Opinión

Mercenarios

Blackwater

Son soldados que por un estipendio sirven en la guerra a un poder extranjero. Siempre los ha habido porque nunca han faltado aventureros y gente que prefiere el dinero fácil aunque implique un riesgo, sobre el trabajo mal pagado de cada día. Cuando lo hay. El Príncipe Negro, inglés, vino en ayuda de Pedro el Cruel o el Justiciero, que eso depende del punto de vista, durante la guerra civil castellana del siglo XIV, mientras que a Enrique de Trastámara le apoyó el mercenario francés Bertrand de Dugesclin, diciendo aquéllo de que “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor” mientras volteaba a los hermanos de manera que Enrique pudiera apuñalar a Pedro.

Esta vieja profesión reverdeció en las guerras africanas del Congo (Katanga), Angola y Uganda del siglo pasado. La novela “The dogs of War” de Frederick Forsyth llevada al cine por John Irving (Pink Floyd hizo un disco con el mismo título) cuenta la invasión de un país por un grupo de brutales mercenarios con descripciones que permiten reconocer sin dificultad la bahía de Malabo en la isla de Bioko, que es la antigua Fernando Poo de la colonización  española. No sé si se inspiraron en esa novela los mercenarios surafricanos dirigidos por Nick du Toit y Simon Man, que en 2004 pretendieron derrocar a Teodoro Obiang con un chapucero intento de golpe de Estado financiado a distancia por unos empresarios libaneses afincados en Londres, que habían pactado poner en el poder a algunos nativos ingenuos y sinvergüenzas a cambio de quedarse con las riquezas del país en forma de madera y petróleo. No es broma, lo tenían firmado y por escrito. En esa disparatada aventura estuvo involucrado un hijo tarambana de Margaret Thatcher, que no debía ser tan “dama de hierro” dentro de su casa como fuera. Hubo un soplo cuando algunos de los mercenarios surafricanos ya estaban en suelo ecuatoguineano y fueron detenidos y encerrados en la siniestra cárcel de Playa Negra.

Así acabó esta rocambolesca y descerebrada aventura. Más recientemente los Emiratos Árabes Unidos, a base de chequera, contrataron a mercenarios sudaneses para combatir por ellos en la sucia guerra de Yemen. Luego lo han pensado mejor, se han retirado y han dejado sola a Arabia Saudita que no sabe cómo salir del embrollo en la que la metió el ardoroso príncipe heredero Mohamed bin Salman.

Los norteamericanos tienen el grupo Blackwater descrito por su fundador como “una prolongación patriótica de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos” que está formado por exmilitares bregados en combate. Ha sido contratado para hacer misiones en Afganistán e Irak y, según rumores, también en Venezuela. Cuando estalla algún escándalo por violaciones de derechos humanos les cancelan el contrato y cuando ha pasado algún tiempo se lo renuevan.

Putin utiliza mercenarios con frecuencia para tirar la piedra y esconder la mano. Así los ha usado para desestabilizar el Este de Ucrania y, vestidos de “hombres de verde” sin insígneas ni distintivos, fueron la fuerza que ocupó la península de Crimea que Moscú luego se anexionaría. También se les ha visto en Venezuela. Ahora el Grupo Wagner ha ido a Libia para apoyar (sin demasiado éxito) a las fuerzas del mariscal Haftar en su pugna por apoderarse de Trípoli y convertirse en el dictador del país. Las Naciones Unidas han detectado este mes 338 vuelos rusos de transporte desde Siria con personal, suministros y pertrechos en apoyo de estos mercenarios cuyo número sobre el terreno no parece elevado pero que están siendo muy reforzados con sirios bregados en combate al servicio de Bachar al Assad.

Su intervención en Libia ha decidido a Turquía a apoyar a los Hermanos Musulmanes que respaldan al Gobierno de Trípoli, que tiene el apoyo de las Naciones Unidas. Su masivo envío de armas, incluyendo drones, en violación del embargo en vigor ha impedido a Haftar apoderarse de la ciudad y le ha obligado a retirarse hasta Sirte con lo que el país ha quedado de hecho partido por la mitad. Ahora Turquía refuerza su presencia con el envío de mercenarios sirios reclutados entre los grupos de oposición al dictador de Damasco. De manera que hoy en Libia se enfrentan nuevamente sirios contra sirios, los mismos que ya lo hicieron antes en su propio país. Al parecer estos mercenarios cobran 2000 dólares al mes por jugarse la vida, con un pago adelantado de 500 dólares para las familias que dejan en casa, y con la promesa de varios miles en caso de fallecimiento. Con la situación desesperada que atraviesa aquel país, no es extraño que haya muchos voluntarios.

Lo curioso es que Rusia y Turquía también están enviado mercenarios a luchar en bandos enfrentados en la guerra que acaba de estallar entre Armenia y Azerbaián por el enclave de Nagorno-Karabaj, una vieja disputa que permanecía congelada desde 1994. Rusia apoya a Armenia y Turquía a Azerbaiyán y allí los rusos parece que utilizan a Kurdos sirios, mientras que los turcos han llevado a sirios de la provincia de Idlib, que ellos controlan. Según los armenios, una veintena de sirios han muerto en los últimos enfrentamientos y añaden que el envolvimiento turco es más serio de lo que se dice porque un F-16 turco habría abatido a un avión armenio. Ankara lo niega.

El uso de mercenarios crece y eso es preocupante al menos por tres razones: porque aumenta el riesgo de conflictos pues permite  a los países con recursos hacer intervenciones que no se podrían permitir si la sangre vertida fuera suya; porque prolonga los conflictos existentes con sangre fresca proveniente de la miseria de países destrozados por la guerra o de militares desmovilizados e inactivos; y porque arriesga a producir por error un enfrentamiento directo entre países que no lo desean.

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