Opinión

Nos quitan Hagia Sophia

Nos quitan Hagia Sophia

Entre unos y otros nos dejan en cueros porque así como hay una “izquierdona”que se quiere apropiar de la cultura, hay también una “derechona” que se quiere adueñar de los símbolos y su último y mayor exponente es el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, que se acaba de apropiar nada menos que de Hagia Sophia, Patrimonio de la Humanidad, símbolo de Estambul y una de las iglesias más antiguas y bellas del mundo y que ahora era un museo abierto a los turistas del mundo entero.

La Santa Sabiduría fue sede durante mil años del Patriarca Ecuménico, jefe de la Iglesia Ortodoxa tras una ruptura con el Papa de Roma, y por eso tiene enorme valor simbólico y sentimental para buena parte de la Cristiandad, algo que ha reconocido el historiador Diarmaid MacCulloch al escribir que el mundo ortodoxo “en gran medida se ha moldeado en torno a una única iglesia, la catedral de la Santa Sabiduría”.

La pelea entre el Primado de Constantinopla y el Papa tuvo tanto o más de político de que puramente religioso pues el primero no aceptaba estar sometido a una Roma en decadencia y ocupada por reyezuelos bárbaros, por más que aún hoy los ortodoxos no dejen de apuntarnos amenazadoramente con el dedo índice a los latinos mientras nos recuerdan el “filioque “ del Credo como muestra de nuestra mayor “abominación”, pues en esa expresión está en juego nada menos que la naturaleza divina o humana de Jesucristo.

En otros tiempos también debatían allí el sexo de los ángeles en discusiones apasionadas que no sin razón dieron en llamarse “bizantinas” por Bizancio, que era el nombre de la ciudad antes de que el emperador Constantino trasladara allí la capitalidad del imperio romano en el año 330 y aceptara con modestia darle su propio nombre. La catedral, durante mucho tiempo la mayor de la Cristiandad, fue construida un par de siglos más tarde por el emperador Justiniano I en el año 537. Su cúpula de colosal tamaño sigue maravillándonos hoy, pues tiene 37 metros de diámetro y no tuvo rival en el mundo hasta que Miguel Ángel diseñó otra algo más grande para San Pedro en Roma. Son asuntos en los que el tamaño parece que importa. Cuando los otomanos conquistaron la ciudad en 1453, Mehmet II la convirtió en mezquita, la rodeó de minaretes y tapó con yeso y pintura blanca sus maravillosos frescos y mosaicos bizantinos, uno de los cuales representaba al propio emperador.

A Mehmet no se le ocurrió retratarse en sus paredes porque el Islam lo prohíbe, pero a cambio nos dejó un retrato único y maravilloso que le le hizo el veneciano Gentile Bellini y que hoy está en la National Gallery de Londres. Cuando el imperio otomano fue barrido por la Gran Guerra de 1914-1918, Atatürk Mustafá Kemal convirtió la mezquita en un museo para reafirmar el carácter secular de su revolución, y como una manera de separar el Islam de la política y de la vida pública y remitirlo a la esfera privada. Pero su política de secularización, que se extendió también al vestido y a prácticas islámicas como el ayuno público en Ramadán, provocó ya entonces rechazo entre los sectores más religiosos y conservadores del país, que siempre consideraron que hacer un museo en lo que era una mezquita era un ataque al Islam.

Son gentes que a través de los años han mantenido como gran prioridad la restauración del culto musulmán en Hagia Sophia… olvidando convenientemente que fue iglesia antes que mezquita. Y son mucho más numerosos e influyentes que los 100.000 cristianos que quedan hoy en Turquía, que tienen muy poca voz y menos votos. Erdogan quiere ganarse la simpatía y el apoyo de este importante sector de la población turca en un momento en que su popularidad baja por el mal manejo de la economía, su autoritarismo creciente, la corrupción que no cesa y, por si fuera poco, el impacto negativo del coronavirus sobre el turismo (30 millones de visitantes en 2019) que tan importante es para la economía del país.

Erdogan, que no oculta su islamismo militante y que lleva años flirteando con los Hermanos Musulmanes de Hamas, Qatar, Libia, Egipto y otros lugares, quiere presentarse ante el mundo como el verdadero campeón del Islam y para ello nada mejor que reconvertir Hagia Sophia en mezquita, porque sabe que le dará votos. Ya había hecho algo parecido, pero con menos impacto el año pasado con la iglesia del Salvador, conocida como de Chora, también en Estambul. No le importa que la medida haya sido criticada en el mundo entero, a comenzar por los sectores seculares de su propio país, como ha hecho Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura, condenada en Rusia y Grecia, donde los cristianos ortodoxos son mayoría, y lamentada por el Vaticano, los EEUU o la UNESCO. Como ha dicho Bartolomé I, patriarca ecuménico de Constantinopla: “Hagia Sophia… pertenece a toda la Humanidad. Y los turcos tienen la responsabilidad de subrayar la universalidad del monumento”.

A Erdogan no le importa la polémica sino que le viene bien. Y cuanta más, mejor. Lo que quiere es hacer política envolviéndose en las banderas de la religión y del nacionalismo, presentarse ante el mundo como el paladín del Islam y ante su propia opinión pública como el defensor de la Turquía eterna, con el objetivo de arrebatar votos a sus rivales Davotoglu y Babacan que se los han quitado a él en las últimas elecciones de 2019 en la misma capital Estambul. Por eso, y para dejar una indeleble marca política y personal en la ciudad donde tiene más detractores, ha inaugurado hace cuatro años la monumental mezquita Çamlica, que es la más grande de Asia Menor; y está construyendo otra junto a la popular plaza Taksim que transformarán el perfil de la ciudad al tiempo que refuerzan el suyo propio de buen musulmán.

Mezclar religión y nacionalismo es algo que se ha hecho con frecuencia a lo largo de los tiempos y que aunque a veces pueda dar réditos a corto plazo no suele salir bien, porque mezcla dos sentimientos tan volátiles como irracionales y proclives a descontrolarse con facilidad. Es lo mismo está haciendo estos mismos días el presidente Narendra Modi en la India, aunque esta vez la corriente vaya en contra de los musulmanes. Modi es otro nacionalista que ha iniciado un asalto contra la democracia liberal y secular consagrada en la Constitución para lanzar una campaña contra los musulmanes indios que son la friolera de 150 millones de personas y cuyos derechos pretende recortar o anular. Los más exaltados querrían expulsarlos del país. Su cruzada tiene raíces en el nacionalismo hindú que proclama la ideología Hindutva, cuya intolerancia ya provocó el asesinato de Gandhi, y anuncia muchos problemas para la que todavía es hoy la mayor democracia del mundo.

No cabe duda de que los populismos nacionalistas y autoritarios se están poniendo de moda en el mundo y eso es muy mala noticia. Y es peor aún si al cóctel se le añaden los sentimientos religiosos, sean del signo que sean.