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Opinión

Perspectivas de la Cumbre de la OTAN en Madrid

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El 29 y 30 de junio está previsto que se celebre en Madrid la reunión en la cumbre de la OTAN, como homenaje a España en el 40º aniversario de su incorporación a la Alianza. El secretario general, Jens Stontelberg, ha dado las gracias al Gobierno español por albergar la Conferencia y manifestado que España era un aliado comprometido y valioso. Uno de los principales objetivos de la reunión será la elaboración de un nuevo “Concepto estratégico”, pues el adoptado en la Cumbre de Lisboa de 2010 ha quedado desfasado, porque, a la sazón, la OTAN mantenía buenas relaciones de cooperación con Rusia. La anexión de Crimea, su reconocimiento de la independencia de la Repúblicas de Donetsk y Lugansk, y la invasión de Ucrania han cambiado completamente el panorama y requieren una puesta al día de los objetivos estratégicos de la Alianza.

Evolución del concepto estratégico de la OTAN

El “Concepto Estratégico” es el documento más importante de la OTAN, sólo por detrás del Tratado de Washington de 1949 constitutivo de la Organización. Como ha observado el Real Instituto Elcano, el concepto codifica lo que ha cambiado en el ámbito de seguridad en los años previos a su adopción y prescribe lo que debe cambiar dentro de la OTAN en los siguientes, a través de directrices políticas y militares, para que adapte sus funciones y capacidades a las circunstancias del momento.

Como ha señalado Ignacio, desde 1949 hasta nuestros días, la Alianza ha aprobado siete conceptos estratégicos. El primero –adoptado en 1950- indicaba como su principal objetivo disuadir la agresión de la Unión Soviética, mostrándose dispuesta a recurrir al uso de la fuerza militar si fallaba la disuasión. La OTAN adoptó en 1952 el “Concepto estratégico para la defensa del área del Atlántico Norte”, que perseguía como objetivo “garantizar la defensa del área de la OTAN y destruir la voluntad y la capacidad de la Unión Soviética y de sus satélites para hacer la guerra”. En 1955, la Organización renovó su concepto estratégico inspirado en la noción de la “represalia masiva”, que implicaba el recurso a todas las armas disponibles, incluidas las nucleares, y decidió reforzar su papel político. La disuasión basada en el equilibrio nuclear pasó a denominarse “destrucción mutuamente asegurada” –o“MAD”, siguiendo los acrónimos de la versión inglesa-, pero el incremento de la capacidad nuclear soviética dejó obsoleta la estrategia de la represalia masiva, porque una crisis limitada –como la de Berlín- no justificaba el desencadenamiento de una guerra nuclear total. De ahí que se pasara en 1968 a un concepto que preconizaba una “respuesta flexible”, que combinara medidas militares, diplomáticas, políticas y económicas, para disuadir un ataque enemigo más allá del uso de las armas nucleares. 

 

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Los cuatro primeros conceptos estratégicos se basaron preferentemente en la disuasión y la defensa colectiva, aunque dando gradualmente entrada al diálogo y a la distensión. La Unión Soviética y sus aliados se convirtieron en “partners” de la OTAN. La reunificación de Alemania, la disgregación de la URSS y la disolución del Pacto de Varsovia a partir de 1990 supusieron hitos importantes en las relaciones entre los dos bloques. La OTAN fue sensible al paso del tiempo y al tránsito del mundo bipolar de la Guerra Fría a otro multipolar, y se adaptó a los cambios de las circunstancias políticas y geoestratégicas, que se reflejaron en la modificación de su concepto estratégico, porque no le bastaban los límites geográficos establecidos en el artículo 6 del Tratado de Washington. Tras la desaparición de la amenaza fija que suponía la disolución de la URSS y del Pacto de Varsovia, tuvo que reciclarse para justificar su propia existencia. Como destacó su secretario general, Anders Rasmussen, la primera fase fue una alianza puramente defensiva –la OTAN-1-, pero, tras el final de la Guerra Fría, surgió la OTAN-2. Al convertirse los enemigos en socios, el quinto concepto estratégico adoptado en 1991 complementó los criterios básicos de disuasión y defensa con los de cooperación y diálogo político, al tiempo que ampliaba el ámbito de acción de la Alianza fuera del área fijada en el Tratado.
    
Pese a las promesas hechas a Mijail Gorvachov de que la Organización no se extendería hacia las fronteras rusas, la OTAN inició su expansión hacia el Este tratando de atraer a su ámbito de influencia a los antiguos miembros del Pacto de, pero Estados Unidos impuso la expansión de la Alianza. Como comentó Bill Clinton, la cuestión no era si la Organización debería admitir a nuevos miembros, sino “cuándo y cómo” se haría. La OTAN creó el Consejo de Cooperación del Atlántico Norte, al que se sumaron los antiguos miembros del Pacto de Varsovia, con lo que, las relaciones entre las dos Partes se encauzaron por el camino del diálogo y de la cooperación, como pude comprobar desde mi puesto de embajador en Rusia. Durante la visita de Juan Carlos I a Moscú, en mayo de 1997, Boris Yeltsin se quejó de que la inclusión en la OTAN de Estados que habían formado parte de la URSS sería una provocación y un inmenso error histórico, y el Rey le contestó que la OTAN no querían minusvalorar a Rusia, pues consideraban que su seguridad era indispensable para la suya propia, ya que formaba parte de Europa y debía integrarse cada vez más en ella. Invitó a Yeltsin a que asistiera a la Conferencia de la OTAN que se iba a celebrar en julio en Madrid, y le hizo ver que su presencia en la Conferencia mostraría al mundo que la ampliación de la Alianza no se hacía en contra de Rusia, sino en su presencia y con su participación. Yeltsin, sorprendido, agradeció la invitación y -aunque no asistió- las relaciones entre las dos Partes se relajaron. 

Recuerdo una viñeta del genial Peridis aparecida en “El País”, en el que se veía a Yeltsin –que tenía a Solana subido a su chepa- con una pancarta que decía “OTAN, de ampliación NO”, y un sonriente Juan Carlos le decía: “Estás perdido, Boris. Así empezó Javier y ahora es el secretario general de la Alianza”. El 27 de mayo se firmó el Acta Fundacional sobre las Relaciones de Cooperación y Seguridad Mutuas, por la que ambas Partes se comprometían a construir juntas una paz verdadera, basada en los principios de democracia, seguridad y cooperación, y a desarrollar una asociación estable sobre la base del interés común, la reciprocidad y la transparencia. Se creó un Consejo Conjunto Permanente para la consulta, la cooperación y la toma en común de decisiones y, en 1998, Rusia estableció un Misión Permanente ante la Alianza.

En 1999 se incorporaron a la OTAN Checoeslovaquia. Hungría y Polonia, y posteriormente lo hicieron Rumanía, Bulgaria, Eslovaquia y Eslovenia. Rusia lo toleró porque se trataba de Estados que habían sido independientes al margen de la URSS, pero las relaciones entre la OTAN y Rusia se deterioraron notablemente cuando la Alianza bombardeó Kosovo y –para poder hacerlo- tuvo que adoptar su sexto concepto estratégico para poder realizar intervenciones de carácter humanitario y labores de gestión de crisis fuera de su ámbito geográfico, pasando así del espacio europeo al euroatlántico. Rusia acusó a la Alianza de violar el Derecho Internacional y retiró a sus representantes del Consejo OTAN-Rusia.
 
En 2003, Rusia creó junto con Armenia, Bielorrusia, Kazajstán, Kirguistán y Tayikistán la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, un pacto de defensa colectiva que era una pobre imitación de la OTAN. Las relaciones entre las dos Partes se tensaron de forma considerable cuando Estonia, Letonia y Lituania se incorporaron a la Alianza, al tratarse de Estados que habían formado parte de la URSS, pero la tensión creció aún más cuando en 2008- invitó a Georgia y a Ucrania a ingresar en la Organización. Rusia se opuso firmemente, por considerar que constituía un grave riesgo para su seguridad, y su ministro de Asuntos Exteriores, Serguei Lavrov, afirmó que una nueva expansión de la Alianza hacia las fronteras rusas retrotraería las relaciones a los tiempos de la Guerra Fría. Las tropas rusas invadieron el 7 de agosto Osetia del Sur y  Abjazia, y Georgia tuvo que capitular. Rusia impuso la independencia de estos dos Estados artificiales. Fue un ejemplar castigo y un aviso a navegantes. 

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Ucrania se libró de un castigo similar gracias al cambio de Gobierno que se produjo en 2010. El presidente pro-occidental Viktor Yushenko había decidido retirar la cooficialidad de la lengua rusa, anunciar que no se renovaría el Acuerdo que concedía bases en Crimea a la flota rusa, adoptar un Acuerdo de asociación con la UE y pedir el ingreso en la OTAN, medidas que eran totalmente inaceptables para Rusia. Pero en las elecciones generales de enero de ese año resultó elegido presidente el candidato pro-ruso, Viktor Yanukovich, quien prorrogó hasta el año 2042 el Acuerdos de cesión de bases y retiró la petición de ingreso en la Alianza. Yanukovich alineó su política con la de Rusia y en 2013 se negó a firmar el Acuerdo de Asociación negociado con la UE, lo que provocó la ira de los jóvenes y –en marzo de 2014- se produjo la revuelta de la plaza de Maidán. Las pacíficas manifestaciones fueron brutalmente reprimidas y la Rada ucraniana destituyó a Yanukovich. El presidente interino, Alekxander Turchinov, firmó el Acuerdo de asociación con la UE y el presidente electo, Petro Poroshenko, inició una política de acercamiento a Occidente inaceptable para Rusia, que dejaba el camino abierto para que ésta lanzara un ataque contra Ucrania, que no se haría esperar.

Desde su elección en 2008, Barack Obama había expresado su deseo de normalizar las relaciones con Rusia y comenzó lo que su vicepresidente Joe Biden calificó de “puesta a cero” –“reset”-. Ya en la Conferencia celebrada en Bruselas a finales de ese año, la OTAN decidió relanzar las relaciones con Rusia, pues –como comentó el secretario general, Jaap de Hook Sheffers- que la Alianza tuviera posiciones divergentes sobre Georgia o Ucrania no debería ser óbice para que las dos Partes tuvieran relaciones normales. La Conferencia que se celebró en Lisboa en 2010 adoptó el séptimo concepto estratégico, conforme al cual la OTAN se comprometía a defender a sus miembros contra cualquier tipo de amenazas y a “desplegar fuerzas militares potentes dónde y cuándo sea requerido por nuestra seguridad, y a ayudar a promover la seguridad común de nuestros socios alrededor del globo”. La Alianza no ponía límites a su ámbito geográfico y estimaba que debería disponer de capacidad para actuar globalmente, cerrándose así el debate sobre si la Organización debería tener carácter regional o universal. Creo que esta decisión fue un error, pues la Alianza se involucró en conflictos como los de Irak, Yugoslavia, Afganistán o Libia, que no eran de su incumbencia, y se dejó muchos pelos en la gatera.

Medveded asistió a la reunión del Comité OTAN-Rusia, que adoptó una Declaración Conjunta, en la que anunciaba el inicio de una nueva etapa de cooperación con miras a una asociación estratégica, “basada en los principios de confianza recíproca, transparencia y previsibilidad, con el fin de contribuir a la creación de un espacio común de paz, seguridad y estabilidad en la zona euro-atlántica”. Las Partes se abstendrían de la amenaza o del uso de la fuerza entre ellos o contra terceros Estados, su soberanía, su integridad territorial o su independencia política.  Este compromiso no se llegó a cumplir porque el Parlamento de Crimea acordó la secesión de Ucrania y su incorporación a la Federación de Rusia. El 26 de marzo de 2014 se celebró un referéndum sin garantías en el que el pueblo de Crimea se pronunció a favor de unirse a Rusia, que había enviado sigilosamente contingentes militares a Crimea, y provocó –según John Simpson- “la invasión más suave de los tiempos modernos”, que terminó antes de que el mundo exterior se diera cuenta de que había comenzado. Putin formalizó la reincorporación de Crimea a la madre patria y la comunidad internacional reaccionó débilmente pues, pese a las condenas de la OTAN y de la UE -que aplicaron a Rusia sanciones económicas de baja intensidad- y de la Asamblea General -que adoptó la resolución 68/262, por la que seguía reconociendo a Crimea como parte de Ucrania-, los hechos consumados se dieron por consolidados

En paralelo, Rusia había enviado al Donbas unidades militares para apoyar a los rebeldes ucranianos, que se habían alzado contra el Gobierno y declarado la independencia de Donetsk y de Lugansk, y Rusia facilitó militar y políticamente su independencia “de facto”. La guerra civil concluyó con la firma en 2014 del Protocolo de Minsk, por parte de Rusia, Ucrania y las Repúblicas rebeldes, pero el alto el fuego no se respetó y continuaron las hostilidades. En 2015, Rusia y Ucrania firmaron el Acuerdo de Minsk, que tampoco puso fin a los enfrentamientos entre el Gobierno, que consideraba que era demasiado favorable para los de las Repúblicas Populares, y éstas, que pretendía que se les reconociera la independencia.

 Rusia concentró importantes contingentes de tropas en las fronteras con Ucrania y Putin dio un ultimátum a la OTAN para que renunciara a admitirla como miembro de la Alianza, y amenazó con una “respuesta militar” si las Organización no regresaba a sus fronteras de 1997. La OTAN y la UE ofrecieron a Rusia acuerdos de desarme y medidas de confianza y transparencia, pero Putin, ya había decidido invadir Ucrania y –tras reconocer la independencia de Donetsk y de Lugansk-, el 24 de febrero de 2022 ordenó la invasión de Ucrania, pensando que conquistaría en unos días Kiev y derrocaría el Gobierno “nazi” de Valdimir Zelenski. Sus cálculos se vieron frustrados por la heroica resistencia del pueblo ucraniano y se ha llegado al empantanamiento bélico actual, pese a los intensos ataques que han causado la destrucción de muchas ciudades ucranianas, la muerte de miles de ciudadanos civiles, el desplazamiento interno de ocho millones de habitantes y el éxodo de seis millones de refugiados.

La afirmación de Putin de que la Alianza pretendía atacar a Rusia desde territorio ucraniano era una falsedad. Para Mira Milosevich, la ampliación de la Alianza era más una cuestión psicológica que una amenaza real, ya que ninguna expansión de la Organización ha supuesto una ruptura del equilibrio militar de Rusia, que ha convivido sin problemas con países miembros de la Organización que tienen frontera con ella, y mantenido durante mucho tiempo cordiales relaciones de cooperación con la Alianza. El problema ha surgido cuando Putin ha pretendido reconstituir el espacio soviético y regresar al “statu quo ante” de 1997, para lo que tenía que situar bajo su esfera de influencia a los países que habían formado parte de la URSS. Como ha observado Juan Manuel de Faramiñán, Putin viene realizando una política de expansión y ocupando “zonas de influencia” en la proximidad de sus fronteras, con lo que está haciendo saltar por los aires el tablero sobre el que se asienta la seguridad y la paz mundial. Ahí está la raíz de la guerra y no en la ampliación de la OTAN.

Actitud de España hacia la OTAN

Ya desde el momento de su investidura, Leopoldo Calvo-Sotelo había anunciado su intención de solicitar el ingreso de España en la OTAN, lo que suscitó la total e inexplicable oposición de la izquierda a una Organización basada en la democracia, las libertades individuales y el imperio de la ley, mientras que aceptaba los Acuerdos de defensa con Estados Unidos en los que España estaba en una situación de inferioridad. España se incorporó a la Alianza de forma vergonzante y casi con nocturnidad, y Felipe González prometió que convocaría un referéndum para abandonar la Organización.  Cumplió su palabra, pero cambió su mensaje, ya que pasó del “OTAN, de entrada NO” al “OTAN, de permanencia SÍ”. El Gobierno socialista ganó el referéndum gracias al apoyo de la oposición, si bien se impusieron condiciones como la no integración de las Fuerzas Armadas españolas en la estructura militar de la OTAN. Esta absurda imposición –que se mantuvo durante 17 años- dificultó la modernización de su Ejército, al no poder aprovechar las sinergias y los medios técnicos de la Organización.

Hasta 1999 no se integró España plenamente en la OTAN y, desde entonces, ha sido un fiel aliado de la Organización y ha contribuido de forma muy positiva en sus actividades, pese a la exigüidad de su presupuesto de defensa, que es el penúltimo de los Estados miembros, sólo por detrás de Luxemburgo. En su Conferencia de Cardiff de 2014, el Consejo Atlántico recomendó que, para 2024, los Estados dedicaran un mínimo del 2% de su PIB al presupuesto de Defensa. España está muy lejos de cumplir este objetivo, pues su porcentaje no pasa del 1,03% y en los últimos años sólo ha progresado unas décimas. El presidente Pedro Sánchez ha comprometido con la boca pequeña hacer un esfuerzo para alcanzar este porcentaje, pero -a dos años del vencimiento de la fecha tope- parece poco probable que se cumpla, sobre todo porque la sociedad española no se ha concienciado sobre su necesidad.

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PHOTO/ARCHIVO - Jens Stoltenberg

Dentro de unas semanas, España será la anfitriona de una Cumbre que –según ha señalado el Representante permanente de España ante la OTAN, Miguel Fernández Palacios- será una de las más importantes en la historia de la Organización. Y el Gobierno español no se encuentra en la mejor coyuntura para asumir con éxito su importante responsabilidad. Podemos, su socio minoritario, es declaradamente contrario a la OTAN y preconiza la retirada de España de la misma, sus ministros han afirmado que –en vez de una conferencia militarista- nuestro país debería albergar una reunión en pro de la paz y se han negado a participar en sus reuniones, se ha opuesto al suministro de armamento a Ucrania y propuesto una paz sin condiciones –poniendo en pie de igualdad al agresor y al agredido-, y sus dirigentes han llegado a acusar a su propio Gobierno de incumplir las normas y conceder ilegalmente a una empresa la organización material del evento. La presidenta del Congreso, Meritxell Batet ha modificado el Reglamento de la Cámara para permitir la presencia en la Comisión de Secretos Oficiales de representantes de Bildu, ERC y la CUP, contrarios a que España sea miembro de la OTAN, y el presidente del Gobierno ha ofrecido a sus aliados independentistas la cabeza de la directora del CNI, Paz Esteban, por haber cumplido con su deber de controlar las comunicaciones de los autores de un delito de sedición, si bien la ministra de Defensa, Margarita Robles, no la ha “destituido”, sino sólo “sustituido”. A pesar de estas circunstancias poco propicias, espero y deseo que el Gobierno español esté a la altura de sus responsabilidades y que la Conferencia de Madrid sea un éxito.

Programa de la Cumbre de Madrid

    Según Fernández-Palacios, el 24 de febrero de 2022 caducó el paradigma estratégico vigente y se acabó la “postguerra fría” que había inaugurado la caída del muro de Berlín en 1989. La invasión rusa de Ucrania ha acabado con el paradigma de seguridad global y con la arquitectura de defensa europea, tal como se concibió tras la desaparición de la URSS. El “concepto estratégico de Madrid” deberá definir un nuevo sistema de seguridad y defensa que dé paso a una OTAN más política, más fuerte militarmente y más global, una Alianza plenamente capaz de formular una respuesta adecuada a las amenazas y retos que los aliados tienen planteados a estas alturas del siglo XXI. Ente los objetivos que marque la Cumbre deberán figurar los de incrementar las consultas políticas y la coordinación entre los miembros; reforzar la disuasión, la defensa y la “resiliencia”; mantener la ventaja tecnológica; apoyar un sistema internacional basado en normas jurídicas; impulsar el entrenamiento y el desarrollo de capacidades de los socios; combatir y adaptarse al impacto del cambio climático en la seguridad; aprobar un nuevo concepto estratégico; y facilitar los recursos financieros necesarios para conseguir tales objetivos. Hay que tener asimismo en cuenta las tecnologías disruptivas, tales como la inteligencia artificial, el 5G y el internet de las cosas, el “Big Data”, la computación cuántica, los sistemas de armas hipersónicas, las nuevas tecnologías de misiles y los ataques cibernéticos. Los principales temas políticos que se tendrán que abordar son la amenaza rusa a la arquitectura de seguridad euroatlántica, el reto de China como competidor sistémico y la frontera sur de la OTAN.

Con Rusia, la Alianza tenía abierto hasta ahora un proceso de diálogo a pesar de las divergencias, a través del Consejo Rusia-OTAN, pero la invasión de Ucrania lo ha hecho imposible y ha puesto la defensa colectiva y la disuasión a Rusia en el centro de la agenda de la Organización. Como ha observado Luis Simón, la principal amenaza externa a la arquitectura de seguridad y geopolítica euroatlántica viene del revisionismo ruso, que presenta un importante componente militar y de amenaza directa. Ello hace que la cuestión de cómo reforzar la disuasión trente a las posibles amenazas rusas en Europa oriental se convierta en la principal prioridad estratégica de la OTAN.

Si Rusia es el principal enemigo de la OTAN a corto plazo, China lo puede ser a medio y largo plazo. En el concepto estratégico de Lisboa ni siquiera se mencionaba a China, que va un poco a su aire, sin presentarse como un peligro militar para la OTAN en Europa, pero sí como competidor en el ámbito económico y tecnológico y como rival sistémico en tanto que promotor de unas normas internacionales incompatibles con los valores europeos, y que suponen un desafío a un orden internacional abierto. Según el “Informe OTAN 2030”, la Alianza deberá centrarse en aquellos aspectos que puedan afectar a la seguridad en la región euroatlántica. El mero hecho de que China tenga capacidad para amenazar dicha seguridad de forma directa supone –en opinión de Simón- un desafío en sí mismo. El Informe hace referencia a la adquisición por China de importantes nudos de infraestructuras en Europa, tanto digitales –redes 5G- como físicos –puertos y aeropuertos-, lo que podría afectar a la interoperabilidad y preparación de las tropas armadas, por lo que conviene vigilar sus inversiones. 

Desde su creación, la OTAN ha identificado a sus adversarios en el flanco Este, pero no así en el flanco Sur, por lo que –para poder cumplir su objetivo de hacer frente a las amenazas dondequiera que vengan- la Alianza debe tener un “enfoque de 360º” y prestar mayor atención a los peligros existentes en el sur de su área de actuación. Como ha observado Javier Colomina, la seguridad euroatlántica está ligada a la del Sur, pues los problemas de seguridad en Marruecos y en el Sahel afectan a todos los aliados, y existen cada día mayores amenazas y desafíos procedentes de dicha zona. España ha defendido la necesidad de asegurar la estabilidad en su vecindario estratégico, donde hay Estados frágiles en quiebra, multitud de células terroristas transnacionales, y un tráfico ilegal de armas, de drogas y de personas. La situación de inestabilidad en el Sahel va a empeorar aún más tras la anunciada retirada de Malí de los contingentes armados de Francia –con los que colabora España- y la presencia de mercenarios rusos reclutados por el presidente golpista Asimi Goita.

    En su discurso con motivo de la celebración del 40º aniversario del ingreso de España en la OTAN, el rey Felipe VI pidió a la Alianza que prestara más atención a su estratégica frontera sur, “donde el terrorismo amenaza directamente a nuestras sociedades”. Las perspectivas son esperanzadoras, pues –como declaró Stoltenberg a TVE- el “concepto estratégico de Madrid” reflejaría las amenazas que vienen del sur por el terrorismo y la inestabilidad. “Tenemos que analizar todos los desafíos y amenazas desde dondequiera que vengan y vamos a trabajar con nuestros socios en la región para ayudar a estabilizar la zona, porque la inestabilidad en el Sur es muy importante para nuestra seguridad”. Pero -además de cerrar la brecha Sur- se debería fortalecer la frontera Norte de la Alianza con la incorporación de Finlandia y de Suecia, que es de esperar no la veta Turquía, que es un caballo de Troya en el seno de la OTAN.
 
La Alianza tiene otra deuda con España, cual es la de dar su cobertura de seguridad a las ciudades de Ceuta y Melilla, excluidas de su esfera de actuación, de conformidad con el artículo 6 del Tratado de Washington, que cubre las islas bajo jurisdicción de los Estados Parte en el Atlántico al norte del Trópico de Cáncer, pero no los antiguos presidios españoles. Es de justicia que la Cumbre de Madrid corrija esta anomalía y coloque a España en pie de igualdad con los demás Estados miembros. 

La cumbre de Madrid va a estar condicionada por la agresión rusa a Ucrania y es fundamental que la OTAN mantenga su cohesión y reitere el incondicional apoyo al agredido pueblo ucraniano, pues –según Rafa Latorre- “Ucrania no pertenece ni a la OTAN ni a la UE, pero es la única que se está dejando la vida por pertenecer a ellas” y –en opinión de Gabriel Tortella- nos está defendiendo a todos los europeos contra la agresión rusa, porque “la guerra que se libra en el este de Europa es una lucha entre democracia y tiranía y Ucrania ha asumido ella sola la defensa de la democracia”.

Hay que estar muy atento porque los falaces argumentos de Putin de que la culpa de la guerra es exclusivamente de la OTAN por su voluntad de agredir a Rusia empiezan a hacer mella en algunos ingenuos que –consciente o inconscientemente- hacen de “compañeros de viaje” del sátrapa ruso. Así, el Papa Francisco, ha justificado la actuación de Putin al afirmar que podría haberse sentido obligado a invadir Ucrania porque “la OTAN estaba ladrando a las puertas de Rusia”. O Henry Kissinger, que afirmó en Davos que la postura de los aliados no podía determinarse por el “mood of the moment” y que extender la contienda la convertiría, no en una guerra por la libertad de Ucrania, sino en una guerra contra Rusia.

Más peligrosas aún han sido las palabras del presidente en ejercicio de la UE, Emmanuel Macron, de que no se puede humillar a Putin. El gran estratega Sun Tzu opinaba que se debía ofrecer al enemigo un puente dorado para que pudiera tener una retirada honrosa, pero tal no es el caso, porque Putin no tiene la menor intención de retirarse y sigue violando a diario las normas más elementales del Derecho Internacional y del Derecho Humanitario. Sus graves crímenes no pueden quedar impunes y Putin debería ser juzgado y condenado por un Tribunal Internacional. Si se condonaran, en todo o en parte, las atrocidades cometidas contra el inocente pueblo ucraniano, lejos de facilitar su retirada más o menos honrosa, le confirmaría en su errónea decisión y reforzaría su política expansionista.

Putin va cumpliendo escrupulosamente sus malvados planes y no tiene prisa porque el tiempo corre a su favor, convencido –como ha señalado Iñaki Ellacuría- de que la inflación y la crisis alimentaria –cuando los vientos otoñales penetren en Alemania- debilitarán el apoyo de la OTAN y de la UE a Zelenski. El eje franco-alemán y la izquierda anglosajona –en su papel de colaboradores en la retaguardia para logra un “acuerdo de paz” que certifique la derrota ucraniana, ya introdujeron el inevitable matiz tercerista. “Los apuñaladores terceristas claman que no se debe humillar a Putin e invitan al pueblo de Ucrania en que vayan pensando en renunciar al Donbás y otras zonas ocupadas. Una petición perversa porque obvia que la guerra actual parte de la inacción occidental antes de la invasión de Crimea en 2014; perversa porque pretende que los ucranianos condenen a varios millones de sus compatriotas a vivir bajo el yugo de unos criminales de guerra; y estúpida, porque alimenta la creencia de que el problema ruso, su amenaza a Europa, se contendrá con el sacrificio de Ucrania y no con la eliminación de Putin y su corte gansteril”. Concuerdo con las palabras de Ana Palacio de que “con Ucrania en pie, con sus ciudadanos dispuestos a morir por su libertad sin merma, mientras Estados Unidos lidere a fondo su compromiso y respaldo geopolítico, para el resto de los occidentales –en particular para los europeos- sólo hay una postura: apoyar a Ucrania”  

José Antonio de Yturriaga Barberán, embajador de España, entre otros países, en Rusia, Irlanda, Irak y ante Naciones Unidas en Viena