho como lo entendemos en Europa, pero ha evolucionado hacia un mayor nivel de democracia desde que reina Mohamed VI. Comparar la situación marroquí con la española a la muerte de Franco es absurdo y un tanto ridículo. Aunque para Marruecos la experiencia española sea la más cercana en el tiempo y en el espacio, junto a la tunecina, los dos países, además de haber tenido una evolución histórica distinta, tienen una estructura social, económica, política y cultural radicalmente diferente.

Antes de abordar la cuestión de si Marruecos está o no en transición democrática, me parece oportuno señalar que el país atraviesa una situación política, económica y social delicada. No hay ninguna excepción marroquí frente a las convulsiones internacionales, como sostenía el anterior monarca. El mito de un Marruecos estable y alejado de las contradicciones del mundo y de la violencia, fabricado por el régimen de Hasan II, acabó el 16 de mayo de 2003, cuando un grupo de jóvenes kamikazes perpetró diversos atentados en Casablanca, que provocaron la muerte de 45 personas y dejaron más de un centenar de heridos. Hubo otros atentados tras el 16 de mayo de 2003 y en los últimos años centenares de ciudadanos marroquíes han sido detenidos en Marruecos y decenas en España, sobre todo después de la matanza del 11 de marzo de 2004 en Madrid, por su presunta vinculación con Al Qaeda y Daesh.

 

Evolución positiva pero insuficiente

En los últimos años, Marruecos ha dado pasos significativos en materia de derechos humanos y se puede apreciar que tiene hoy en día un mayor nivel de libertad, sobre todo cuando se le compara con otros países del Magreb y árabes. Sin embargo, Marruecos no consigue superar los graves problemas heredados del pasado. Lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. El rey Mohamed VI, que llegó al trono prometiendo reformas democráticas y cambios sociales, no ha cumplido con las expectativas que creó en la población y su popularidad ha disminuido. El que tomó las riendas del país autodenominándose “rey de los pobres”, acapara en sus manos buena parte del poder político, religioso, militar y económico, y el ejecutivo y el legislativo tienen un margen de maniobra reducido.

Las grandes formaciones políticas con larga trayectoria histórica como la Unión Socialista de Fuerzas Populares (USFP) y el nacionalista Partido del Istiqlal (PI) están en crisis. La pobreza sigue siendo escandalosa, el analfabetismo todavía afecta al 28% de los mayores de 10 años, la corrupción es una lacra, según la ONG Transparency International, la economía no crece lo suficiente y la emigración, legal y clandestina, sigue siendo la única salida para una parte de la juventud. La existencia de una clase media urbana con tendencia a la consolidación y la modernización de muchas ciudades e infraestructuras en los últimos años no pueden ocultar la cara más fea de la moneda.

 

Tradición y modernidad

La estrategia de combinar tradición y modernidad que se inventó Hasan II para asentar su poder y dejarlo todo “atado y bien atado” a su muerte resultó ser equivocada, y muchos marroquíes se debaten hoy en una situación de auténtica esquizofrenia. Un sector de la clase dirigente francófona desconoce su país, y hasta cierto punto lo desprecia, y piensa en términos muy elementales: saquear las riquezas de Marruecos y mantener las viejas estructuras políticas y sociales con algún retoque. La transición de Marruecos del autoritarismo con formas parlamentarias a la democracia va dando tumbos, sufre altos y bajos, avances y retrocesos…  Ha habido, sin duda, cambios positivos como la reforma jurídica del código de la familia; hay también un mayor nivel de libertades públicas y se han tomado medidas a favor de las víctimas de la represión de la época de Hasan II.

Todo esto es positivo, y minimizarlo sería un error. La sociedad civil es más activa que en el pasado, y han surgido nuevos medios modernos, democráticos y atrevidos, pero los atentados a la libertad de expresión y de prensa son frecuentes y la tortura y malos tratos policiales, según denuncian ONG como Amnistía Internacional (AI), no han desaparecido. El Marruecos actual no es una dictadura militar, ni un régimen sanguinario, como sostienen algunos periodistas y activistas políticos y sociales españoles, pero aún tendrá que recorrer un largo camino para ser un estado de derecho moderno. En este contexto extraordinariamente complejo, los movimientos islamistas autóctonos se han abierto camino. Una fuerza islamista como el Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD) llegó al poder y gobierna el país. Otro movimiento, Justicia y Espiritualidad, ejerce de oposición y encuadra a amplios sectores populares y a franjas de la clase media. Mientras, los yihadistas violentos reclutan entre la juventud.

Los reyes de España y de Marruecos, Felipe VI y Mohamed VI.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pie de foto: Los reyes de España y de Marruecos, Felipe VI y Mohamed VI.

 

Islamismo político

El islamismo político es un fenómeno fundamentalmente urbano y no es una realidad marginal. Ciertos analistas políticos consideran que el islamismo es un peligro para el país, mientras que otros consideran que es el único movimiento con arraigo social y político en la población y el único que conecta con la realidad de Marruecos. Los más atrevidos aseguran incluso que los movimientos islamistas son revolucionarios y representan una fuerza de ruptura con el pasado. El rey Mohamed VI impulsó algunas instituciones caritativas y movimientos sociales y se vio en la obligación de emprender reformas en la estructura religiosa del país para frenar el avance del islamismo más radical. Mientras, la izquierda institucional está paralizada, ideológica y políticamente, y la extrema izquierda intenta pescar en el río revuelto del descontento social y ha llegado a alianzas tácticas con el islamismo. Para una parte significativa de la población, los islamistas representan una ruptura con décadas de autocracia, pobreza y corrupción e ideologías que no han resuelto los problemas del país.

En mayor o menor medida, según qué grupos y corrientes, los islamistas saben llegar al corazón de los humildes, hombres y mujeres, los jóvenes sin futuro, los estudiantes y los titulados universitarios en paro, los funcionarios frustrados, los pequeños comerciantes que no levantan cabeza y los burgueses piadosos. ¿Cuál será el futuro de Marruecos en estas circunstancias? Sería muy aventurado por mi parte indicar cómo va evolucionar el país, pero todo parece indicar que vivirá a medio y largo plazo una etapa de su historia muy compleja, aunque con cierta estabilidad. Tras el estallido de la ‘Primavera Árabe’, a principios del año 2011, Marruecos atravesó meses de agitación social que dieron vida a colectivos como el Movimiento 20 de febrero, y después hubo el famoso discurso del 9 de marzo del rey Mohamed VI. El monarca inició un proceso de reforma constitucional que fue refrendado por la mayoría de la población. Después, el país norteafricano celebró elecciones generales que dieron la victoria al PJD.

 

El proceso que “nunca acaba”

Algunos politólogos hablan de “una transición que nunca acaba” al referirse a Marruecos. El investigador Pierre Vermeren, en su libro ‘Maghreb, la démocratie impossible?’ (¿Magreb, la democracia imposible?) escribe: “El Magreb de los años 2000 está inmerso en un proceso político incierto”. Es verdad, el futuro del Magreb y de Marruecos es incierto, pero también prometedor, incluso apasionante, diría yo. Puede ser prometedor si las corrientes más liberales y modernistas de la clase dirigente y los sectores populares comprometidos con el cambio democrático llegan a un pacto sólido que facilite la transformación social, económica, cultural y política del país. El dilema es reforma o revolución violenta. Me parece que lo más sensato es la reforma. En 2011, Mohamed VI entendió lo que estaba pasando en su país y maniobró inteligentemente para evitar males mayores.  “El rey no tenía otra posibilidad”, piensa el historiador Benjamin Stora.

Es posible. Pero en cualquier caso, creo que no se puede minimizar lo que está ocurriendo en este país. A día de hoy, a pesar de los problemas y las limitaciones que he mencionado antes, la figura del rey de Marruecos ha dejado de ser sagrada y se ha convertido en inviolable, como ocurre en España con el jefe del Estado. Y el Parlamento y el Gobierno han logrado más poder. Algunos sectores políticos y sociales, sobre todo la izquierda radical y los grupos islamistas opositores, consideran que los cambios son insuficientes. Los sectores más conservadores del Majzén, el sistema político tradicional, miran con recelo los cambios emprendidos desde la más alta jefatura del Estado. Otras corrientes valoran positivamente los pasos que se han dado, pero consideran que aunque el pueblo marroquí tiene que ser posibilista, también tiene que presionar al poder para conseguir más cambios, hasta que Marruecos se transforme en un país plenamente democrático.

 

Experiencia española

No creo que nadie en España tenga que decirle a los marroquíes lo que tienen que hacer. Ahora bien, sí que me permito exponer mi opinión. Creo que algunos marroquíes sinceros y comprometidos con un Marruecos más democrático, próspero y justo cometen un error de precipitación. Me explico. Es un error pensar que se puede pasar de la noche a la mañana, o en 10 o 15 años, en un país en desarrollo y ubicado en una región inestable como África del Norte del absolutismo a la plena democracia. Eso es imposible. Como me decía en Rabat el abogado y politólogo Mustafá Sehimi, “se necesita un periodo de transición, un proceso de cambio político en el que la monarquía dirija las reformas, vaya cediendo poco a poco parcelas de poder y se transforme sin prisas pero sin pausas en una institución constitucional, aunque por razones históricas y políticas con más poder que en España o Gran Bretaña”. Es una opinión con la que se puede estar o no de acuerdo, pero lo que plantea Sehimi no me parece ninguna estupidez.

Hay que darle tiempo al tiempo. Entiendo que muchos marroquíes estén hartos de esperar, pero la precipitación, en política, suele ser mala consejera. ¿Qué pasó en España a la muerte de Franco? ¿La democracia llegó al país de la noche a la mañana? ¿El rey Juan Carlos fue aceptado en 24 horas por la mayoría de la población? En absoluto. Nos costó años, varios años de sudor, dolor y lágrimas construir un sistema democrático estable.  Y hasta el fallido golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, el monarca era visto por muchos españoles como el simple continuador del régimen de Franco. Después, la situación cambió, porque una mayoría social se dio cuenta que Juan Carlos I estaba plenamente comprometido con la democracia.

 

Cambio convulso 

En su ensayo ‘La transición sangrienta’, Mariano Sánchez Soler pone de manifiesto que el cambio político iniciado en España desde la muerte de Franco hasta la primera victoria electoral del PSOE, en octubre de 1981, no fue tan pacífico e idílico como lo pintan algunos. Al contrario, fue una etapa histórica de mucha violencia. Hubo decenas de muertos entre 1975 y 1983. Murieron manifestantes y presos en cárceles, comisarías y cuartelillos; hubo numerosos atentados terroristas de ETA, del GRAPO y de otros grupos de ultraizquierda y de la extrema derecha, episodios de guerra sucia, huelgas reprimidas como en tiempos de Franco… También varios intentos de golpe de Estado, provocaciones de sectores nostálgicos del franquismo, crisis económica e inestabilidad política. Con el paso de los años, la mayoría de estos factores negativos fueron desapareciendo, excepto el terrorismo de ETA hasta fecha reciente. España cambió profundamente y la democracia se asentó. Una vez más quiero decir que no voy a comparar la situación española a la muerte de Franco con la de Marruecos en 2016. Ahora bien, creo que este país puede aprender de las cosas buenas de su vecino del Norte.

 Los españoles de la transición supieron ser pacientes y razonables, no se dejaron engañar por los irresponsables de la ultraizquierda y los provocadores de la extrema derecha neofranquista. Los españoles fueron políticamente inteligentes, y es por eso que superaron gran parte de las dificultades y construyeron un sistema democrático imperfecto, pero sólido. Espero y deseo que esta experiencia histórica sea útil a Marruecos. No hay que olvidar, como plantea en un diario español Mohamed Haidour, sindicalista de CC.OO de origen marroquí, que la Transición “no fue todo lo ejemplar que hubiera sido de desear. No fue un proceso en que fuerzas políticas de distinto signo llegaran a la negociación en igualdad de condiciones, no fue un proceso en el que las partes gozaran de las mismas posibilidades. Por tanto, el alcance de esos primeros pasos fue limitado, tenía ese horizonte”. Tiene razón Haidour, pero hay que entender que en política las situaciones idóneas y perfectas no existen. Se tiene que partir de la realidad para intentar cambiar las cosas y alcanzar retos. Y de lo que no hay duda es que España, a partir de finales de 1975, inició una nueva andadura en su historia. 41 años después el país tiene ahora que alcanzar nuevos retos. Marruecos, que se encuentra en otra situación, podría aprender de los aciertos y también de los errores de la Transición española.