Opinión

Marruecos franquea un paso en la rivalidad geopolítica en el Magreb

Frontera entre Marruecos y Argelia

El embajador marroquí en las Naciones Unidas, Omar Hilale, ha incluido en la agenda política de reproches y reivindicaciones mutuas entre Marruecos y Argelia el problema de la Cabilia. 

Interviniendo en el debate general de la reunión ministerial del Movimiento de los No Alineados, el representante marroquí en la ONU ha defendido que el pueblo de la Cabilia tiene “derecho a la autodeterminación” política. “Este no es un derecho a la carta, y si se quiere aplicar en una república cimérica autoproclamada en la capital argelina - en referencia a la RASD, reconocida por algo más de una treintena de países de la ONU, pero ni por el Consejo de Seguridad, ni por la Asamblea general de la ONU, ni por la Unión Europea, ni el Movimiento de los No Alineados, ni la Liga Árabe, ni por la Unión del Magreb Árabe – también se debe aplicar al pueblo cabil, “uno de los más antiguos de África que sufre desde hace mucho una larga ocupación extranjera”.

Exasperados por lo que consideran un empecinamiento argelino en la defensa “del derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui”, algunas personalidades del entorno más cercano al rey Mohamed VI han creído el momento de introducir el problema de la Cabilia en la ecuación bilateral. Con esta decisión, trasmitida en forma de instrucción al embajador marroquí en la ONU, los asesores del monarca han franqueado un paso peligroso e imprevisible. 

Desde que estalló el conflicto armado en la antigua colonia española en los años 70 del siglo pasado, es la primera vez que Marruecos invoca el problema de la Cabilia y plantea que se le aplique el mismo derecho de autodeterminación que sus rivales geopolíticos argelinos exigen para los saharauis. En ningún momento, incluso en los más tensos vividos entre Rabat y Argel, por conflicto del Sáhara interpuesto, Hassan II aceptó meter el problema de la Cabilia en la ecuación geopolítica bilateral. Tampoco lo hizo su hijo, Mohamed VI, en los primeros años de su reinado. No solo porque el líder histórico del movimiento cabil por excelencia, el Frente de Fuerzas Socialistas (FFS) de Ait Ahmed, tenía familia marroquí, sino porque en la visión de Estado del fallecido monarca el introducir el derecho a decidir de cualquiera de las poblaciones y etnias que componen el mosaico magrebí en todo el conjunto del norte de África, significaba abrir la Caja de Pandora de la disgregación de los Estados, del debilitamiento institucional y de los conflictos  internos en los países. Un paso que, en las actuales circunstancias, personalidades el entorno de Mohamed VI, han dado. 

Esta decisión de hacer entrar en la rivalidad geopolítica magrebí, la problemática regionalista, puede repercutir negativamente en todos los países del área geográfica: en Libia, donde las luchas étnicas ya se han traducido en enfrentamientos de grupos regionales armados; en Túnez, donde el movimiento regionalista del sur cobra fuerza frente a la disgregación del Estado central; en Argelia, en que cabiles, mozabitas, tuaregs, oraníes, esperan su turno para reivindicar más autonomía o independencia; en Marruecos mismo, donde rifeños, zenagas,  masmudis, chauias, meknassas, dukalas, y tantas otras tribus, podrían verse atraídas por el espejismo independentista. 

Para el poder militar argelino, confrontado a una situación interna explosiva con un régimen político fuertemente contestado por la población que boicotea todos los procesos electorales, esta decisión de Marruecos le favorece para afianzar su arraigo basado en el nacionalismo fuertemente vivaz en Argelia. Confundir la intransigencia cabil y en general amazigue, con una supuesta aspiración independentista, es un grave error de quien maneja los hilos de la diplomacia argelina, sin precedentes en la historia del país. 

Más allá de la rivalidad geopolítica entre los dos Estados centrales del Magreb, y de los problemas en suspenso, algunos de ellos de difícil solución, los hechos históricos están ahí: las únicas armas propias fabricadas por los revolucionarios argelinos en su lucha contra el imperio colonial francés lo fueron en Marruecos, con el apoyo logístico y financiero de sus élites, y la aprobación del sultán Mohamed V y del príncipe heredero Mulay Hassan. Ni Argelia, ni Marruecos deberían olvidarlo.