Opinión

Los cañones de agosto

Caza Portaaviones

Es el título de un libro de Barbara Tuchman sobre el inicio de la guerra de 1914 que muestra que el verano calienta la cabeza y es época propicia a manifestaciones, revueltas, guerras y golpes de Estado, aunque estos últimos hayan pasado de moda y solo se mantengan en países con estructuras políticas menos evolucionadas. O así lo espero. El caso es que este verano no ha sido excepción y son varias las algaradas que se han producido con variable grado de intensidad.

Al norte se pide democracia. La situación ha estallado en Bielorrusia, donde los ciudadanos han salido a las calles para protestar contra el robo a mano armada de los resultados de las últimas elecciones por su actual presidente Alexandr Lukashenko, que lo es desde 1994 y que por eso es conocido como “el último dictador de Europa”. Las protestas, tan masivas como pacíficas, han sido respondidas con represión, encarcelamientos, torturas, acusaciones de injerencia extranjera, llamadas al nacionalismo y movimientos de tropas hacia las fronteras para prevenir ataques que nadie va a lanzar. Los americanos están enfrascados en sus convenciones y los líderes de la Unión Europea han dicho que las elecciones no han sido justas ni libres, aunque tampoco han exigido su repetición. No creo que sea algo que vaya a conmover a Lukashenko, que sabe que ningún ciudadano comunitario está dispuesto a morir por Bielorrusia; y, además, la UE ya le impone sanciones y poco más puede hacer. Putin no puede permitir desórdenes tan cerca y lo más probable es que acabe ayudándole para tenerle débil, enfrentado con su pueblo y aislado de Occidente... y acercarse así a su objetivo de integrar progresivamente a Bielorrusia en Rusia.

En el sur, en Mali, se esfuma la poca democracia que había como consecuencia de una típica revuelta militar en la que para que no haya dudas un coronel vestido de golpista (formado en Estados Unidos), con boina y ropas de camuflaje y rodeado de hombres armados, ha depuesto al presidente Keita que a su vez llegó al poder en otro golpe de Estado en 2012 que luego camufló con un par  de  elecciones “ganadas” (vaya usted a saber) en un país destrozado por una rebelión medio tuareg medio islamista que quiso segregar la autodenominada República de Azawad, y donde la operación militar francesa “Barkhane” (que cuenta con participación española) combate desde hace años y con un alto coste contra Daesh. Por si le faltaba algo a Mali, uno de los países más pobres del mundo, también allí hace estragos el coronavirus, aunque sea difícil tener cifras mínimamente fiables. El riesgo ahora es que la inestabilidad se traslade a países vecinos igualmente vulnerables como Níger y Burkina Faso. Los golpistas dicen lo de siempre, que quieren acabar con la corrupción y convocar elecciones pronto. La verdad es que la descolonización ha dejado muchos Estados inviables y todos mal preparados para la independencia, por más que en los 60 años transcurridos no quepa ya culparla de todos los males.

Al este se ha producido la sonora (nunca mejor dicho) dimisión del Gobierno libanés en pleno tras la explosión de muchas toneladas de nitrato amónico almacenadas durante años en pleno puerto de Beirut, en una muestra de desidia y de mal gobierno. Con muchos muertos, cientos de heridos y nada menos que 300.000 personas sin hogar, los beirutíes hartos de corrupción e ineptitud se han lanzado a las calles, han tomado Ministerios y han acabado con el Gobierno. Pero eso no resolverá nada porque lo que Líbano necesita son reformas muy profundas que acaben con la corrupción endémica y con una estructura política que atiende a fracturas confesionales (un presidente que tiene que ser cristiano, un primer ministro suní y un presidente del Parlamento chií), que ponga fin a la anormalidad que supone que Hizbulá, movimiento chií vinculado a los intereses de Irán, tenga un Ejército más fuerte que el nacional, y que otros países de la zona, desde Israel a Siria, Arabia Saudí o Irán dejen de enredar. La guinda la ponen los refugiados sirios: uno por cada tres libaneses. Con esos mimbres la normalidad sería un lujo. Occidente, liderado por Francia, antigua potencia colonial, recauda fondos para ayudar a Líbano, pero será otro parche que no pondrá fin a los problemas de un país que lleva muchos años sufriendo.

Y desde EEUU se pide justicia en masivas protestas contra el racismo y sus consecuencias, tras repetidas muertes de afroamericanos a manos de policías que actúan con brutalidad porque también ellos tienen miedo en un país donde sobran armas de fuego. George Floyd ha sido seguido por Jacob Blake, que ha quedado parapléjico tras recibir siete tiros en la espalda dentro de su coche en Kenosha, Wisconsin, y esto es la historia de nunca acabar. El movimiento “Black lives matter” gana fuerza y cicatrizar esa herida sangrante será uno de los temas dominantes en las elecciones de noviembre y una de las prioridades del nuevo presidente. De momento la violencia callejera favorece a Donald Trump, sin que por el momento Biden haya encontrado el tono adecuado para enfrentar la situación.

Junto a estas tres crisis mayores palidecen las protestas cada vez más débiles de la democracia ahogada en Hong Kong, para vergüenza de británicos (y norteamericanos), que no han sido capaces de frenar a China cuando viola el Estatuto que debía garantizarla hasta el año 2047; o la de esos mismos cuatro descerebrados vociferantes y conspiranoicos que gritan ante la Cibeles madrileña porque creen que el coronavirus es un invento de no sé quién, y rechazan las medidas de seguridad (mascarilla, distancia social...) que exigen las autoridades sanitarias... me recuerdan a los que dicen que Armstrong no llegó a la luna o que todavía hoy pretenden que ETA organizó el 11-M.

Y, por supuesto, continúan sangrientos conflictos en Siria, Yemen y Libia mientras crece la tensión por los yacimientos de gas en el Mediterráneo oriental entre Turquía, Chipre, Malta, Egipto, Grecia e Israel. Lo malo es que todas estas protestas tienen un trasfondo que es el malestar que produce la recesión económica que trae el coronavirus. Nos espera un otoño muy duro y caliente de crisis social y a alguno le pueden convenir ciertas “distracciones”.

Jorge Dezcallar Embajador de España