Opinión

Memoria histórica y emigración española

Emigrantes

La mayoría de nosotros estaría de acuerdo con la afirmación de que la historia es esencial para comprender el mundo en el que vivimos. Sin embargo, en muchas ocasiones la memoria histórica -la percepción colectiva del pasado, a menudo simplificada e idealizada con el paso de los años, la propaganda y los productos culturales- no se corresponde con los hechos. Un ejemplo habitual citado por los historiadores es el de la Segunda Guerra Mundial, de cuyo fin en Europa se cumple esta semana 75 años: a pesar de la importancia fundamental de los soviéticos en la derrota alemana, tres cuartos de siglo después la mayoría de los europeos piensa que los principales responsables de la victoria frente a los nazis fueron los ejércitos estadounidense y británico. De hecho, con la ocasión del aniversario, la propia Casa Blanca ha conmemorado y celebrado el esfuerzo bélico de Estados Unidos y Gran Bretaña, ignorando la contribución de otros países aliados como Canadá o Francia. Del mismo modo, la presencia de cientos de miles de soldados de origen colonial -africanos, árabes, indios y caribeños- en los ejércitos francés y británico suele ser omitida en la mayoría de las novelas, películas y videojuegos occidentales que tratan sobre el conflicto.

El recuerdo que una sociedad tiene sobre su pasado, por lo tanto, no siempre se corresponde con los hechos. A medida que pasan los años la memoria se va deformando e incorporando elementos, lo que explica el surgimiento de muchos mitos y leyendas a lo largo de la historia. Otro ejemplo interesante, por su relevancia en la actualidad, es la emigración española a Europa durante los años 60. La mayoría de los que dejaron el país esos años pertenecían a la generación de la posguerra, la misma generación que está sufriendo los peores efectos del coronavirus. Una generación que, como se repite en los medios de comunicación estos días, levantó el país gracias a su esfuerzo y sudor en unas condiciones de vida y trabajo bastante precarias. Y una generación que, como la mía -nací en 1992-, buscó en la emigración a Europa un porvenir que no hallaban en su propio país.

Uno de los mitos más repetidos sobre la emigración española en los años 60 es que se trataba de una emigración legal y ordenada. Este argumento suele ser esgrimido por quienes, en el contexto político actual, exigen mano dura contra los inmigrantes que se encuentran en nuestro país de forma irregular. A pesar de que históricamente España ha sido -y en menor medida sigue siendo- un país de emigración, muchas personas sostienen que los españoles que salían de nuestro país hace medio siglo lo hacían con un contrato de trabajo, al contrario que quienes hoy llegan a España. La realidad histórica, no obstante, es mucho más compleja.

En La Patria en la Maleta, uno de los estudios más detallados sobre la emigración española a Europa, José Babiano y Ana Fernández estiman que más de dos millones de españoles abandonaron nuestro país entre 1960 y 1973. De ellos, más de la mitad lo hicieron de forma irregular, aunque es cierto que buena parte de ellos solo eran “ilegales” a los ojos de las autoridades españolas. Durante el franquismo la emigración estaba regulada a través del Instituto Español de Emigración, que trataba de evitar la salida del país de mujeres, trabajadores especializados y obreros políticamente conflictivos. La institución no era muy popular por su lentitud e ineficiencia burocrática, de modo que la mayoría de los emigrantes optaban por salir de España con un visado de turista y buscar trabajo de forma independiente en los países de destino ayudados por familiares o paisanos que residieran allí. En teoría, emigrar fuera de los cauces habilitados era delito, pero las autoridades españolas no se empleaban muy a fondo en perseguir a los infractores.

Una vez asentados, los que podían intentaban regularizar su situación con las autoridades locales, aunque muchos de ellos -especialmente las mujeres empleadas en el servicio doméstico y los trabajadores del sector agrícola y hostelero- permanecían como inmigrantes clandestinos. Esto hacía que no denunciaran muchos abusos -incluyendo maltrato físico, violaciones o accidentes laborales- por miedo a la deportación, lo que fue aprovechado por jefes sin escrúpulos para forzar condiciones laborales leoninas. El ‘milagro económico alemán’ de mediados del siglo XX fue también fruto del esfuerzo y el sufrimiento de cientos de miles de trabajadores extranjeros.

Al igual que muchos inmigrantes irregulares de la actualidad, muchos españoles fueron víctimas de redes de tráfico y trata de personas que prometían un pasaje seguro y un empleo a cambio de sumas de dinero considerables. Si bien muchos de estos agentes y traficantes cumplían sus promesas, muchos otros robaban a sus víctimas o las abandonaban a su suerte cerca del paso fronterizo. La importancia de estos intermediarios fue disminuyendo a medida que los emigrantes españoles fueron estableciendo redes de contactos y asistencia en los países de destino, pero para muchas personas que querían emigrar y no tenían conocidos en el extranjero siguieron siendo la única forma de salir del país. Curiosamente, en la actualidad aún existen agencias que ofrecen casa y trabajo en el extranjero a cambio de una suma de dinero.

Los emigrantes españoles solían vivir de forma muy precaria, tanto los legales como los irregulares. Esto se debía tanto al deseo de ahorrar como a las prácticas abusivas de las empresas donde trabajaban. Dado que la mayoría de españoles desconocían el idioma y las costumbres de sus países de destino, a menudo sus empleadores les ofrecían alojamiento, a menudo en barracones o albergues donde se hacinaban decenas de personas en condiciones insalubres, a veces incluso con el sistema de camas calientes. Los emigrantes pagaban alquiler a sus empresas por vivir en estas residencias, la mayoría de las veces a precios superiores a los del mercado. Los medios de comunicación locales solían culpar a los extranjeros de las pésimas condiciones en las que vivían, y les acusaban de ser sucios y de portar enfermedades. La xenofobia es palpable en muchos de los titulares de la prensa inglesa, alemana, francesa y holandesa de la época. Aunque los españoles recibieron la solidaridad de algunos sindicatos y organizaciones de trabajadores, otros les acusaban de quitar trabajo a los locales y de bajar los precios.

La memoria colectiva sobre los emigrantes españoles en Europa les representa como trabajadores temporales con estancias relativamente cortas, tal y como se esperaba de los ‘Gastarbeiter’. Si bien es cierto que hubo muchos trabajadores temporales -especialmente en las campañas agrícolas en Francia- y que muchos trabajadores tenían como objetivo ahorrar para mejorar sus condiciones de vida en España, decenas de miles de españoles se quedaron en sus países de destino. Según Carlos Sanz, más del 70% de los 137.000 españoles que vivían en Alemania en 1981 llevaban en el país más de diez años. Algunos siguen aún allí, como tuve ocasión de comprobar personalmente cuando vivía en Hagen, una anodina ciudad industrial de la cuenca del Ruhr en la que me encontré un grupo de cuatro jubilados españoles que llevaban medio siglo allí.

Aunque para los ‘millenials’ que hemos emigrado alguna vez es tentador equipararnos a la generación de nuestros abuelos -mi propio abuelo materno emigró a Alemania a principios de los 60-, nuestra experiencia es muy distinta. Para empezar, nosotros como ciudadanos de la Unión Europea contamos con libertad de movimientos absoluta por el espacio Schengen y no necesitamos visados o permisos para vivir y trabajar en otros países. Esto nos permite empadronarnos, contar con derechos laborales iguales a los de los nativos e incluso votar en las elecciones locales.

Además, la libertad de movimientos facilita mucho volver a España de vacaciones o permanentemente, ya que no tenemos miedo a ser descubiertos cuando cruzamos la frontera. De igual modo, la comunicación con nuestros seres queridos es más fácil y rápida que hace medio siglo. Es cierto que por lo general seguimos ocupando puestos de trabajo poco cualificados -aunque la proporción de graduados universitarios que emigran sea astronómicamente mayor que en los años sesenta y muchos españoles hayan conseguido buenos empleos-, y también es cierto que, al igual que nuestros abuelos, tendemos a socializar entre compatriotas. Pero el acceso a la información, la libertad de movimientos y la equiparación de derechos laborales nos sitúan en una posición mucho mejor, además de que por lo general los emigrantes españoles actuales no envían tantas remesas como los de antaño.

Quizá la experiencia de los emigrantes españoles de hace medio siglo sea más comparable a la de muchos inmigrantes irregulares en España en la actualidad. A pesar de que muchos jóvenes sigan buscando oportunidades en el extranjero, la economía de nuestro país depende en gran medida de la mano de obra inmigrante. Las labores que los inmigrantes desempeñan en España se parecen a las de nuestros abuelos al norte de los Pirineos: construcción, agricultura, servicio doméstico, limpieza, cuidados y hostelería, trabajos esenciales, pero por lo general mal remunerados. Como nuestros abuelos, muchos inmigrantes actuales son víctimas de falsas agencias de trabajo que les engañan, y no acuden a la policía a denunciar abusos por miedo a ser deportados. Como nuestros abuelos, un buen número de inmigrantes envían dinero a sus países para mantener a sus familias. Y como nuestros abuelos, la mayoría de los inmigrantes que hay en España -irregulares o no- solo tratan de mejorar sus condiciones de vida y labrarse un porvenir. 

Se avecinan tiempos duros económicamente, y todo parece indicar que la inmigración volverá a ser un tema de actualidad. A pesar de que los discursos imperantes tiendan a simplificarlo todo, la política migratoria es un asunto complejo y delicado. Hay muchísimos factores que determinan los flujos migratorios, y encontrar un equilibrio entre las necesidades económicas de un país, el respeto a los derechos de los inmigrantes y las reservas de la población nativa hacia los extranjeros es siempre complicado. Al plantear debates sobre este tipo de cuestiones debemos tener en cuenta que los inmigrantes no son meros engranajes en la maquinaria económica, sino que, al igual que nuestros abuelos, son personas trabajadoras y vulnerables a la explotación. La historia, en ese sentido, nos aporta perspectiva sobre lo que ha sido nuestro país, una tierra de emigrantes y trabajadores humildes.