Opinión

Perú tendrá que optar entre dos extremismos

Pedro GONZÁLEZ 

Un candidato sorprendente, maestro de escuela, nacido en la pobre región de Cajamarca, que paradójicamente alberga la mayor mina de oro de Sudamérica, encarnará la opción de la izquierda en la segunda y definitiva vuelta de las elecciones presidenciales de Perú. Pedro Castillo Terrones, líder de Perú Libre, fue el vencedor en la primera ronda, a la que concurrieron nada menos que dieciocho candidatos, siete de ellos infectados o convalecientes de COVID-19. Los peruanos que le otorgaron menos del 20% de los votos eligieron en él al más extremista de la izquierda política. Un personaje aparentemente contradictorio, ya que junto con sus promesas de derogar la actual Constitución de 1993, regular los medios de comunicación, acabar con “la televisión basura”  y aumentar sustancialmente los presupuestos en sanidad y educación, rechaza de plano abrazar las supuestas “conquistas progresistas” como el aborto, el matrimonio homosexual, la eutanasia y el enfoque de género en la enseñanza escolar.

Frente a él comparecerá, también de manera sorprendente, la lideresa de Fuerza Popular, Keiko Sofía Fujimori, que, a diferencia de sus dos anteriores campañas electorales, esta vez ha decidido reconciliarse con su padre, el expresidente Alberto Fujimori (1990-2000), al que ha prometido liberar de la cárcel en la que cumple condena por los asesinatos y la corrupción que campearon durante su mandato. 

Ninguno de los dos finalistas, que encarnan la fuerte polarización del país, eran los máximos favoritos, según sondeos y proyecciones que, pese al panorama de desbarajuste político, auguraban que Perú elegiría la senda de opciones políticas de centro. No ha sido así, lo que confirma que el hartazgo de los peruanos con la mala gestión y la corrupción les ha hecho bascular hacia los extremos; es un triste baldón para el país que todos los expresidentes que aún viven estén acusados, encausados o condenados por corrupción. 

Abocados a sufrir la mano dura de uno u otra

Que el país tenga que elegir, el primer domingo del próximo mes de junio, entre ambos extremos provoca temores y escalofríos en gran parte de la sociedad peruana, cuyas principales preocupaciones actuales se centran en paliar los desastres de una pésima gestión de la pandemia del coronavirus, y el fuerte retroceso de la actividad económica, que ha aumentado de manera dramática los niveles de pobreza. Simultáneamente, ha crecido el antagonismo entre la capital, Lima, en donde vive la cuarta parte de los 32 millones de habitantes del país, y las provincias, en las que cunde el sentimiento de que nadie acudirá en su auxilio si no son ellos mismos. 

El país, que se había distinguido por ser uno de los más dinámicos y boyantes del continente, ha visto dispararse la delincuencia, fruto de la falta de oportunidades, y la inseguridad, reavivándose por lo tanto la llama del revanchismo social. Así, desde posiciones muy distantes, tanto Pedro Castillo como Keiko Fujimori preconizan “la mano dura”: aquel, para meter en vereda a los que amparan y sostienen las profundas desigualdades sociales; ésta, para revivir la nostalgia de aquel “gobierno de ley y orden” de su padre, al que se atribuye tanto el despegue económico del país como el final de Sendero Luminoso, la guerrilla maoísta más sangrienta de América Latina. El deterioro de la situación económica y social y la inestabilidad política, incapaz de erigir instituciones respetables y respetadas, agigantan en la distancia las supuestas buenas acciones de aquel período y difuminan en el tiempo sus grandes borrones. 

La enorme atomización del arco parlamentario hace presumir también que gane u otra el próximo mes de junio será muy difícil, por no decir imposible, que puedan llevar a efecto su esbozado programa de reformas apoyados por una indiscutible mayoría parlamentaria. Lo saben tanto Fujimori como Castillo, aunque éste se muestre más libre y desinhibido para preconizar que no se parará en barras si tiene que tumbar la Constitución y consiguientemente iniciar su propia revolución. Anuncios que han provocado los temblores suficientes en los sectores centristas y conservadores como para manifestar que, entre lo malo y lo peor, sus preferencias se inclinarían por la mano dura de Keiko Fujimori (“demodura” la denomina ella misma), a la de Pedro Castillo, sobre todo cuando el culto pueblo peruano puede contemplar desde muy cerca el “paraíso” bolivariano de Venezuela, y del que también les informan de primera mano el millón largo de exiliados que han recalado en Perú huyendo del hambre y la persecución chavistas.