Opinión

Mascarillas no, un calmante

Mascarillas

Esta semana está resultando muy agobiante debido a una actualidad internacional que parece encabritarse y arremolinarse como esos tornados de Tennessee que no dejan títere con cabeza. 

El Supermartes electoral norteamericano con catorce estados en liza y entre ellos los muy importantes de California y Texas nos ha deparado un espectáculo de “Todos contra Sanders” una vez que la dirección del partido Demócrata ha hecho sonar las trompetas de alarma ante la posibilidad de que el candidato ganador en la primeras citas de Iowa, New Hampshire y Nevada pudiera alzarse con los delegados necesarios para asegurarse la nominación en la Convención de Milwaukee. Los fracasados O’Rourke, Buttigieg (¡ahora que había aprendido a pronunciarlo!) y Klobuchar han cerrado filas tras Joe Biden, triunfador de South Carolina con el voto afroamericano. El resultado augura una reñida lucha a partir de ahora entre Biden y Sanders, la opción más segura y conservadora, pragmática dicen algunos, frente a la más arriesgada, extremista y soñadora. 

Donald Trump está muy tranquilo a la espera de que los Demócratas decidan su adversario electoral y aprovecha el tiempo para tratar de ganar puntos con la firma de una paz prendida con alfileres en Afganistán. Una paz que solo se aplica a las hostilidades entre los Estados Unidos y los Talibán pero no entre éstos, apoyados por Pakistán, y el gobierno afgano que queda así a su suerte ante un enemigo más poderoso. Igual les ocurrió a los kurdos cuando dejaron de ser útiles a Washington tras la derrota del Estado Islámico. Se diría que el destino de los aliados de los EEUU es el de ser abandonados antes o después. Da la impresión de que Afganistán se encaminará ahora hacia un régimen islamista intolerante en el que el futuro de niñas y mujeres volverá a ensombrecerse bajo el burka del fanatismo. Y eso tras una guerra de diecinueve años que los americanos han sido incapaces de ganar. 

Y mientras eso ocurre en los EEUU, la obsesión con el coronavirus no deja de aumentar a lomos de unos medios de comunicación que no hablan de otra cosa. 90.000 infectados y 3.000 muertos en 70 países, cifras que aumentan a diario, es algo ciertamente preocupante pero habría que evitar la histeria pues su tasa de mortalidad es más baja que la de una gripe normal y mucho más baja que la del sarampión (10%) o el ébola (50%) del que hablamos menos porque no ha salido de África. Peores parecen ser sus potenciales consecuencias económicas con suministros y cadenas de montaje afectadas, actividades empresariales o deportivas canceladas, fuertes descensos en turismo y bajada de las bolsas y del petróleo, pues no en balde China es un ávido consumidor de materias primas y energía, y todo esto puede conducir al mayor hundimiento de la economía del último decenio según la OCDE. Hay miedo a una recesión mundial y por eso la OPEP baja la producción para mantener los precios mientras EEUU y Australia anuncian bajadas de los tipos de interés, y los ministros y banqueros de las grandes potencias se reúnen para tomar medidas que eviten que la situación se descontrole aún más. 

En el frente europeo comienzan las negociaciones para determinar el tipo de relación que tendremos con el Reino Unido tras el Brexit. No será fácil lograr en diez meses un acuerdo como el de Canadá, como quiere Boris Johnson, que tardó seis años en negociarse. Nos separan cuestiones tan espinosas como el acceso a mercados sin normas comunes en materia laboral o medioambiental, la frontera marítima entre Gran Bretaña e Irlanda, la pesca, el papel de la City y evitar que Londres se convierta en un paraíso fiscal al estilo de Singapur pero al otro lado del Canal de La Mancha, Gibraltar... Y ésto con un tenso panorama interno por la negociación del nuevo presupuesto comunitario ya sin el Reino Unido y los recortes que puede implicar para las políticas Agraria y de Cohesión. 

Por si esas complicadas negociaciones no fueran suficientes, la preocupante evolución de la crisis en Siria y el riesgo de una todavía mayor involucración de Turquía en la guerra arroja sobre las costas griegas la posibilidad de una nueva avalancha de refugiados, al empujarlos Ankara hacia nosotros como forma de presionar a Europa a tomar partido a su favor en el conflicto. Turquía acoge a tres millones de refugiados sirios a cambio de cuantiosas ayudas económicas europeas (6.000 millones de euros), pero no quiere aumentar esa cifra con el millón adicional que podría llegarle ahora con gentes que huyen de Idlib ante la ofensiva de las tropas de Bachar al Assad apoyadas por la aviación rusa. De esta forma la UE, que carece de una política exterior o de una defensa común para influir de una u otra forma en el drama de Siria, puede acabar convirtiéndose en la gran pagana del conflicto y eso es razón suficiente para estar muy preocupados pues hasta el momento no hemos sido capaces de ponernos de acuerdo sobre la forma de gestionar las migraciones masivas. Por si no fuera suficiente con el terrible drama humano en un país que lleva ya nueve años de conflicto inmisericorde. 

La última noticia a la que deseo referirme hoy es la de las elecciones en Israel que ha ganado Netanyahu frente a Benny Ganz después de un año de parálisis y con el fuerte apoyo de Donald Trump, que le ha hecho el 'Regalo del Siglo' bajo forma de un supuesto plan de paz sesgado y rechazado por toda la comunidad internacional porque acaba con la posibilidad de un Estado palestino. A pesar de esta ayuda, Netanyahu se ha quedado a tres diputados de la mayoría que necesita para gobernar. Quizás los obtenga negociando con unos u otros pero eso no garantiza que pueda acabar gobernando porque pesa sobre él la posibilidad de un juicio por corrupción y es probable que el presidente Rivlin pregunte al Tribunal Supremo si puede investirle primer ministro en esas condiciones. 

Con todo esto sobre la mesa, más que una mascarilla necesita uno un calmante