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Opinión

Pelosi en Taiwán

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Hay decisiones que no resultan fáciles de entender, como la de Pedro Sánchez cambiando la posición sobre el Sáhara Occidental y enemistándose con Argelia cuando la electricidad está por las nubes (al margen de otros problemas de fondo de mayor trascendencia), o la de la presidenta (Speaker) del Congreso norteamericano de visitar Taiwán también en plena invasión rusa de Ucrania.

Nancy Pelosi es la tercera personalidad en la jerarquía constitucional estadounidense, solo por detrás en rango protocolario del presidente Joe Biden y de la vicepresidenta Kamala Harris. No se había producido una visita americana de este nivel a Taiwán desde 1997, la hizo su predecesor Newt Gingrich. Pero entonces no había guerra en Europa y China era mucho más débil.

Con su viaje, Pelosi ha afirmado el “compromiso inquebrantable” de los Estados Unidos “con la vibrante democracia taiwanesa”, algo que a su juicio es “más importante hoy que nunca, en un momento en el que mundo se divide entre la autocracia y la democracia” y en esto no le falta razón. Por otra parte, Pelosi, en el pasado, no ha dudado en criticar la matanza de Tiananmén, “el genocidio” de los uigures o la falta de democracia en Tíbet y Hong-Kong. Pero ¿es realmente el momento y la forma de manifestar ese compromiso con la libertad y la democracia?

Los chinos están furiosos porque entienden que esa visita, que tiene amplio eco mundial, invitará a otros líderes a visitar Taiwán y eso animará las ansias de independencia que ya sienten el 30% de los taiwaneses (el 50% prefieren seguir como están), y porque también creen que socava el principio de “Una Sola China” que es la piedra angular de la relación de Pekín con el mundo, y desde luego también con los Estados Unidos desde que Nixon dejó descolocado a Breznev con su diplomacia del ping-pong en 1972. Es lo que entonces se llamó “doctrina de la Ambigüedad Estratégica” por la que Washington reconocía a Taiwán como parte de China y Pekín renunciaba a modificar la situación de la isla por la fuerza y sin el acuerdo de sus ciudadanos. Y eso ha funcionado bien muchos años... hasta hoy.

El enfado chino tendrá consecuencias, han dicho, y veremos cuáles son. De momento, los chinos han reclamado soberanía sobre el estrecho de Taiwán, que son aguas internacionales, incluidas maniobras militares con fuego real cerca de la isla y han enviado a la zona a sus modernos portaaviones Liaoning y Shandong. La tensión ha subido mucho, un error involuntario que es imposible de descartar la hace aún más peligrosa, y ya hace unos días que Xi Jinping, en conversación telefónica con Biden, le advirtió que jugar con fuego es peligroso porque los que lo hacen acaban “quemándose”. Al mismo tiempo Pekín recuerda que “completar la reunificación de la patria es una aspiración común de los 1.400 millones de chinos y un deber”. La Casa Blanca hace mientras tanto juegos malabares para tratar de quitar importancia al viaje diciendo que la política americana no cambia un ápice como consecuencia de este, aunque, en un admirable ejemplo de democracia, no ha tratado de interferir en lo que es una decisión soberana del Legislativo.

Lo que no entiendo es esta provocación -pues en el fondo lo es, se mire como se mire- en este momento cuando se había conseguido que China no enviara armas a Rusia, que las necesita en Ucrania. Sobre todo, drones, que ahora parece buscar en Irán. De forma que EEUU lleva entregadas armas a Ucrania por valor de 8.000 millones de dólares, mientras que China hasta ahora no las ha dado a su aliado ruso. Si ahora decidiera hacerlo podría complicar mucho la situación militar, aunque también arriesgaría represalias de Europa y Estados Unidos y con toda probabilidad la economía mundial se resentiría en primer lugar. Y, además, la tensión en el mundo subiría varios grados más cuando menos lo necesitamos.

Jorge Dezcallar, embajador de España.