Opinión

Populismo, la peculiar aportación latinoamericana 

Populismo, la peculiar aportación latinoamericana 

“Es la demostración práctica de cómo se puede destruir la democracia mediante la demagogia”. La definición corresponde a Enrique Krauze, historiador, ensayista y editor mexicano, expuesta en el marco del XXVI Foro Eurolatinoamericano, celebrado presencial y telemáticamente desde Madrid, organizado por la Asociación de Periodistas Europeos.  

Para el también fundador y director de Letras Libres, “el mejor entrenamiento para defender a ultranza la democracia es vivir bajo la dictadura”. Hacía referencia al nuevo paradigma instaurado en Venezuela por Hugo Chávez, con raíces en el peronismo argentino y con el incuestionable soporte del castrismo cubano. Todo ello para conformar una transformación de la izquierda marxista, apoyándose en un “líder carismático”, de genuina factura latinoamericana.  

Admite Krauze que, una vez instalado en el poder, el populismo procede al sistemático recorte de libertades mientras instala una progresiva dependencia de los ciudadanos de las subvenciones y subsidios que el poder le otorga. Así, el líder carismático, devenido en caudillo, convierte su poder en un nuevo feudalismo, en el que los ciudadanos retornan a su condición de vasallos, sujetos a la voluntad omnímoda de su tiranía. No le sorprende que el populismo haya prendido tanto, hasta alcanzar no sólo a varios grandes países de América, incluidos los Estados Unidos de Trump, cuanto que se haya también extendido por Europa, con sus variantes étnicas y nacionalistas.  

Recomienda el intelectual mexicano la relectura de la novela de Orwell “1984”, a su juicio tan actual como en los tiempos del estalinismo, porque plantea una situación bastante semejante, la de un solo individuo que piensa y reflexiona, y decide buscar la verdad frente a un sistema que le aplasta, le dicta lo que es verdad o mentira y del que ha desaparecido la distinción entre el bien y el mal.  

Fue una de las conversaciones más brillantes del Foro, junto con otras de gran calado con los economistas del Banco Interamericano de Desarrollo, José Juan Ruiz y Alejandro Izquierdo, la directora del Latinobarómetro,  Marta Lagos, el expresidente del Gobierno de España, Felipe González, la secretaria general iberoamericana, Rebeca Grynspan, y el alto representante de la UE para la Política Exterior y de Seguridad Común, Josep Borrell.  

Ni una mención a América Latina en 8.000 palabras 

Se lamentaba precisamente Borrell de que “su jefa”, la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, no hubiera incluido una sola mención siquiera a América Latina en su brillante discurso de 8.000 palabras al Parlamento Europeo. Una omisión que evidencia el escaso interés político y geoestratégico que los Veintisiete parecen atribuir a un continente en el que otras potencias, especialmente China, están asentándose y mostrando su formidable poder.  

Es cierto que Europa ha frenado la cadencia de sus inversiones en América Latina pero, aun así, registra un volumen superior, por ejemplo, al que han invertido en conjunto allí Japón, China e India. Es, además, de largo el mayor contribuyente en ayuda al desarrollo del continente, aunque como precisa el propio Borrell, esa ayuda no fructificará si no se registra una gobernanza democrática, honrada y pujante en los mismos países. Es el viejo axioma de que una donación puntual ayuda a saciar el hambre un día, pero es preciso que te enseñen a valerte y trabajar por ti mismo para comer todos los días.  

Y no es precisamente un buen dato para la revolución digital que ya está en marcha a nivel mundial que 46 millones de familias latinoamericanas no tengan acceso a internet. Supone que casi una cuarta parte del continente se ha quedado irremisiblemente atrás, justo cuando la Comisión Económica de la ONU para Latinoamérica (CEPAL) certifica la mayor recesión del continente en un siglo (véase el informe de Carlos Álvaro en Atalayar). Datos demoledores que, con los precedentes de la crisis de deuda del último decenio del siglo XX, y la financiera de 2008, auguran décadas de retraso para recuperar los niveles siquiera de principios de este mismo siglo XXI.  

La situación es ciertamente propicia para el fortalecimiento del populismo y las pretensiones de eternizarse en el poder de sus caudillos. Razón de más, a juicio de Grynspan, González y Borrell para que la UE no abandone ese campo, máxime cuando, a pesar de todo ello, las proyecciones apuntan a que en muy pocos años Brasil será la quinta potencia mundial y México la séptima. A lo que se unen otras razones como, por ejemplo, que América Latina es el ejemplo más palpable de la continuidad territorial de la cultura y la civilización europea.  

Borrell, que no se cansa de llamar a rebato para que “la UE se deje de complejos [respecto de Estados Unidos, China o Rusia] y hable el lenguaje del poder”, aproveche sus ventajas históricas y no se deje comer el terreno por potencias como China, ávida consumidora de materias primas latinoamericanas, pero cuyo flujo de dinero no se traduce a cambio en la creación de empleos de calidad, lo que impide la emergencia de élites bien formadas en el continente, y la emigración masiva de las que aún quedan hacia sociedades y entornos geográficos más favorables.  

Muchas alertas y llamadas de atención en suma, en un foro cuya primera edición se celebró en 1995, y que a partir de 1999 en La Habana figura en la agenda oficial de las sucesivas Cumbres Iberoamericanas de jefes de Estado y de Gobierno. Ahora, la Asociación de Periodistas Europeos y la Fundación Gabo se comprometen a seguir organizándolos, denunciando en consecuencia que los 800 millones de hispanos y luso hablantes merecen la atención geoestratégica de Europa.