Opinión

Patria: para que el odio no amargue nuestras vidas

Atalayar_Patria HBO

Antes de cualquier otra consideración sobre la serie más comentada en este otoño en España, vaya por delante una recomendación: ‘Patria’, la ficción que triunfa en HBO estas semanas, debe verse como ejercicio de recuerdo de lo ocurrido en este país en el último medio siglo. Sin prejuicios, pero con espíritu crítico, para facilitar una revisión de la memoria colectiva sin la cual sería imposible superarlo ni rememorar la memoria de las verdaderas víctimas del terrorismo de ETA.

Una serie a la que no se puede discutir un objetivo reconciliador pero revisionista, para que el odio no amargue nuestras vidas como dice alguno de los personajes durante la narración. Partiendo de esto, y considerando que el terrorismo etarra destrozó a cientos de familias de víctimas inocentes, podemos llegar a aceptar que destrozara también a muchas familias de asesinos, como plantean sus autores y planteaba la exitosa novela.

Pero nunca, bajo ningún concepto honesto y digno, podremos llegar a sostener que el sufrimiento fuera igual en ambos casos, porque el primero llegó inopinadamente, por decisión sumarísima e intolerante de unos mafiosos criminales, y el segundo llegó por un exceso de tolerancia que podría haber sido corregido para que todos aquellos chavales vascos que tomaron el camino de la violencia recondujeran sus vidas. En un caso la muerte llegó sin llamar a la puerta; en el otro la degradación moral pudo haber sido combatida. 

‘Patria’ es un buen ejemplo de que el perdón es importante, pero requiere de dos partes implicadas: la que lo pide y la que lo otorga. Hay que pedirlo, pero también darlo. Y puede ser necesario para llegar a esa fase que nunca llega a ser plena del olvido, un olvido que tanto reclaman ahora los ambientes abertzales y los partidos que por interés propio se arriman a ellos, y cocinan cenas de navidad con ellos, por unos cuantos votos.

La madre, el padre, la esposa, los hijos de cualquier víctima mortal de ETA podrían llegar a olvidar en parte sus tragedias y su odio, dice ‘Patria’, si los causantes de su dolor tuvieran el gesto de pedir ese perdón balsámico. En la serie se da esa circunstancia, pero en la realidad no lo piden salvo excepciones poco noticiosas. Fíjense qué sencillo: pedir perdón honestamente y abrir una nueva era en las relaciones entre dos mundos irreconciliables en Euskadi, porque el terrorismo rompe a los pueblos, destroza amistades y relaciones personales, pero el tiempo es capaz de coser incluso esa grieta. Pero sin el perdón, y por supuesto sin la justicia que castigue todos y cada uno de los crímenes pendientes, no habrá nunca una nueva etapa. Se habrá cerrado en falso la anterior. 

Los dos planos temporales que articulan ese relato con saltos constantes en el tiempo son, por un lado, un presente anclado en la declaración de fin de lo que ETA denominó la lucha armada, y por el otro un pasado dos décadas atrás en el que se suceden hechos reales que van punteando la ficción realista, como la detención de la cúpula etarra en Bidart, el atentado de Palmanova o el asesinato de Manuel Zamarreño en Rentería. Pocos espectadores sabrán situar en el tiempo real esos acontecimientos (1992, 2009, 1998), porque la memoria colectiva de los españoles tiende a borrar los peores momentos de aquella pesadilla que nos golpeó demasiado tiempo. Por eso recomiendo que los jóvenes españoles vean ‘Patria’ por la noche durante algunos días con el móvil en otra habitación. 

Se pretende un realismo incluso social, repitiendo por ejemplo de forma continua el error lingüístico que es común en el País Vasco al cambiar el condicional simple por el pretérito imperfecto de subjuntivo. Hay vueltas adelante y atrás en el tiempo con el atentado del industrial vasco como eje central de la narración, que arranca justo cuando ETA anuncia que no cometerá más atentados, aunque no deja las armas en octubre de 2011. Las armas no las dejó entonces ni las entregó nunca, y siguen apareciendo zulos para demostrarlo.  

La esposa del asesinado, el mejor personaje de la serie, habla con su marido en la tumba y en la casa del pueblo donde vivían. Hablar a los muertos no es malo. John Ford lo retrató en sus personajes muchas veces, y Aitor Gabilondo recoge el sentimiento de los héroes ‘fordianos’ cuando en el ocaso se sentaban ante la tumba de sus seres queridos y disertaban en su presencia/ausencia. Con el Txato el espectador crea complicidades evidentes, porque según se dice “era un hombre asesinable”. Todo por la causa que nunca lograron sus asesinos, porque el País Vasco sigue siendo parte de España. 

Hay un dibujo nítido y doliente de la relación del futuro etarra Josemari con sus padres. En un momento, le regala flores a su madre, pero al padre casi ni le mira. El padre Joxian es el personaje más atormentado de la serie, si eso fuera posible porque el tormento interior de todos es mayúsculo, nunca perdonará a su hijo por haber matado a su amigo de toda la vida, y no se perdonará a sí mismo por no haber sacado al vástago del camino irracional que emprendió quemando autobuses en Donosti.

La madre es una evidente proetarra sobrevenida, se convierte a la religión del crimen por causas materno-filiales. “Es lo que tiene la guerra”, dirá al ver en televisión las fechorías de la banda (banda terrorista, señor Sánchez. Terrorista sin ambages). Tiene un hijo en “la lucha” y su visión sobre la liberación de su tierra cambia desde que su hijo empuña las armas.

Los dos hermanos de Josemari complementan esta visión marginal de la sociedad carcomida por el independentismo: Gorka, al que veremos leer más que defender causas violentas, y la hermana convaleciente de un ictus, a quien un pasado romance con el hijo médico del asesinado le lleva a comprender y tratar de empatizar con la familia antagonista. De hecho, su relación con ese personaje será el nexo de unión entre las dos familias y la única posibilidad de un futuro en paz. 

Y como era necesario dejar clara la posición de la serie lejos de las posiciones etarras, irrumpe un personaje que caricaturiza al mundo radical: el cura que simboliza una iglesia vasca que tomó parte en el “conflicto” empezando por llamar así, conflicto, a algo que no era más que unos asesinos y sus víctimas. “A mi me toca encargarme de los vivos”, dice el párroco cuando le hablan de la muerte de uno de sus vecinos con un disparo en la nuca.

‘Patria’ nos lleva junto a los familiares de los presos a la prisión de Cádiz para que veamos (en segundo término) al hijo pequeño de un terrorista llorando por tener lejos a su padre. Y en momentos que no son afortunadamente narrados con épica alguna nos mete en el piso franco de los etarras, viviendo escondidos y escondiendo sus horribles culpabilidades mientras preparan su próximo crimen. Son el aperitivo de lo peor de esta serie española, que es sin duda de gran calidad: la forma en que muestra a la Policía torturando en horribles comisarías lúgubres a los detenidos, un detalle pese a ser una realidad en algunos casos, no hace justicia con la labor impagable de los servidores públicos para erradicar este cáncer que nos ha asolado durante cincuenta años.