Opinión

Paisajes para después de una crisis

Limpieza coronavirus

Por más que el vector principal de la pandemia sea la crisis sanitaria en sí, sus efectos arrostran un conjunto de crisis interdependientes, que abarcan desde lo político a lo económico y que tienen asimismo alcance global. Aunque está por ver qué consecuencias permanentes, tanto a corto como a largo plazo, estas crisis concurrentes tendrán, podemos ya identificar algunos de los riesgos geopolíticos a los que se enfrentan los líderes mundiales, y cuyos efectos determinarán el paisaje internacional en el que se encontrarán, una vez que dejemos atrás la crisis epidémica.

Como no podía ser de otro modo, aquellos escenarios regionales que ya están inmersos en una situación crítica, como es el caso del Sahel y una buena parte del Oriente Próximo, verán exacerbada su gravedad, por las ocasiones que el caos y el miedo brindan a los oportunistas, incluso bajo situaciones de desastre humanitario: el Think-Tank californiano James Martin Center for Nonproliferation Studies publicó, en 2019, un detallado informe que recogía la plausibilidad de que elementos del terrorismo islámico lleguen a hacer uso de personas contagiadas para propagar deliberadamente enfermedades víricas, abriendo así la puerta a que el CODVID-19 sea usado como arma.

En un plano de acción menos nihilista, cabe esperar que la eclosión de la pandemia en zonas en conflicto sea aprovechada por los actores locales para sacar partido interrumpiendo los flujos de ayuda humanitaria, limitando las operaciones de paz y descarrilando las iniciativas de acuerdos de paz, sacando partido de un contexto social caracterizado por la desconfianza hacia las élites políticas, significado por la consiguiente dificultad para persuadir a la población de que sigan directivas de salud pública draconianas, análogas a las adoptadas en Asia y Occidente.

Igualmente -tal y como se sospecha que ha sido el caso en China en relación a la minoría musulmana uigur, en los albores de la pandemia- la enfermedad ofrece una cortina de humo ideal para cubrir la represión de disidentes y adversarios políticos, y presenta un escenario ideal para acometer acciones de guerra asimétrica en el extranjero. Algunos países del Golfo, tras haber sacado las conclusiones pertinentes, están ya actuando preventivamente para mitigar esta última modalidad de riesgo. Así, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos han prestado asistencia a Irán, cuyos habitantes están acorralados entre la pandemia y las sanciones económicas, creando tal grado de malestar y descontento que el riesgo de que estalle una crisis de seguridad es harto patente, al punto que Jamenei ha optado por involucrar al Ejército en las acciones del Comité Nacional para la lucha contra el coronavirus, confiando al jefe de Estado Mayor de Defensa, el General Baguer, amplios poderes en un momento en el que buena parte de la jerarquía teocrática ha sucumbido al virus.

Otras zonas, en las que los conflictos están caracterizados por la participación de múltiples actores internacionales con intereses solapados, son particularmente vulnerables a los efectos de la pandemia. Posiblemente el caso más lacerante sea Libia, cuyo complejo conflicto armado lleva años produciéndose sin un sistema de salud digno de tal nombre, toda vez que la guerra civil incitó un éxodo de personal sanitario.

Con un escenario de similar complejidad, el noroeste de Siria, sobre todo, el enclave de Idlib, es especialmente vulnerable al aprovechamiento de la psicosis pandémica por parte de los contendientes, habida cuenta de la destrucción sistemática de hospitales y el desbordamiento de los centros de atención médica. Ha sido parte de unas tácticas militares en las que los desplazamientos poblacionales juegan un importante papel en los combates, sin que la violencia imperante permita la prestación eficaz de ayuda humanitaria. 

Tampoco Gaza dispone de suficientes médicos y sanitarios para responder a la sobrecarga de su precario sistema de salud, reducido a su mínima expresión tras el prolongado bloqueo, lo que convierte a esta estrecha franja territorial en una verdadera olla a presión recalentada, que otorga a los Hermanos Musulmanes, por intermediación de Hamas, de una gran capacidad para condicionar la geopolítica de la región desde otras capitales, como Ankara y El Cairo.

Otro conflicto agravado por la práctica inexistencia de un sistema de salud es Yemen, donde unos 25 millones de personas dependen ya de una ayuda humanitaria cuya provisión se han visto drásticamente limitada a causa de las restricciones de movimiento impuestas como consecuencia del brote epidémico. La intersección de la guerra, la pandemia y la plaga de langostas que afecta los cultivos del país son la antesala de una catástrofe que alcanzará proporciones aún más dantescas si cabe. 

El elemento común en todos estos casos es que la propia naturaleza contagiosa de la pandemia debilita gravemente la capacidad de las instituciones internacionales para atender las áreas afectadas por conflictos bélicos, unida a la disrupción de las cadenas de suministro humanitarias. En paralelo, los esfuerzos de mediación internacional están paralizados, mientras que las organizaciones locales han suspendido, o pospuesto, iniciativas diplomáticas como las conversaciones de paz en Afganistán o la cumbre entre la UE y el G5 del Sahel, y se demora el establecimiento de una misión de la ONU para apoyar la transición política de Sudán. Estos vacíos crean oportunidades para que los grupos yihadistas recurran, como viene siendo habitual en ellos, a “explotar el caos”, lanzando nuevas ofensivas contra los gobiernos más afectados por la pandemia en África y Oriente Medio, siguiendo el patrón ya ensayado por Daesh en Siria y Libia. Paradójicamente, otras facciones islamistas, que a día de hoy detentan una presencia territorial considerable, como es el caso de Al-Shabaab en Somalia, pueden ver comprometido su poder si la población a la que someten se rebela ante su esperable incapacidad para gestionar efectivamente los estragos sociales del brote epidémico. 

El forzoso retraimiento de las grandes potencias para poder atender las consecuencias de la pandemia en sus propios territorios está sacando a la palestra una tendencia al “sálvese quien pueda”, que en algunos casos está revelando tics políticos claramente divisivos, cuando no autoritarios, como en el caso de Hungría. Es de esperar, por lo tanto, que las decisiones que los estados nacionales tomen para abordar estas crisis simultáneas alteren profundamente los equilibrios de poder internacional. En el caso del Norte de África, esto pone en peligro los valientes pero modestos avances hacia sociedades más justas y abiertas, que se iniciaron con las revoluciones árabes.