Opinión

Nadie llora en Perú por la muerte de Abimael Guzmán

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Nadie llora en Perú, al menos abiertamente, por la muerte de Abimael Guzmán, el fundador y líder de la organización terrorista Sendero Luminoso, de triste memoria y preocupante presente. Durante varios años su organización sembró el terror en el país donde deja el recuerdo de cerca de 50.000 muertos. Tenía 86 años y llevaba 29 preso en una celda de alta seguridad en la base Naval de Callao, cerca de Lima.

Guzmán era un residuo directo de los intentos revolucionarios que proliferaron en Latinoamérica bajo el ejemplo de la lucha guerrillera que consiguió la implantación comunista en China y el mito del Che Guevara tras su muerte en Bolivia. Cuando era profesor de Filosofía en la Universidad fundó un partido marxista que impulsaba la rebelión de los campesinos en los medios rurales.

La idea prendió rápidamente en los pueblos indígenas de los Andes, desarrolló una estructura guerrillera que, con la ayuda exterior poco conocida y los beneficios del cultivo de la droga, se fue extendiendo por varios departamentos, incluida la capital donde cometió varios atentados. Desde los primeros momentos Sendero Luminoso reveló sus intenciones de conjugar la propaganda revanchista ante los más olvidados por la suerte con el recurso a la violencia.

Recurría a todos los métodos, desde atentados hasta ejecuciones de personas consideradas enemigas de sus ideas extremas, secuestros, asaltos, robos y amenazas. Sus principales objetivos en la lucha contra el sistema fueron las Fuerzas Armadas, la Policía los líderes políticos, cargos públicos y empresarios. Entre los años 1979 y 1992, Sendero Luminoso sembró el terror por todo el país con sus secuestros y agresiones.

La guerra abierta que impulsó el dictador Alberto Fujimori contra la organización tropezó durante una larga etapa con una guerrilla fanatizada, resentida, respaldada por desheredados y delincuentes comunes sobre el terreno andino más intrincado y con la simpatía y el apoyo clandestino de algunos intelectuales y activistas de extrema izquierda en las ciudades.

Abimael, un personaje que apenas se dejaba ver ni fotografiar, se convirtió en un mito, un personaje enigmático, que igual despertaba pánico que curiosidad personal. Aunque no contaba con relaciones con gobiernos ni con organizaciones revolucionarias extranjeras, nunca se aclaró bien dónde se abastecían de armas. Todo en su entorno se desarrollaba en medio del misterio.

Se suponía que permanecía en algún reducto montañoso, inaccesible para sus perseguidores, moviéndose apenas por su área de influencia, pero los servicios de información peruanos, con la colaboración de la CIA, el 12 de septiembre de 1992 localizaron su presencia en el barrio limeño de Surquillo. En un amplio despliegue de efectivos policiales, fue detenido sin resistencia junto con su mujer, Elena Ipaguirre, también acusada de terrorismo en la llamada “Operación Victoria”. Fue juzgado y condenado a cadena perpetua.

Sendero Luminoso no desapareció con la detención de su líder hace casi tres décadas. Continúa existiendo y protagonizando enfrentamientos con los militares. La muerte del líder coincide en el tiempo con la llegada al Gobierno, en elecciones democráticas, de un presidente, Pedro Castillo, también marxista ideológicamente, que fue acusado algunas veces de simpatizar o mantener alguna identificación con Sendero Luminoso.

Pero su esperada reacción ante la muerte de Abimael no dejó lugar a dudas. En su declaración tras conocerse la noticia soslayaba el sentimiento que toda defunción suele causar y en cambio sí afirmaba su condena al terrorismo y su promesa de combatirlo. ”Nuestra condena al terrorismo es firme”. En la práctica totalidad de los ambientes políticos, económicos y culturales, las condenas fueron unánimes.