Opinión

Ni Marruecos, ni Arabia Saudí pueden reconocer a Israel unilateralmente

Ni Marruecos, ni Arabia Saudí pueden reconocer a Israel unilateralmente

Estados Unidos, Israel y la Unión Europea están ejerciendo enormes presiones sobre Arabia Saudí y Marruecos para que avalen el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Emiratos Árabes Unidos e Israel. Tel Aviv no necesita que Abu Dhabi le apoye para su supervivencia, pero sí para hacer un frente contra Irán. Ese es el mensaje que Donald Trump ha enviado al rey saudí Salman bin Abdulaziz y al monarca marroquí Mohammed VI, a través de su yerno y enviado particular Jared Kushner. 

Sin embargo, ninguna de las dos capitales, Yeda y Rabat, puede reconocer unilateralmente a Israel, sin que este acepte la existencia de un Estado palestino independiente con las fronteras anteriores a 1967 y con capital en Jerusalén este. 

No es el miedo a la reacción popular en Marruecos lo que motiva el rechazo de Mohammed VI al “pacto del siglo” que propone la Casa Blanca. En otras ocasiones el Palacio Real marroquí se ha enfrentado a la opinión pública de su país y a los partidos políticos, como ocurrió cuando Hassan II en la cumbre africana de Nairobi de 1981 propuso realizar un referéndum sobre el Sáhara Occidental. La clase política se le echó encima, en particular la Unión Socialista de Fuerzas Populares que emitió un comunicado criticando la posición real. Hassan II no dudó en detener y encarcelar a los tres máximos dirigentes de la USFP: Abderrahim Buabid, Mohammed El Yazgui y Mohammed Lahbabi. Anteriormente, el histórico dirigente y profesor del rey en el Colegio Real, Mehdi Ben Barka, se opuso a la “guerra de las arenas” entre Marruecos y Argelia en 1963; y el jefe de Gobierno Abdalá Ibrahim se opuso a que la monarquía gobernase por encima del Ejecutivo surgido de las elecciones. 

La cuestión principal para Arabia Saudí y Marruecos no es política, sino religiosa. Salman bin Abdulaziz como “Protector de los Lugares Santos” del islam, La Meca y Medina, no puede olvidarse de que el Estado sionista tiene a los palestinos como rehenes y al tercer lugar santo del islam, Jerusalén, bajo ocupación militar. Israel cierra el acceso a la mezquita de Al Aqsa a los musulmanes cuando le place; y eso los saudíes no pueden aceptarlo.

En cuanto al rey Mohammed VI, en su calidad de presidente del Comité Al Qods, está obligado a vigilar la ciudad santa para las tres religiones monoteístas. 

Tanto Marruecos como Arabia Saudí tienen una función religiosa ineludible y deben proteger al pueblo palestino. La complejidad del asunto aumenta si se tiene en cuenta que más de un millón de israelíes de origen marroquí viven en Israel, y, según las leyes del reino alauí, tienen de facto la nacionalidad marroquí a la que no pueden renunciar. El soberano marroquí, como Emir de los Creyentes, les debe protección, lo mismo que los miles de judíos que aún viven en Marruecos. La cuestión política sin embargo es otra: tanto Marruecos directamente como Arabia Saudí indirectamente no se oponen a que se creen las condiciones para una negociación política entre palestinos e israelíes para resolver, si es que aún se puede, el conflicto que lleva más de medio siglo emponzoñando el escenario medio-oriental. Y eso no se arregla entre emiratíes e israelíes, sino cesando la creación de nuevas colonias sionistas por la fuerza de las armas, y reconociendo el derecho de los palestinos a tener su propio Estado, por parte de Israel.