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Opinión

Politeia global

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‘On polítics’ (2012), un trabajo relevante del politólogo Alan Ryan, voz autorizada para la comprensión del liberalismo en nuestros días a partir del estudio histórico de las ideas liberales, está a la venta en la librería Pasajes de la calle Génova en Madrid. No debería de pasar desapercibida la obra del autor anglosajón, profesor en Oxford y Princeton y profesor visitante en la Universidad Nacional de Australia, en un momento donde los nuevos paradigmas estratégicos norteamericanos, la reciente alianza del AUKUS en el Pacífico y los movimientos en el orden internacional, advierten de manera clara sobre los cambios que se avecinan en la reconfiguración de los polos de influencia en las relaciones internacionales. La búsqueda de ideas en la historia y la necesidad de elaborar estrategias solventes y con capacidad de hacerse presentes en nuestro tiempo, afectan a los actores implicados en la gobernanza global, entre los cuáles nuestro país ocupa un lugar importante, aunque peligrosamente indefinido, al igual que le ocurre a otros países y potencias europeas y a otras democracias liberales.

Es destacable la atención que el politólogo muestra por las aportaciones de los historiadores griegos Heródoto y Tucídides, y los filósofos Platón y Aristóteles, y por autores clásicos como Cicerón y Polibio, en cuya obra ‘The rise of the Roman Empire’, centra una parte de su observación. Un análisis sobre el compromiso social romano en la organización del Ejército para imponerse a la poderosa fuerza militar de Cartago, pero que esencialmente resume las virtudes del Gobierno mixto de Roma, monárquico, aristocrático y democrático. Al mismo tiempo eficaz por las garantías y extensión de su derecho sobre la totalidad de la ciudadanía, y por la cohesión de su sistema político, determinante en las costumbres de la ciudad y vigilante de los intereses del poder imperial, no sometido irreversiblemente a la debilidad de las personas, sino engrandecido por la solvencia de las instituciones de las cuáles emanaba el orden romano.

El poder que el sistema romano fue capaz de imponer, compartir y expandir primero en la península itálica y el Mediterráneo y después sobre el mundo en el cuál proyectaba su derecho y protegía sus intereses estratégicos estaba estructurado en torno a unas instituciones con una identidad parcialmente democrática, a la vez que gobernada por aristócratas estadistas, y monárquica en su representación simbólica, garante también de los derechos ciudadanos, aunque no por igual. Un modelo absolutamente referencial en la época clásica, inspirado en Esparta y la Grecia clásica, pragmático, amparado en la supremacía de las leyes, y activo cultural y políticamente en la propagación de sus principios.

Aunque en modo alguno el sistema político mixto que sustentaba aquel orden clásico es extrapolable a ninguna fórmula de gobernanza global de nuestros días, la denominada geometría variable en el orden internacional contemporáneo no es nueva. La estructura de soberanías independientes que se conforma en el siglo XX durante las guerras mundiales y tras ellas, nunca fue rigurosamente justa ni equitativa, pero enterró la insostenible dominación colonial de los pueblos y territorios. No puede calificarse de mixta, aunque integró diversas realidades políticas desiguales en organizaciones complejas donde la representación institucional perseguía, entre otras cuestiones, el equilibrio de las dimensiones variables de distintos aliados y socios. Aunque la globalización mantuvo también desequilibrios internos e internacionales, por razones económicas y políticas después de la caída del Muro de Berlín, Estados Unidos, Europa y luego otras potencias en este siglo supieron aprovechar estos procesos históricos para fortalecer sus cimientos culturales e ideológicos. Pero la historia ha puesto de manifiesto que los principales actores e instituciones no han sido plenamente capaces de generar un entorno de leyes y garantías, donde las distintas soberanías, los derechos ciudadanos (humanos) y la convivencia común en torno a unos valores de progreso y seguridad fueran convergentes e imperaran de manera estable y globalizada.

La redefinición del orden mundial en el siglo XXI está sobre la mesa y pasa por entender que la pervivencia de un modelo de convivencia política global pasa por el diseño de estructuras, no necesariamente mixtas, pero si variables y complejas. Bien sea adaptando algunos de los organismos e instituciones existentes, o bien configurando otras nuevas, mejor preparadas para afrontar los retos de nuestro tiempo. Desde una orientación liberal en su esencia y realista en su enfoque, los planteamientos para redefinir el orden internacional no pueden dejar de ser lo que han sido en su concepción: equilibrados desde sus polos de poder e influencia; equidistantes de la tiranía y la anarquía; fundamentados en las libertades y el progreso social; y garantes de los derechos individuales sin distinción de género, procedencia o creencia.