Opinión

Por unos Estados Generales Planetarios

Estados Generales

Suena a novela de ficción o a película de fantasía, pero no lo es. A grandes males, grandes remedios. Sería acertado que una vez superada la actual crisis mundial provocada por la pandemia del COVID-19, se pudiesen convocar unos Estados Generales a escala internacional. La necesidad existe, los foros para hacerlo también; Naciones Unidas es el principal, aunque no el único.  

La obligación de hacer un serio examen de lo que ha pasado, las causas, la impreparación general, los errores y las enseñanzas que nos deja, existe. Los Estados Generales de 1789, convocados por el rey Luis XVI de Francia para hacer frente al descalabro financiero y a la profunda depresión social, lejos de salvar el régimen acabaron en la Revolución Francesa, considerada como el inicio de la Edad Contemporánea. Estos nuevos Estados Generales a escala planetaria deben inaugurar una nueva etapa histórica.

Entre las enseñanzas de esta crisis, que son muchas, hay dos destacadas: la primera es que el nacionalismo, y el Estado-Nación que de él se deriva, aunque puedan ser presentados como salvadores de la economía, han sido incapaces de impedir la propagación de la pandemia. La han frenado, pero no la han impedido. Tampoco las grandes potencias económicas del planeta han estado a la altura. 

Y la segunda, que la ciencia no debe estar supeditada a los intereses políticos, sino todo lo contrario: la ciencia nos une, la política nos divide.

¿Quién debe formar parte de estos Estados Generales? ¿A quién representará? Esta es la cuestión crucial. ¿Los científicos? Sí. ¿Los especialistas, gentes de la cultura y académicos? Sí. ¿Las gentes que cuidan de la salud en el mundo? Sí. Estarán todas las categorías sociales que tienen algo que aportar. 

Pero, sobre todo, los pueblos, sus trabajadores, sus emprendedores, los jóvenes, las mujeres que soportan la carga de los hijos y los hogares, los que viven en y del campo, los estudiantes, los que cuidan de la seguridad, soldados y policías, los sin trabajo y los sintecho. Es decir, todos aquellos que nunca han participado ni participarán en el Foro de Davos, en otros foros económicos y financieros, en los selectos organismos internacionales, o en los clubes elitistas del gran capital y la gran política.  

Porque las conclusiones y enseñanzas de esta crisis nos conciernen a todos, y todos debemos participar en la elaboración del mundo nuevo. 

Los Estados Generales universales tienen que ser piramidales, comenzar desde... y hacia arriba. Organizar de tal modo que los que han sufrido este embate y los que han ayudado a contener sus efectos macabros puedan hablar. De los pueblos a las ciudades y a los países; de las escuelas a las universidades; de los talleres a las grandes fábricas; de los huertos a las plantaciones agrícolas; de los centros culturales a los teatros y a los barrios. 

Mientras se recomponen los desastres sociales y económicos que va a acarrear la crisis, hay que ir imaginando el diseño arquitectural de participación y representación. Hay que darse un tiempo, pero hay que hacerlo. 

Los días después subsiguientes a los dos últimos grandes cataclismos que conoció el mundo, las llamadas guerras mundiales del siglo XX, con millones de muertos, nada comparable a la pandemia actual, y que sacudieron una gran parte del planeta, fueron dirigidos y controlados por los gobiernos occidentales, las corporaciones financieras y los ‘trusts’ industriales. Esta vez, los pueblos tienen que ser oídos. Es necesario y es posible. 

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