Opinión

Ni minas ni independencia en el paraíso de Groenlandia

Groenlandia

El calentamiento climático parecía haber pasado a un segundo plano ante la peste del coronavirus. No ha sido así en Groenlandia, cuyos dos millones de km2 la convierten en la isla más grande del mundo. Allí acaban de celebrarse elecciones anticipadas consecuencia de la polarización de sus apenas 56.000 habitantes a propósito de dos cuestiones cruciales: la independencia total de Dinamarca y la explotación del probablemente mayor yacimiento de tierras raras del mundo. 

Sobre la primera hay un consenso general en lograr ir más allá del estatus actual, según el cual Groenlandia gerencia sus propios recursos aunque es Dinamarca quién decide la política exterior y la de defensa, además de garantizar la convertibilidad de su moneda. Además, Copenhague subvenciona al Gobierno de la isla con 510 millones de euros anuales, es decir más de la tercera parte de su presupuesto.

El gran desacuerdo estaba en Kuannersuit, en donde el hallazgo de los 17 elementos que componen las llamadas tierras raras (REE por sus siglas en inglés) hacía concebir esperanzas de lograr con su exportación la autosuficiencia económica, imprescindible para que la independencia fuera viable. Su explotación era respaldada por los socialdemócratas del Siumut, partidarios de llevar a cabo la explotación del yacimiento, cuya primera licencia de exploración habían concedido en 2007 a la empresa australiana Greenland Minerals. No es una cuestión menor que el principal accionista de esta compañía sea la china Shenghe Resources, toda vez que China monopoliza ya la producción mundial de tierras raras, y sobre todo su transformación, puesto que dispone de la única gran factoría industrial existente en todo el orbe. 

Pues bien, tras hacer caer al Gobierno y provocar la anticipación de las elecciones, se han impuesto en ellas los ecologistas del Inuit Ataqatigiit, cuyos 36,6% de los votos superan ampliamente al 29,4% obtenido por los socialdemócratas. Al líder de los Verdes, Mute Egede, le bastará con aliarse con alguno de los pequeños partidos para complementar sus 12 escaños, sobre 31 que tiene el Parlamento regional, y encabezar por lo tanto el nuevo Gobierno. 

Tampoco se extraerá uranio

Como había prometido y ahora ha ratificado tras conocer su triunfo, la primera medida de Egede será la cancelación del proyecto minero, que había sido considerado estratégico por Estados Unidos; no olvidemos que el anterior presidente, Donald Trump, había ofrecido a Dinamarca la compra de Groenlandia. Hubieron no pocas chanzas a cuenta de aquella oferta, pero conviene no perder de vista que esas tierras raras son fundamentales para la fabricación de multitud de productos electrónicos y militares, además de ser un componente crucial en el desarrollo de las denominadas energías verdes. Y, a día de hoy, el 90% del total mundial está en manos del régimen de Pekín. 

No le costará tampoco mucho trabajo a Egede cancelar otros proyectos de explotación minera que también estaban en cartera, especialmente el de la extracción de uranio, ya que la propia Dinamarca ha renunciado a la energía nuclear. No es el caso de China, que también se halla inmersa en un gigantesco programa de construcción de nuevas centrales, y que alberga fundadas esperanzas de extender su nueva Ruta de la Seda hasta Nuuk, la capital de Groenlandia. 

De momento, los 41.000 electores han decidido que el país siga viviendo de la pesca, el turismo y la subvención anual de Copenhague. Han escogido, pues, mantenerse apegados a sus tradiciones, forjadas a lo largo de los últimos trescientos años, desde que en 1721 el clérigo luterano Hans Egede arribara a las costas heladas de la Tierra Verde, hoy cubierta en un 80% de hielo. Queda la incógnita de saber cuánto tiempo más aguantarán esa postura, tanto más cuanto que la geopolítica está mutando a pasos agigantados, y que sus recursos minerales, unidos a la apertura de nuevas rutas árticas, sean considerados decisivos en la confrontación mundial que se está perfilando.