Opinión

Ramadán y COVID-19

Mezquita Central de Madrid, sin fieles

Hay obsesiones que resulta gratificante practicarlas una vez al año, algunos lo hacen escribiendo una columna antitaurina, en mi caso hablando contra corriente de los musulmanes en Ramadán. Resulta que son alrededor de dos millones los ciudadanos de religión musulmana en España que celebran desde el 24 de abril el Ramadán, mes lunar del calendario islámico con cuyo nombre identificamos por estos lares el ayuno, que es en realidad el precepto religioso y uno de los cinco pilares del islam.

El Ramadán es probablemente la mayor época festiva para un musulmán; conmemora la revelación del Corán a Mahoma y el resultado práctico consiste en una suma de espiritualidad, relaciones sociales ligadas a la comida y horarios alterados, ingredientes presentes en toda gran fiesta de cualquier cultura, este año marcado por la enfermedad que han llamado la COVID-19, provocada por un coronavirus, y el confinamiento domiciliario que ha tenido como consecuencia.

Desde el punto de vista de la comunidad, este Ramadán comenzó con el fallecimiento por la pandemia de Riay Tatari, el presidente de la Comisión Islámica de España desde hace varias décadas, español de origen sirio que llegó a este país en los setenta a estudiar medicina y aquí se quedó, representante e interlocutor durante años de los musulmanes con la Administración e imam de la mezquita del barrio madrileño de Tetuán. Las sentidas despedidas publicadas, incluso por representantes de otras confesiones, y el recuerdo de quien esto escribe de una antigua entrevista, confirman la singularidad de la persona y el aprecio que despertaba.

Como no es demasiado conocido, pues aporta información mencionar que en España se ha superado por primera vez este listón tan llamativo de los dos millones de musulmanes, pero en esta columna pienso que no me hacen falta titulares espectaculares y además el cálculo es una estimación, en nuestro país no figura la confesión religiosa entre los datos del censo (la fuente es el informe anual bajo el nombre “Estudio demográfico de la población musulmana”, elaborado por la Unión de Comunidades Islámicas de España -UCIDE-).

Puede sorprender el hecho de que la primera nacionalidad entre los musulmanes de España es la española, seguida de cerca por la marroquí (cada uno con más de 800 mil fieles); a mucha distancia, con algo menos de 100 mil, ciudadanos con nacionalidad de Pakistán, Senegal y Argelia. Que haya mucho inmigrante nacionalizado entre el colectivo pues es otra de las realidades muy reales y muy ignoradas de nuestro país, porque son tan españoles como el resto, por ejemplo, a la hora de votar.

Tuit

Los municipios con mayor número de conciudadanos musulmanes son Barcelona, Ceuta, Madrid y Melilla, seguidos de El Ejido (Almería) y Murcia. En el mundo tampoco es frecuente conocer que los países con mayor número de musulmanes son Indonesia, Pakistán, India, Bangladés, Nigeria, Irán, Turquía y Egipto, el primer país árabe de la lista. Difícil hablar de 1.800 millones de personas como un todo homogéneo, aún más difícil extrapolar al conjunto la versión saudí del islam o cualquier otra. Y hasta aquí la información.

Coronavirus

La multiculturalidad, la diversidad religiosa en España es una realidad no visible, o poco visible; aquí no ha triunfado la manifestación pública de festividades no católicas, como sucede en Francia o al menos en el cine francés, lo que no deja de ser una declaración de intenciones; tampoco nuestros primeros ministros piensan que les aporta nada romper el ayuno con la harira al atardecer de uno de los días del Ramadán, como sí suelen hacer por Canadá en cualquier época y en Estados Unidos en tiempos demócratas.

Este año, por aquello de ilustrar la fe de forma espectacular, la imagen de La Meca o el Vaticano sin fieles da un aspecto de centro comercial vacío a estos grandes centros religiosos, de lo que se podría deducir que la divinidad es una creación humana o al menos depende del público.

La COVID-19 ha traído grandes novedades. Una de las más sorprendentes ha sido en esta gran crisis sanitaria mundial que la religión está desaparecida, no en su faceta espiritual y personal para quien tenga fe, sino en su parte no pequeña de representación cultural y social; incluso caritativa. Y hasta la vertiente social de la Semana Santa católica, de la romería del Rocío, del Corpus y esta del Ramadán, pues se han superado con gesto mohíno, pero sin grandes aspavientos religiosos, en claro contraste con la multitud de personas que arrastran sus celebraciones públicas. Hemos descubierto con la cuarentena forzada por la COVID-19 que se puede vivir sin coger el coche a diario, sin hacer ocho compras semanales, sin deporte-espectáculo y sin manifestaciones públicas de la religión, lo que tiene todo ello elementos de modernidad.

Cuentan las crónicas que el terremoto de Lisboa de 1755, aparte de marcar el nacimiento de la sismología, provocó una reacción tremenda para demostrar racionalmente la existencia del Dios cristiano, noqueado el personal por tamaña muestra de cólera divina. También tuvo una respuesta ilustrada y filosófica. Nada de esto lo hemos visto aún como consecuencia del coronavirus.

 Ilustración cortesía de Casa Árabe.
 Ilustración cortesía de Casa Árabe

El Ramadán es una época muy adecuada para hablar de diversidad cultural, de inmigración, de integración, escapando de su habitual conexión mediática con la violencia, y quizá por esa causa no es frecuente encontrar esta fiesta y sus seguidores en los medios de comunicación. Musulmán y pacífico son dos palabras que no parecen casar bien desde el punto de vista del info-entretenimiento, y eso que ya llevamos al menos un lustro comprobando que el mayor problema de violencia política en Europa y norte de América procede de la extrema derecha violenta, no de los seguidores de Alá radicalizados. Reconozcamos los esfuerzos por aflorar el Ramadán a Informe Semanal, por haber dedicado un reportaje (desde Rabat); se suma alguna media página en algún periódico, pero poca cosa.

En el cajón de los sucesos inclasificables de esta columna, subsección de cretinismo, debe figurar que el Ministerio de Asuntos Exteriores tuvo el gesto de publicar en Twitter “¡Feliz #Ramadán a todos nuestros amigos musulmanes! En su comienzo atípico este año, saludamos a los miles de ciudadanos que celebran desde hoy, en #España y el mundo, este periodo central de su fe”; tuit que fue respondido por no pocos internautas con fotografías de bocadillos de jamón.

Otro tema solo aquí apuntado que sugiere el Ramadán es que entre los colectivos aplaudidos a rabiar durante las últimas semanas (costumbre a la baja) poco nos hemos acordado de que en muchas partes de España los trabajadores en la agricultura son mayoritariamente extranjeros, y ahí habrá también mucho musulmán. ¿Los consideramos héroes? No lo parece.

El equivalente a la lejía y a los geles higienizantes hidroalcohólicos contra la ignorancia, el racismo y la memez, sigue siendo la información y la cultura. Siguiendo con iniciativas de Exteriores, que llaman diplomacia pública, contra viento y marea, por decirlo así, Casa Árabe celebra Noches de Ramadán con una programación especial online; desde Casa África siguen ofreciendo contenidos y al minuto la evolución del coronavirus en el continente (pese al alarmismo, en nuestros vecinos del sur y mundo árabe no se está extendiendo la pandemia como se podría sospechar, la ciencia nos lo explicará a medio plazo); y desde Casa Mediterráneo, pues están haciendo también un esfuerzo por animar el encierro domiciliario.

“Noruega siglo VIII. Una nave espacial se estrella cerca de un poblado vikingo”, reza la sinopsis de una película emitida en estos tiempos de coronavirus. ¿Hay quien dé más en trece palabras?