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Opinión

México visto desde España

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En México, su presidente Andrés Manuel López Obrador niega actos terroristas a lo largo y ancho de la geografía azteca y minimiza la barbarie actual a meros ajustes de cuentas entre bandas. Omite entre líneas que son poderosos cárteles de la droga y otros grupos que han edificado la industria del crimen como modus vivendi. 

Los violentos actos de los últimos días en el occidente y norte de México han dejado escenas más propias de la invasión que Ucrania sufre a manos de las tropas rusas y su consecuente defensa militar. La gente se pregunta dentro y fuera del país, ¿hasta dónde llegará el terrorismo?

Instalado en Palacio Nacional desde que inició su Gobierno en 2018 –según él aplica una visión austera– desdeñó habitar en Los Pinos, sede de los mandatarios de turno que ocupan la Presidencia de la República. López Obrador optó por un recinto monumental en un área de 40.000 metros cuadrados inicialmente edificado por Hernán Cortés para vivienda privada y que luego terminaría siendo sede del Virreinato.  

Allí vive con fantasmas susurrantes que le cuentan todo aquello que México un día fue, lo que quiso ser y no pudo o simplemente no lo dejan ser porque sus Gobiernos van de mal en peor. 

En los últimos días, varios grupos civiles y ONGs, con valientes luchadores sociales independientes que han vivido en sus carnes el dolor de los asesinatos, de las desapariciones incomprensibles y de los secuestros descarnados de sus seres queridos han escrito y signado una carta enviada a la ONU pidiendo el reconocimiento de un conflicto armado interno en México con continuados actos de terrorismo. 

La RAE define terrorismo como: “Delitos graves con la finalidad de subvertir el orden constitucional o suprimir o desestabilizar gravemente el funcionamiento de las instituciones políticas o de las estructuras económicas o sociales del Estado u obligar a los poderes públicos a realizar un acto o a abstenerse de hacerlo; alterar gravemente la paz pública, desestabilizar gravemente el funcionamiento de una organización internacional o provocar un estado de terror en la población o en una parte de ella”.

En estos momentos muere asesinada más gente civil en México que en la guerra de Ucrania. El sexenio de López Obrador sufre un descontrol absoluto en temas de seguridad y de delincuencia y empiezan a pasarle factura a los índices de confianza para invertir, hacer negocios y economía en el país azteca.   

Las cifras oficiales que son de dudosa credibilidad dan cuenta de 34.690 civiles asesinados en 2019; el año siguiente se contabilizaron 34.554 homicidios y en 2021, 33.315 asesinatos. 

El narcoterrorismo no es una ilusión como defiende López Obrador desde su trinchera palaciega en la que cada mañana da una monserga enrevesada a los medios de comunicación sobre ideas divagantes y críticas mordaces a quienes lo cuestionan. Hace unos días enterraron al niño Christian Omar Zúñiga Morales de 12 años tiroteado por narcoterroristas en una tienda de abastos en Ciudad Juárez… el pequeño solo acompañaba a su padre en la tienda en la que trabajaba. 

A colación

En España, preocupa el rumbo de la política presidencial, se entiende perfectamente que una cosa son los negocios y las cosas del comer y otra la visión interna que el mandatario tiene metida en su cabeza, no ahora, desde hace décadas, cuando dejó de militar en el PRI y decidió convertirse en el saboteador número uno de PEMEX con consistentes movimientos sociales llenos de acarreados que traía desde su tierra Tabasco para tomar por largos meses la Explanada del Zócalo. Esa misma que otea desde su histórico balcón de Palacio cada mañana.

El riesgo para México es que también termine saboteado por quién decide qué, cómo, cuánto y a qué hora se gobierna o no y a quién se persigue o no. Hay que cuidar la salud de los flujos de inversión extranjera que de acuerdo con la UNCTAD en 2018 cuando AMLO tomó posesión sumaron 31.604 millones de dólares y en 2020 bajaron a 27.934 millones de dólares y recuperaron otra vez en 2021, con 31.621 millones de dólares. 

Con respecto a México, los dos aspectos que más inquietan en España tienen que ver con el rumbo de la inseguridad y la delincuencia; y las decisiones de López Obrador sobre la relación de México con el capital extranjero: Estados Unidos (38,8%), España (13,1%), Canadá (10,1%) y Alemania (8,2%) son los países que más invierten en México, pero la influencia está cambiando. 

López Obrador nunca tuvo interés en aprender inglés su visión antiestadounidense es pragmática y si por él fuera ya hubiese roto el T-MEC y hasta las relaciones con España a la que considera una nación subyugante y arrogante incapaz de pedir perdón. Eso sí, no reniega de vivir en el Palacio construido por el español Cortés.

A lo largo de su Gobierno cada vez se dan menos obras a empresas españolas o estadounidenses, curiosamente ganan cada vez menos licitaciones y en cambio las chinas las obtienen. 

Si de forma tradicional por décadas la canadiense Bombardier o la española Construcción y Auxiliar de Ferrocarriles (CAF) participaban de la construcción del Metro en México con una serie de suministros, entre estos los trenes, con el mandatario López Obrador son los chinos los que ganan los acuerdos en la materia: la renovación de la Línea 1 del Metro de la Ciudad de México estará en manos de la empresa CRRC Zhuzhou Locomotive con el pedido de 29 trenes. Para México, vendrán los meses más complicados porque en 2023 arrancará de facto la carrera presidencial en busca de los posibles sucesores de AMLO en 2024… en la recta final es cuando más daño suele hacerse porque surgen las  decisiones con las que se pretende alargar la sombra en el ejercicio del poder, sobre todo si dejar la Presidencia provoca insomnio.

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