Opinión

Otoño de protestas en Irak

Otoño de protestas en Irak

Desde principios de octubre, Irak experimenta una intensa oleada de protestas y disturbios en todo el país que ha sido fuertemente reprimida por las fuerzas de seguridad. De momento ha habido más de trescientos muertos, la mayoría jóvenes estudiantes de instituto y universidad. El motivo de las manifestaciones es el descontento de muchos iraquíes por la mala situación económica, los constantes cortes de luz y la falta de servicios públicos, la ausencia de oportunidades laborales, la corrupción y el clientelismo de los políticos y la injerencia extranjera. Aunque este tipo de movimiento no es nada nuevo en Irak ―también hubo protestas contra la corrupción en mayo de este año, en 2018 y en 2016―, las manifestaciones de 2019 destacan por su amplia distribución geográfica y por un deliberado intento de evitar la retórica sectaria que ha envenenado la política iraquí en las dos últimas décadas.

Según la mayoría de analistas, las protestas comenzaron en respuesta al injusto trato recibido por Abd el-Wahab al-Saadi, uno de los principales estrategas de la ofensiva contra el Daesh en 2015-2017 que fue recientemente relevado de su puesto en de las Fuerzas Especiales iraquíes. No obstante, la primera manifestación se centró en el desempleo, la corrupción y la falta de oportunidades. Los manifestantes se congregaron en la plaza Tahrir de Bagdad y trataron de entrar en la “Zona Verde”, el área fortificada de la capital donde se concentran los ministerios y embajadas, de donde fueron repelidos. Las acciones continuaron durante la semana en Bagdad y otras ciudades del sur chií y fueron duramente reprimidas por las fuerzas de seguridad: los tres primeros días dejaron 25 manifestantes muertos, y la cifra continuó aumentando durante la semana. También se impuso un toque de queda y se restringió el acceso a internet para impedir que los manifestantes se coordinasen y subiesen vídeos documentando los abusos policiales.

Aunque las protestas remitieron durante la segunda y tercera semanas de octubre a causa de la festividad chií del Arbaín, a partir del día 25 resurgieron con fuerza, tal vez inspiradas por el relativo éxito de las manifestaciones en Líbano. Además de organizar marchas y sentadas, los activistas iraquíes se han instalado la plaza Tahrir en Bagdad, plantando tiendas de campaña y ocupando edificios abandonados. En Basora, la policía quemó las tiendas de campaña de los manifestantes después de que estos intentasen entrar en la sede del gobierno. En Diwaniya y Samawa, fueron los manifestantes quienes incendiaron las sedes de varios partidos políticos. En la ciudad santa de Kerbala, los activistas atacaron el consulado iraní. También se han registrado enfrentamientos entre distintas milicias chiíes, unas favorables y otras opuestas a la presencia iraní en Irak. 

La mayoría de medios de comunicación occidentales subrayan el carácter anti-iraní de las protestas. No obstante, según las declaraciones de muchos manifestantes, el principal objeto de la ira ciudadana es la clase política iraquí. Al igual que en Líbano, el objetivo del movimiento ―bautizado como revolución de Octubre o Tishrin―no es hacer caer el actual gobierno de Adil Abdul Mahdi, en funciones desde hace poco más de un año, sino la totalidad del sistema político post-2003. Varios de los líderes de las protestas han hecho llamamientos para acabar con la lógica sectaria que envenena la política iraquí y reivindicar una auténtica identidad nacional, aunque la popularidad de esta visión no es clara. En las últimas semanas el movimiento ha recibido modestas muestras de solidaridad desde Mosul y otras ciudades del noroeste árabe suní, pero las zonas kurdas se han abstenido de apoyar las protestas, quizá por miedo a que la revolución derive hacia posiciones centralizadoras que amenacen su autonomía. 

La situación no es nada fácil para la clase política iraquí. Las reformas anunciadas en el sistema electoral y las medidas contra la pobreza y el desempleo han sido recibidas con frialdad por los manifestantes. El uso de la fuerza contra las protestas no ha conseguido disolver el movimiento y ha suscitado una condena por parte de la ONU, a la que se ha sumado el gran ayatolá Sistani, una de las principales figuras chiíes de Irak. Irán y Rusia han expresado su apoyo al gobierno, mientras que Estados Unidos han manifestado su deseo de que se convoquen elecciones anticipadas. No obstante, parece que hará falta algo más que elecciones para contentar a los manifestantes.