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Opinión

Maduro, Boric y las dos izquierdas de América Latina: Petkoff revisitado

AFP/MARTIN BERNETTI

La victoria de Gabriel Boric en Chile ratifica la coexistencia de dos corrientes dentro de la izquierda latinoamericana. A priori, poco tiene que ver el millennial Boric –que toma muchas de sus referencias del progresismo estadounidense– con la izquierda curtida de Maduro, Ortega y Díaz-Canel.

En esencia, es un problema de vieja data en la izquierda, con episodios tan notorios como el reformista Bernstein vs. el maximalista Lenin. Quizá nadie lo haya trasplantado a Latinoamérica y planteado sus matices regionales con tanta luminosidad como el socialdemócrata venezolano Teodoro Petkoff. Su célebre artículo ‘Las dos izquierdas’ se ha convertido en lugar común, e incluso germen de todo un subgénero político regional, ocupado en bifurcar la izquierda autóctona puntualmente.

Recordemos que Petkoff cerró su artículo describiendo los “vasos comunicantes” de ambas izquierdas. Hoy, transcurridos más de tres lustros, y tras una panorámica regional, cabe hacer lo mismo.

El “viraje a la derecha” regional durante la pasada década no parece haber alcanzado los objetivos planteados: la izquierda latinoamericana vuelve a ser lo típico.

“Por primera vez, las seis principales economías más grandes de América Latina y que representan el 90% de su PIB podrían estar gobernadas por presidentes progresistas. Lo son ya Argentina, Chile, México y Perú, y tendremos que esperar unos meses para confirmarlo cuando se den las elecciones de Brasil y Colombia, en las que todo indica que ganarán Lula da Silva y Gustavo Petro”, reportó El País.

Más allá de Boric, en Argentina, el kirchnerismo, después de doce años en el poder, volvió a la Casa Rosada después del mandato de Macri, con Alberto Fernández y su vicepresidenta, Cristina Kirchner, a la cabeza.

AP/NATACHA PISARENKO - El presidente argentino Alberto Fernández saluda junto a Cristina Fernández
AP/NATACHA PISARENKO - El presidente argentino Alberto Fernández saluda junto a Cristina Fernández

En Uruguay, quince años comparte la izquierda de Tabaré Vázquez y Pepe Mujica. Aunque ha vuelto la derecha a Uruguay, es cierto que sigue teniendo relevancia a nivel mundial “el mito de Pepe”.

En Perú, quince años de izquierda sumaron Toledo, García y Humala con pocas variaciones, a pesar de las diferencias discursivas. Después del meollo de Pedro Kuczynski y los presidentes constitucionales, la izquierda —mucho más radical— de Pedro Castillo ha vuelto al Perú.

En Bolivia, trece años de Evo Morales se vieron interrumpidos por la irrupción de Jeanine Áñez. Los bolivianos no valoraron el cambio, se hizo encarcelar a la presidenta “golpista” y se legitimó la vuelta del moralismo a la presidencia con Luis Arce.

En Colombia, a pesar de que nunca ha gobernado la izquierda, el candidato que puntúa en las encuestas es Gustavo Petro, exguerrillero cercano al madurismo y a sectores belicosos y radicales ¿desmovilizados?

En Ecuador, diez años de Rafael Correa fueron interrumpidos por el revolcón de su aparente sucesor, Lenín Moreno. A pesar de que gobierna la derecha moderada, el “mito de Correa” sigue vivo dentro de la narrativa izquierdista.

Gran Caribe. Venezuela, suma 22 años de dictadura, catorce de Chávez, ocho de Maduro. En Cuba van 62. Poco ha cambiado con la muerte de Fidel y la salida —nominal— de Raúl. Manda Miguel Díaz-Canel con el vigor de sus predecesores.

En Nicaragua, después de un primer mandato de cinco años en los ochenta y una amplia interrupción, Ortega inaugura junto con su esposa —la vicepresidenta— su quinto mandato. El sandinismo ha gobernado por catorce años seguidos.

En México, el eterno candidato Andrés Manuel López Obrador, AMLO, llegó por fin a la presidencia en 2018.

En Brasil, entre Lula y Dilma suman doce años de mandato. A pesar de los problemas y las acusaciones —no gratuitas— de corrupción, Lula asoma la cabeza en las encuestas contra Bolsonaro.

REUTERS/MANAURE QUINTERO - El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, habla durante una conferencia de prensa en el Palacio de Miraflores en Caracas, Venezuela
REUTERS/MANAURE QUINTERO - El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, habla durante una conferencia de prensa en el Palacio de Miraflores en Caracas, Venezuela

El primero en ver una clara distinción entre las dos realidades de la izquierda latinoamericana fue Petkoff. Exguerrillero, fue de los primeros en marcar distancia de la Unión Soviética y Cuba para plantear un modelo de desarrollo alternativo para América Latina pragmático y de bienestar.

Aunque ministro a finales de los noventa, puso de relieve las complicaciones institucionales y el aumento desmedido de la desigualdad que había traído el desarrollo económico frenético de la región. Desde el primer día, advirtió desde la izquierda del peligro chavista. Premio María Moors Cabot y Ortega y Gasset, falleció en Caracas en 2018.

La izquierda dura: el castrochavismo. Llamada por Petkoff “izquierda borbónica” —que no olvida ni aprende—, se desprende de dos grandes ejes: Castro y Chávez. Alimentada por profundos problemas sociales, como la pobreza y la discriminación racial, su discurso mágico-religioso evoca, así anacrónico, la narrativa cubana y ha constituido quizás el fenómeno de masas más relevante de la historia de América Latina.

A pesar de la tutela de “Papá Fidel”, Chávez logró articular su propia forma de autoritarismo con apariencia democrática. La cohabitación de una oposición blandengue, alcahueta y corrupta —que todavía sobrevive—, los rifirrafes en la prensa, las expropiaciones en cadena nacional… todo esto constituye un modelo perfectamente exportable cuya “onda expansiva”, en palabras de Petkoff, es más poderosa que la cubana. Y así se ha demostrado. Chávez, con su influencia, llevó al poder bajo la idea de “la Patria Grande de Bolívar” en menos de veinte años a más líderes de izquierda que la Revolución Cubana en toda su historia, tal es el caso de Evo Morales y Daniel Ortega.

AFP PHOTO/ACN/ARIEL LEY - Imagen difundida por la Agencia Cubana de Noticias (ACN) que muestra al presidente cubano, Miguel Díaz-Canel
AFP PHOTO/ACN/ARIEL LEY - Imagen difundida por la Agencia Cubana de Noticias (ACN) que muestra al presidente cubano, Miguel Díaz-Canel

Hoy, aunque el discurso ha variado poco, la praxis del castrochavismo es radicalmente distinta. En Venezuela, no obstante, Maduro, apoyado en las nuevas y viejas oligarquías, ha empezado a consolidar un modelo similar al chino, mucho más rígido y ajeno al populismo de Chávez. Esta nueva realidad venezolana, el chavismo-madurismo —ya no marxismo-leninismo ni castrochavismo— parece ser perfectamente exportable a otros países. A pesar de que lo puedan negar, se le asemejan mucho los planteamientos del recién elegido Pedro Castillo en el Perú y del colombiano Gustavo Petro, que lidera las encuestas presidenciales.

La victoria de Boric en Chile no es ajena al otro paradigma izquierdista de la región: siguen vivos los mitos de Lula, Correa y Mujica. El discurso de esta izquierda, en principio moderado, ha buscado mostrarse como conciliador y democrático. Su práctica histórica ha tendido hacia el Estado de bienestar y el acercamiento pragmático a EEUU y la Unión Europea, que, en palabras de Petkoff, se resume en “tensiones probables, pero convivencia inevitable”.

Esta izquierda, por un lado, contempla un respeto mínimo a las normas generales de la macroeconomía y, por otro, ha interiorizado una serie de valores democráticos que le impiden un viraje autoritario por haber enfrentado las dictaduras militares del siglo pasado, como afirma el venezolano. Esto último le ha merecido las loas del primer mundo, aunque los resultados de sus gobiernos hayan sido poco más que desastrosos.

Primero Fernández y ahora Boric, levantando las banderas de Lula, Correa y Mujica, han modelado esta izquierda en vegetariana —Álvaro Vargas Llosa dixit—. Influenciados ampliamente por la ola expansionista del progresismo woke, nacido en las universidades estadounidenses, han empezado a abordar con vehemencia la cuestión del aborto, el matrimonio homosexual, la ideología de género y las teorías decoloniales.

AFP/LUKAS GONZALEZ – El presidente de Perú, Pedro Castillo
AFP/LUKAS GONZALEZ – El presidente de Perú, Pedro Castillo

La teoría de Petkoff alumbra una realidad que no deja de asomarse en el panorama regional: las izquierdas latinoamericanas son dos, su práctica y su discurso es diametralmente distinto, pero obran conjuntas para perpetuarse, protegerse y promoverse.

Si bien es cierto que el castrochavismo es autoritario y más bien conservador frente a estas cuestiones —especialmente cierto en el caso de Chávez y Castillo—, la izquierda woke no se le desvincula de ninguna manera. Por el contrario, esta izquierda no ha sido sólo garante de los intereses de la otra en la región, sino que son frecuentes las referencias discursivas en las que defiende su praxis con fuerza y la forma de sus relaciones de amistad, con su consentimiento, son abordadas como entre hijo y padre.

Esta estabilidad es la consolidación del proyecto geopolítico de Chávez: la patria grande, pero roja-rojita, cueste lo que cueste. Si bien podríamos remontar la idea al Foro de São Paulo –todos, o casi todos, los mandatarios izquierdistas latinoamericanos están adscritos al Foro de São Paulo– lo cierto es que el fenómeno definitivo que hizo de la izquierda una realidad política certera en América Latina y el Caribe es la victoria de Hugo Chávez por tres elementos que rara vez concurren: petrodólares, desvergüenza y presencia continental, como detallan algunas declaraciones de disidentes chavistas.

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