Opinión

Portugal deja de ser fiable contra el coronavirus

Portugal

Los madrileños se miran desde ayer en el espejo de Lisboa. Casi veinte distritos de la capital portuguesa han sido confinados ante la difusión del virus en un país que hasta ahora había sido considerado como modélico en la forma de afrontar la crisis sanitaria. La mayor parte de esos barrios son de la corona metropolitana de la ciudad lisboeta, sólo uno está encuadrado en su término municipal céntrico, pero el área de influencia para todos ellos es la urbe de referencia en Portugal. Casi un millón de personas vuelven en pleno junio a verse encerradas en casa como ha ocurrido en España y el resto de países hasta hace un mes, algo que todos creíamos no volvería a suceder. No se trata de un contagio localizado en un centro de trabajo o una reunión familiar, sino que los portugueses están ante un rebrote importante que alcanza los 300 casos diarios y les sitúa a la cabeza de Europa en estos días, junto a Suecia. 

¿Qué ha pasado para que Portugal haya pasado en unas pocas semanas de país seguro con menos de mil muertes y una cifra de contagios por millón muy asumible, a disparar la difusión del virus?. Se ha relajado la conciencia ciudadana del problema, pese a las advertencias de las autoridades, algo que ocurre no sólo por actividades de ocio sino también en la actividad diaria de los trabajadores, en su tránsito a la empresa o el comercio y la utilización de los transportes públicos. No obviemos que esos distritos ahora cerrados son ciudades dormitorio donde residen empleados de sectores como la construcción o el alimentario. El repunte de casos tiene que ver también con el esfuerzo del gobierno de Costa por realizar test masivos a la población, algo que países como España no han logrado. Cuando comenzó la pandemia, a principios de marzo, Portugal era puesto como ejemplo de buena gestión y de control de los casos de fallecidos e infectados. Hoy está siendo mirado de reojo por lo contrario en una etapa en la que deberíamos ver la salida del túnel. 

Las consecuencias por ahora son fatales para el país vecino, que ha visto como buena parte de las capitales mundiales prohíben la llegada de ciudadanos portugueses dentro de sus límites, y la frontera con España será la última en abrirse el día 1 de julio. El ambiente en el país es de temor ante lo que nadie se atreve a decir que sea una segunda oleada del virus, pese a que los epidemiólogos y la OMS alertan de que eso podría llegar en semanas o meses. Extremar la precaución individual es la medida más efectiva en el actual momento de la pandemia. La temporada turística para este país va a ser muy difícil, aunque haya de por medio una Champions League convertida en pequeño mundial de clubes y concentrada en dos semanas de agosto. 

Los rebrotes en Europa están atacando a centros laborales en los que hay condiciones para la propagación: mataderos como el de Tönies en Westfalia, el mercado de Pekín donde se dio el rebrote más peligroso hasta ahora... Se descuartizan animales a diario, y todos los fluidos de la ganadería confluyen en recipientes manipulados por empleados que están permanentemente en contacto unos con otros. Lo ocurrido en Alemania, y la situación en casos como los temporeros en España está levantando ampollas por el grado de exposición de determinados sectores a la difusión del Covid. Hay quien se ha atrevido a hablar de nueva esclavitud para definir estos empleos en los que es más fácil resultar contagiado.

Portugal tiene a finales de junio cuarenta mil casos y mil quinientos muertos. Se han recuperado de la enfermedad más de veinticinco mil personas. Sus servicios sanitarios notan el estrés de varios meses de lucha contra el virus y el repunte que se está produciendo. Por todo ello, hablar de mala gestión del gobierno de Antonio Costa no obedece a la realidad, sobre todo si se compara con lo que ha ocurrido con su vecino fronterizo. Le ha ocurrido como a Alemania o a Corea del Sur, que han sido considerados como exitosos en una fase inicial y que ahora renquean al prolongarse en el tiempo contagios y fallecidos. Todo ello nos recuerda los riesgos que existen en la nueva etapa posterior al confinamiento, que en algunos países se esfuerzan en llamar orwellianamente “nueva normalidad”.