Opinión

Pakistán, el espejo talibán en el trato a las mujeres

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No pasa un día en Pakistán sin que se registren uno o varios casos de asaltos sexuales, individuales o en grupo, secuestros y violaciones, acompañados de todo tipo de vejaciones. En el país no es habitual el uso del burka, pero la condición real de la mujer no difiere mucho, en cuanto a falta de reconocimiento de sus derechos, de las que van a padecer sus homólogas de Afganistán bajo la férula de un Gobierno talibán.

El último suceso de este tipo se registró en el Iqbal Park de Lahore el pasado 14 de agosto, en las inmediaciones de la Torre Minar-e-Pakistan, símbolo del país desde 1968. Una horda compuesta por más de 400 hombres asaltó a una mujer, que en ese momento rodaba una secuencia en video destinada a la red social TikTok. La muchedumbre zarandeó a su víctima, la despojó de sus vestimentas y la vejó sexualmente a placer, no sin antes robarla las joyas, dinero y teléfono móvil que portaba. Algunos de los asaltantes grabaron la escena y la difundieron por internet, en una acción que denota tanto su vanagloria como una impunidad habituales.

Esa difusión profusa ha provocado nuevas protestas a lo largo y ancho de Pakistán, espoleadas especialmente tanto por las redes sociales como por algunos medios de información, en especial el diario “Dawn”, que ha aprovechado para lanzar una dura requisitoria, tanto contra el Gobierno de Islamabad como de la propia sociedad pakistaní. “En el país de los puros –afirma el editorial del diario- este incidente viene a hendir aún más el cuchillo en la profunda herida infligida por la misoginia en Pakistán, donde una mentalidad tóxica permite no solo las agresiones reincidentes sino lo que es peor, la culpabilización de las víctimas”.

Este último rasgo es tanto más sangrante cuanto que el actual primer ministro, el antiguo campeón mundial de cricket Imran Khan, asoció recientemente la manera de vestir de las mujeres a las agresiones que sufren. En una controvertida entrevista en televisión, Imran Khan señaló que “si una mujer se viste con poca ropa ello tendrá un fuerte impacto en los hombres, que no son meros robots, esto es de sentido común”. Declaraciones que han causado una fuerte controversia. Los más radicales han respaldado la lógica exhibida por el primer ministro. No es en cambio el sentir de las organizaciones pakistaníes defensoras de los derechos humanos ni de las asociaciones feministas y defensoras de la dignidad de la mujer, que lanzaron un comunicado conjunto condenando que las víctimas de las agresiones sexuales sean consideradas “provocadoras” de tales ataques, culpables por lo tanto de tentar a los hombres.

La doble condena de ser amonestada si se acude a la policía

El comunicado denuncia que apenas un 0,3% de las denuncias de secuestros y violaciones termina en una condena penal, y que es ya costumbre arraigada que las víctimas que se atreven a denunciar en las comisarías de policía pakistaníes sufran imprecaciones de los propios agentes, lo que se traduce en un considerable retraimiento en los intentos de denunciar y reclamar justicia.

Pakistán, país que ocupa el puesto 151 en materia de desigualdades, según el Foro Económico Mundial, no es por supuesto el único en donde se producen violencias sexuales, pero sí es de los pocos en los que la propia sociedad y el aparato del Estado ofrecen a los agresores una amplia panoplia de excusas y garantías que les llevan a sentirse impunes.

Estos sentimientos parecen acompañar a las comunidades pakistaníes allá donde se establecen. Baste recordar que el pasado año salió a la luz en el Reino Unido la enorme cantidad de violaciones y de todo tipo de agresiones sexuales a menores y adolescentes, casos conocidos por la policía británica, que prefirió mirar para otro lado, siguiendo la tendencia implantada por sus autoridades políticas de respetar el multiculturalismo, y asociar por tanto este tipo de delitos a la particular forma de ser y comportarse de sus ciudadanos de origen pakistaní.

No es, pues, Pakistán el lugar al que huirían las aterrorizadas afganas que temen ser castigadas sin compasión apenas enseñen por descuido un tobillo o se asomen a la puerta de la calle sin la compañía de un legítimo tutor masculino. El país, además, pugna con muchos otros islámicos en exhibir su radicalismo antioccidental. Partidos como el Tehrik-e-Labbaik Pakistan (TLP) han emprendido campañas contra Europa en general, y Francia en especial, después de que el presidente Emmanuel Macron defendiera el derecho a caricaturizar a Mahoma en nombre de la libertad de expresión.