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Opinión

Putin tiene razones, pero no tiene razón

Vladímir Putin

La actual tensión bélica en torno de Ucrania está motivada por el temor ruso a que se integre en la OTAN o que, sin llegar a tanto, se convierta en una especie de portaaviones repleto de armas occidentales apuntando hacia Moscú. Putin estima que eso constituiría un riesgo existencial que Rusia nunca va a permitir. Pero siendo eso cierto, la realidad es que las apetencias rusas sobre Ucrania son más antiguas.

En primer lugar, la historia de Rusia y de Ucrania, el granero tradicional de Rusia y la cuna de los cosacos, están estrechamente ligadas desde el siglo IX, pues los rusos se reclaman herederos de la federación de tribus eslavas conocidas como los Rus de Kiev. Son lazos muy antiguos.

En segundo lugar, no es ningún secreto para nadie que Putin considera la desaparición de la URSS en 1991 como “la mayor tragedia” del siglo XX porque privó a Moscú del control de 2 millones de kilómetros cuadrados, y Rusia dejó de ser una superpotencia para verse reducida a lo que Barack Obama llamó despreciativamente “una potencia regional”. John McCain fue todavía más duro cuando afirmó que era “una gasolinera que pretende hacerse pasar por un país”, y algo parecido ha dicho luego Joe Biden. Son muchos los rusos que aún hoy no comprenden que Bielorrusia, o Ucrania, o Estonia, Letonia y Lituania sean países independientes y que no toleran haber perdido el puerto de Riga, que era la salida natural de Rusia al mar Báltico.

En tercer lugar, los occidentales nos equivocamos gravemente en 1991. Es cierto que se evitó un baño de sangre como el que se produjo en Yugoslavia, pero tratamos a Rusia como un país derrotado cuando el derrotado con la desaparición de la URSS había sido el comunismo. Como consecuencia, aislamos a Rusia y no la integramos en el juego político europeo y en la nueva geopolítica que siguió al fin de la bipolaridad y de la Guerra Fría. Fue un error muy grave por nuestra parte.

En cuarto lugar, Moscú afirma que cuando la URSS se deshizo y con ella el Pacto de Varsovia, recibió garantías de que la OTAN no se acercaría a sus fronteras. Nadie recuerda ese “compromiso”, que no está escrito en ningún lugar y que además violaría la soberanía de países independientes al coartar su derecho a decidir su libremente futuro, que consagra el Acta Final de Helsinki de 1975 de la que la propia URSS fue también signataria.

En quinto lugar, la OTAN hizo en 1997 una gran ampliación hacia el este acogiendo en su seno nada menos que a doce países que antes habían estado en la órbita soviética como Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Rumania, etc. Esto provocó un gran disgusto en el Kremlin, que desde entonces siente que la soga de la OTAN se aprieta en torno a su cuello. Y no le gusta esa sensación de asfixia.

En sexto lugar, no contenta con ello, en 2008 la OTAN ofreció el ingreso también a Georgia y a Ucrania. Fue un poco frívolo por su parte, porque no tenía intención real de admitir a esos dos países –como sigue sin tenerla hoy–, pero hizo correr otro escalofrío por la ya escaldada espalda de Rusia, que aprovechó el momento para intervenir en las regiones georgianas de Osetia del Sur y Abjasia.

Y cuando el presidente pro-ruso de Ucrania, Víktor Yanukóvich, vetó un acuerdo comercial con la Unión Europea, la gente se hartó, salió a la calle y le derrocó en las revueltas conocidas como Euromaidán, en las que el Kremlin siempre vio la larga mano de Europa. Rusia entendió que se había violado otra línea roja y reaccionó invadiendo Crimea con soldados sin distintivos, y luego anexionándola sin mayores miramientos. Moscú no cree haber obrado mal porque Crimea fue conquistada al Imperio otomano por Catalina la Grande y Potemkin. Fue rusa desde entonces y sólo pasó a pertenecer a la soberanía ucraniana cuando Kruschev se la regaló a Kiev, desde luego sin poder imaginar que un día Ucrania sería un país independiente. Moscú piensa que lo único que ha hecho es poner las cosas nuevamente en su sitio. Fue una decisión aplaudida por el pueblo ruso, que ha aceptado las sanciones que le ha impuesto la comunidad internacional y que considera injustas.

En Moscú se piensa que si se puede romper Serbia, como hicieron los americanos en 2008 para crear la república de Kosovo –aunque la Corte Internacional de Justicia lo haya avalado–, o si se deja a Israel anexionarse los Altos del Golán y partes de Cisjordania, y a Marruecos anexionarse el Sáhara Occidental, no hay razón para impedir que Rusia haga lo mismo en Crimea, o ahora quizás en Donbass, como ha explicado Araceli Mangas en un reciente artículo. Y más aún cuando considera en peligro su seguridad.

La política exterior imperial de Putin no es en esto diferente de la que hubiera hecho la Rusia imperial zarista o la Rusia imperial comunista, porque las tres habrían estado hoy de acuerdo en la necesitad vital de rediseñar la arquitectura de seguridad europea para hacer retroceder el reloj hasta 1997, exigir la anulación de la ampliación de la OTAN al Este o al menos de sus efectos, crear un glacis de seguridad en torno de sus fronteras, y de hecho volver a dividir Europa para asegurarle a Rusia una zona de influencia como en su día tuvo la URSS. Y si para eso tiene que pagar un precio, está dispuesto a hacerlo y esa es una gran diferencia con nosotros, porque Moscú parece dispuesto a poner muertos encima de la mesa para lograr sus objetivos y nosotros no; nosotros hablamos de responder con sanciones económicas, porque Ucrania no es miembro de la Alianza Atlántica y, en consecuencia, no le es de aplicación el artículo V de defensa automática en caso de ataque. Putin lo sabe y además Biden lo dejó también muy claro hace pocos días. Los soldados que ahora EE. UU. ha puesto en alerta no están destinados a defender a Ucrania, sino a tranquilizar a los países Bálticos y a Polonia.

Cabe preguntarse por qué Putin ha elegido este momento para acosar las fronteras de Ucrania y supongo que se debe a que percibe debilidad en Occidente. Estados Unidos anda concentrado en peleas internas para tratar de sacar adelante los programas económicos de Biden, acaban de retirarse de mala manera de Afganistán, tienen este año elecciones de Mid-Term que le pueden costar a Biden la Cámara y el Senado, y su preocupación exterior es el auge de China y no Rusia. Alemania acaba de hacer elecciones y su gobierno de coalición todavía se está asentando y mantiene diferencias internas sobre aspectos tan importantes como el futuro del gasoducto Nord Stream que deberá llevar gas ruso bajo el mar Báltico. Francia tiene elecciones este año y Macron no tiene garantizada la reelección ni de lejos. Y en el Reino Unido Boris Johnson se ve acosado y puede caer por su frivolidad de hacer frecuentes fiestas en su residencia oficial mientras el resto del país estaba confinado por la pandemia. El resto –e incluyo a la UE como bloque– no contamos. Quizás Putin ha pensado también que el 30 aniversario de la desaparición de la URSS era el momento simbólico apropiado para volver a poner las cosas en su sitio desde su punto de vista.

Pero si Putin tiene esas razones, no tiene razón porque lo que hace va en contra del Derecho Internacional. En 2022 no es admisible que se use el chantaje y la amenaza para tratar de doblegar la voluntad soberana de un país. Menos aún usar la fuerza para alterar las fronteras de Europa y aún menos para establecer una nueva división del continente y una nueva zona de influencia sometida a los dictados de Moscú. Desde Stephen Hawking sabemos que la flecha del tiempo solo se mueve en una dirección y nunca va para atrás. No se puede volver a 1997. El Derecho Internacional protege a los débiles y no se puede desconocer o aplicar a capricho. Es la seguridad de Europa entera la que está en juego, porque mirar ahora para otro lado probablemente animará a futuras agresiones en otros lugares y con otras excusas.

El problema es que aquí todos hemos ido muy lejos y ceder no es fácil. Putin no puede volver a meter en los cuarteles a los cien mil soldados desplegados junto a las fronteras de Ucrania y regresar a casa con las manos vacías, no hay que olvidar que es un macho alfa muy preocupado siempre por su imagen. Y Estados Unidos –y Europa– tampoco pueden ceder porque tienen de su parte el derecho internacional, porque es la seguridad de nuestro continente la que está en juego, y porque saben que China está siguiendo con mucha atención lo que ocurre en el escenario europeo y extraerá consecuencias que podrá poner en práctica con su propia reclamación sobre Taiwán. De esta forma, una muestra de debilidad asegurará problemas futuros en la otra parte del mundo.

No deja de ser patética la ausencia de la Unión Europea en una crisis en el corazón de Europa que afecta nuestra seguridad y nuestro futuro.

Lo ocurrido es una llamada de atención muy seria. Es imperativo tomar nota y adoptar las medidas adecuadas para tener una voz con influencia en las cuestiones geopolíticas que nos tocan tan de cerca. Porque si no lo hacemos tendremos que soportar luego los acuerdos a los que lleguen otros y que pueden no ser favorables a nuestros intereses. Es nuestro futuro y nuestro nivel de vida los que están en juego.

¿Quiere esto decir que ya no hay esperanza? En absoluto. Todavía hay tiempo para la diplomacia, la semana próxima se reunirán alemanes, franceses, ucranianos y rusos en el llamado “formato de Minsk”, y los americanos también han de responder al memorándum de exigencias rusas. Y aunque no se pueda ceder en lo esencial, se pueden meter otros asuntos en la cesta del diálogo sobre los que quepan posibilidades de negociación. Ojalá se imponga el sentido común porque si Rusia ahora se equivoca e invade –aunque sea parcialmente– Ucrania, le impondremos sanciones económicas muy fuertes que le harán mucho daño, que probablemente excitarán más el nacionalismo de una población que se sentirá injustamente tratada –recuerden de nuevo Kosovo, el Sáhara, etc.– y eso contribuirá a empujar a Rusia en brazos de China, que es algo que tampoco nos interesa. Lo que a Europa le interesa es una buena relación con Rusia, pero perdimos el tren en 1991 y ahora no podemos construirla bajo el chantaje de las bayonetas. Hace falta imaginación.

Jorge Dezcallar, embajador de España