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Opinión

Reflexiones sobre la reforma del orden mundial: la construcción de un relato a partir del consenso

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Link al texto original: https://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_opinion/2021/DIEEEO138_2021_JOSPER_Orden.pdf

La transformación del orden internacional es un hecho. Este artículo resume algunas ideas y tendencias doctrinales para comprender las estrategias que están desarrollando las grandes potencias para afrontar el proceso de reforma o modificación del orden actual. Las narrativas que se generan para tal fin son parte de la estrategia. La elaboración de una narrativa de reforma realista y liberal representa una opción sólida en la cual es necesario construir un consenso amplio entre las democracias liberales.

Introducción

Las incertidumbres provocadas por la dinámica internacional de la última década han derivado en una certeza: el orden mundial está en proceso de transformación. No hay dudas sobre esta cuestión. Ni en los ámbitos económicos o estratégicos, ni entre los distintos departamentos de análisis de las principales potencias y actores, ni en la propia toma de decisiones. Así lo reconoció también el teniente general García Vaquero, anfitrión en la antigua Capitanía de Valencia de la II Conferencia de Seguridad en el Mediterráneo, organizada por la Universidad Europea de Valencia y el Ministerio de Defensa, en la cual también actuó como ponente. La dinámica económica de la globalización; la digitalización y las expectativas de la revolución tecnológica; la consolidación de China como una gran potencia con aspiraciones de convertirse en el polo determinante para el futuro orden; el cambio climático y la redistribución geopolítica de las fuentes energéticas; y los horizontes demográficos son, probablemente, los principales motivos del proceso de transformación que vivimos.

La certeza de este cambio de época no es una cuestión que deba explicarse con argumentos sobre el éxito o el fracaso del orden liberal como marco de convivencia de las últimas décadas. Porque las evidencias sobre los logros del modelo de las democracias liberales son suficientemente medibles en términos de resultados económicos y de reducción de la pobreza, así como en las oportunidades abiertas por los procesos globalizadores en distintas sociedades y regiones, o en los niveles de intercambio y cooperación en materias tan diversas como la ciencia, la seguridad o la lucha contra el deterioro ambiental. La propia amenaza del terrorismo internacional se ha reducido gracias a una dura y dolorosa lucha contra las estructuras criminales y gracias a la cooperación aliada e interestatal.

Para quienes hemos estado defendiendo durante los últimos años los beneficios del orden liberal y su extensión a la sociedad internacional a través de la globalización, de la regulación y la diplomacia multilateral, una reforma del marco de convivencia no significa un fracaso, sino una adaptación necesaria para afrontar el futuro al que nos conduce este inicio de lo que muchos analistas consideran como la entrada en una nueva era. Sin embargo, cuestiones como los desequilibrios sociales, la inestabilidad política, los conflictos que permanecen abiertos, los riesgos provocados por los actores criminales y los crecientes problemas globales tienen que servir ahora como guía para transformar las instituciones y las normas existentes, y para crear nuevos instrumentos que estabilicen la seguridad y propicien el progreso en las próximas décadas.

El problema se centra en establecer una serie de estrategias, realistas en su enfoque, que determinen con claridad cuáles son los intereses propios y los objetivos prioritarios de los actores implicados y con qué recursos e instrumentos afrontarlos, pero que al mismo tiempo sean capaces de construir equilibrios entre los aliados y también con otras realidades e intereses que, desde distintos polos de influencia y regiones, se han consolidado como actores necesarios en el nuevo orden en proceso de construcción. Entramos en el tiempo de las ideas y las propuestas. Ideas still matter in polítics and international relations, tal y como afirman los autores, (anónimos), del informe “The Longer Telegram: Toward A New American China Strategy”, publicado por el Atlantic Council a principios de 2021.

Pero las ideas no son diarios personales ni ocurrencias ideológicas. Son una sucesión de reflexiones fundamentadas y complejas que necesitan contrastarse, debatirse entre expertos y ponerse en marcha con recursos bien administrados. España se encuentra frente al reto de elaborar una orientación estratégica solvente, y consensuada por las principales fuerzas políticas, que habilite a nuestro país para contribuir a la reforma de un orden que nos ha permitido crecer como nación democrática.

La idea de un orden internacional

El coronel Calvo, en su ponencia para introducir la jornada sobre “El mundo que viene: geopolítica global” celebrada en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid y promovida por la consultora Ideas y Debate y el Ministerio de Defensa, vino a resumir la magnitud del reto que como país, como aliado y como sociedad tenemos por delante. «El de contribuir a construir un nuevo orden mundial, sin que para ello tenga que sobrevenir alguna catástrofe bélica o natural que obligue a la comunidad internacional a reaccionar cuando haya sido tarde para evitarla».

El argumento del militar y de buena parte de la doctrina internacionalista es de carácter político e histórico. Y consiste en tener presente que los distintos órdenes durante la Edad Moderna, el de Westfalia a partir de 1648, el Concierto de Potencias puesto en marcha durante el Congreso de Viena de 1815, y el orden liberal postcolonial que se estructura a partir de las guerras mundiales y nace en 1945 son, en todos los casos, productos de una conflagración bélica multipolar que fuerza a los principales actores en cada etapa a buscar un marco de convivencia internacional que termine con la insostenible dinámica del conflicto sin final, o del enfrentamiento armado total y devastador. Ya fuera la guerra de los 30 años, en la Europa enfrentada por motivos religiosos y políticos que condujo a denominada paz de Westfalia, donde se reunieron los delegados de 235 entidades políticas para acordar los parámetros del sistema westfaliano; o las guerras napoleónicas, de raíz imperialista, pero también ideológica en la lucha entre el Antiguo Régimen y las ideas revolucionarias, cuyo final abre las puertas del siglo XIX a distintas conferencias multilaterales entre potencias a partir del Congreso de Viena; y finalmente el conflicto entre los imperios europeos, con las aspiraciones nacionalistas y descolonizadoras presentes en la Primera Guerra Mundial, y luego la guerra de las potencias subsiguientes contra el fascismo y los totalitarismos en la segunda, tras las cuáles quedó configurado un orden de fundamentos liberales, pero que nació fracturado desde 1945 por la existencia de dos polos antagónicos entre las potencias victoriosas, lo cual derivó históricamente en el denominado el orden bipolar.

La afirmación de Henry Kissinger en su libro World Order1 de que «nunca ha existido un verdadero orden global», no altera la visión común de la doctrina sobre la existencia de una serie de órdenes históricos configurados en torno a la realidad del poder de un conjunto de actores y potencias, o de una o varias potencias dominantes que, a través de sus capacidades y acuerdos de actuación, establecieron una serie de comportamientos y acciones capaces de dinamizar, limitar y determinar las dinámicas de las relaciones internacionales en cada etapa. Ya fueran aquellas, relaciones de conflicto, de cooperación o multifactoriales.

El concepto de «orden» es una metáfora, utilizando las palabras del coronel Enrique Fojón, que nos ayuda a comprender mejor, cuáles son los principales parámetros de actuación de los actores con poder en las relaciones internacionales. Podemos explicar el orden mundial como un marco de convivencia establecido por las capacidades de potencias y actores, por los tratados y las normas reguladoras, al menos las asumibles, y por las tendencias dominantes, ya sean en nuestro tiempo tecnológicas (digitalización), económicas (globalización), sociales (demografía), culturales (identidad), ideológicas (democracia) o ambientales (sostenibilidad). Y, por consiguiente, la idea de concebir un orden es un intento de comprender y reglamentar mediante acuerdos y compromisos, la acción dinámica de las relaciones internacionales, en permanente proceso de cambio motivado por la confluencia de intereses y las propias tendencias dominantes.

El reequilibrio es por tanto una necesidad constante, provocada por el cambio incesante que en la dinámica política actual es como un volcán en erupción que no se detiene. Por este motivo la abstracción del orden mundial requiere una nueva composición donde las capacidades de los actores sean comprendidas y reequilibradas. Teniendo en cuenta para ello que en este momento no puede hablarse de enfrentamientos sino de competición y rivalidad entre potencias. Que se mantiene un polo dominante, pero no hegemónico, mientras otros polos de atracción y poder crecen, aunque son menores en sus capacidades de influencia y proyección cultural. Que existen cinco dominios para la seguridad porque el entorno digital y el espacio están abiertos y que, de manera general, en la sociedad internacional una parte considerable de población alcanza niveles de desarrollo más altos y con mayor equidad, mientras millones de personas en países desarrollados, determinadas minorías étnicas, e ingentes bolsas de población migrante pervive en la marginación sin equidad ninguna.

Las contradicciones no resueltas por el modelo liberal, así como la diversidad de realidades políticas que se han abierto camino entre los flujos de la globalización y los efectos de la crisis económica, han revitalizado la pugna de ideas y planteamientos teóricos. Entre estas, el realismo político ha recobrado fuerza y vigencia, no solo por aportar una experiencia doctrinal importante en el diseño del orden internacional en la segunda mitad del siglo XX, sino también por representar un paradigmático lugar común en donde pueden encontrarse, y de hecho se encuentran, distintos investigadores y estrategas de diferentes escuelas y tendencias enmarcadas en las potencias tradicionales y en otras emergentes, o de reciente consolidación en el panorama mundial.

El realismo político es la teoría más desarrollada en la investigación y el análisis de la política internacional. Adquiere una impronta norteamericana muy destacable durante el siglo XX, que mantiene una raíz conservadora ligada a una priorización de las áreas de seguridad y defensa, pero que incluye las perspectivas políticas y culturales y los intereses económicos en sus análisis. Se fundamenta sobre la base original del conflicto latente que existe en la sociedad internacional, motivado por la colisión de intereses entre estados, culturas y sobre todo potencias. Considera al estado como el eje de las relaciones internacionales y, dentro de esta categoría, a las grandes potencias como los actores prioritarios para la comprensión del ecosistema político global.

Aunque se tiende a situar su fundamento doctrinal en el paradigma conocido como realpolitik, originariamente alemán, el trabajo de los teóricos realistas ha derivado en distintas interpretaciones. Estas nos ayudan en nuestros días a comprender la evolución del orden liberal, el cual ha sido implementado mediante estrategias y políticas de orientación realista, durante la primera fase de la contención en la guerra fría y en la etapa final de la pugna bipolar en los años ochenta. La denominada Power Transition Theory, por ejemplo, explica cómo las potencias dominantes prefieren incorporar las peticiones o demandas de las potencias aspirantes antes que perder su liderazgo, mientras las catalogadas como aspirantes prefieren hacerse cada vez más relevantes, pero sin aspirar al liderazgo. Y esta interpretación que podríamos asociar a una visión del realismo defensivo, resulta útil y clarificadora para entender la acomodación de algunas reflexiones realistas a la llamada estrategia del engagement. La cual, según el internacionalismo liberal dominante durante la última década del siglo pasado y la primera del siglo actual, sostenía que el crecimiento de China y su integración en las instituciones y reglamentos económicos y comerciales, conduciría a una progresiva incorporación de la potencia asiática a los patrones socio políticos del orden occidental.

Bien distinta es la visión del realismo ofensivo, muy crítica con el engagement. Los realistas más ofensivos promueven también la expansión del orden liberal, pero no desde la promoción de valores como la democracia y los ordenamientos regulatorios multilaterales, sino desde la contención del poder de las potencias revisionistas emergentes y a través de la limitación de sus ámbitos de crecimiento e influencia para que el liderazgo occidental no se viera dañado o cuestionado. En opinión de los realistas más ortodoxos, como John Mearsheimer2, ante el fracaso de la globalización político- ideológica y de la gobernanza multilateral, el orden mundial ha involucionado hacia una situación de pre-Guerra Fría con dos polos de poder, uno con aspiraciones revisionistas y consciente del momento histórico propicio para el recambio de liderazgos, el chino3. Y otro declinante y con una urgente necesidad de modificación estratégica, el americano, que solo a partir de 2017 ha hecho frente a la posibilidad histórica de su desaparición como actor dominante.

Entre ambas posturas, el denominado realismo clásico buscaría la revisión del equilibrio de poder para alcanzar otro statu quo ventajoso, mediante las alianzas reforzadas, la revisión de acuerdos comerciales y la competición abierta entre potencias. De esta manera, el periodo de ascenso chino se iría diluyendo en una nueva dinámica de interdependencia entre aliados, socios e intereses. Y para que este proceso se materialice, los valores del orden liberal constituyen un instrumento de presión que permite mantener una ventaja sobre los rivales en espacios de influencia cultural, de negociación multilateral y de atracción ideológica. Frente a esa debilidad consustancial a las potencias revisionistas (China o Rusia) incapaces de competir en valores o presentar un sistema político alternativo y creíble, la democracia se ha convertido en el concepto clave sobre el cuál ejercer la contrapropaganda multimediática y política. Con una estrategia de apoyo a los movimientos y mensajes que conduzcan a la transformación la democracia en un sistema demagógico, encaminada a debilitar las instituciones liberales sin una confrontación directa, sirviéndose de la desinformación y la desestabilización.

La convergencia del realismo, al menos de una parte, y del liberalismo internacionalista no es por consiguiente un contrasentido doctrinal, ni mucho menos una corriente de opinión sin consistencia. Muy al contrario, es una consecuencia estratégica del proceso histórico propiciado tras la derrota del comunismo soviético y una opción estratégica prevalente en el entorno de cambio actual. Que permite además interrelacionar los tres ámbitos fundamentales del poder a escala global, es decir, el militar, el económico y el ideológico-cultural.

El liberalismo es una filosofía política y económica fundamentada en la defensa de la libertad individual y la propiedad privada, la igualdad de oportunidades y la participación democrática. En los asuntos internacionales contempla un mundo de estados soberanos donde exista un respeto por la propiedad y el libre comercio y donde ninguna autoridad esté por encima de las decisiones soberanas de los pueblos. Concibe la creación de un régimen legal de leyes y prácticas internacionales para generar una gobernanza entre estados y otros actores no gubernamentales.

El orden liberal nunca ha sido un orden genuinamente internacionalista liberal. El choque bipolar de la Guerra Fría impidió su extrapolación fuera de la esfera de influencia norteamericana, euroatlántica y occidental. Ni el bloque comunista y sus áreas de influencia, ni la fracasada metáfora del tercer mundo construida por China y algunos de los países llamados no alineados, ni la mayor parte de las dictaduras utilizadas por los polos de influencia para proteger sus intereses geopolíticos, se sumaron a los planteamientos doctrinales del internacionalismo liberal.

Tampoco en la etapa de la globalización llegó a consolidarse un sistema de valores comunes ni de organizaciones o alianzas, a partir de grandes acuerdos y compromisos. Tan solo en el entorno europeo se produjo un avance decidido hacia el paradigma liberal, al integrarse los países de la Europa Central, Oriental y Báltica a la Unión Europea y la OTAN, asumiendo las exigencias democráticas y económicas y fortaleciendo el área de influencia occidental. Quizá pueda hablarse de logros menores en América Latina y Extremo Oriente, aunque también significativos en países de la importancia de Brasil, India o Corea del Sur. Así como algunos avances en la consolidación o generación de órganos de cogobernanza regional. Sin embargo, el fracaso del fenómeno conocido como la Primavera Árabe, el conflicto a gran escala en Oriente Medio y Asia Central, la progresiva autonomía y rivalidad de las potencias emergentes y la crisis económica, terminaron por ahogar los intentos de expansión y universalización del modelo liberal a escala global.

Un relato creíble y legitimado por la experiencia histórica sobre la reforma del orden mundial, debe de incluir las ideas y principios liberales que han conducido a logros importantes como los señalados. Equilibrado en polos de poder e influencia para impedir el ascenso de actores desestabilizadores u hostiles como lo fueron en su momento los totalitarismos. Distante de la tiranía y de la anarquía y por tanto con mecanismos de sanción e intervención multilateral. Fundamentado en las libertades individuales y el progreso social, como valores irrenunciables para los demócratas. Y respetuoso con los derechos sin distinción de género, creencia o procedencia.

Confrontación de ideas para la construcción del relato

Algunos trabajos de análisis de destacables think tanks norteamericanos refuerzan este planteamiento. Uno de los más relevantes ha sido el informe The Longer Telegram que parte de que la modificación del posicionamiento desafiante actual de China es posible a través de una estrategia de competición y rivalidad, aunque no exclusivamente de rivalidad y contención. Para lo cual en el documento se clarifica en primer lugar cuáles son los intereses de Estados Unidos que deben de ser protegidos conjuntamente, con los principales socios y aliados, frente al desafío chino. 1.- Retener la superioridad económica y tecnológica; 2.- proteger el estatus del dólar; 3.- mantener la capacidad de disuasión convencional y prevenir cualquier cambio inaceptable del equilibrio estratégico nuclear; 4.- prevenir cualquier expansión territorial china, especialmente una reunificación forzada con Taiwán; 5.- consolidar y expandir alianzas y asociaciones; 6.- defender (y reformar cuando sea necesario)los principios rectores del orden liberal internacional, los fundamentos ideológicos y los principales valores democráticos; 7.- determinar las persistentes amenazas compartidas, incluyendo la prevención contra las ocasionadas por el cambio climático.

Y posteriormente establece los diez principios organizativos para elaborar una estrategia sólida, situando, en primer lugar, el principio de que aquella tiene que basarse en los cuatro pilares fundamentales del poder americano: el poder militar; el status del dólar como principal moneda de reserva global y en el sistema financiero internacional; el liderazgo tecnológico; y los valores de la libertad individual, la justicia y el estado de derecho. Incluyendo además en la estrategia operativa siete componentes integrados entre los que está la puesta en marcha de una batalla ideológica global para defender las libertades económicas, políticas y sociales frente al modelo autoritario de capitalismo de estado promovido por China.

Este enfoque es suficientemente ejemplificador para comprender la importancia que dan los estrategas norteamericanos a la cohesión de intereses y valores y a su confrontación global a través de una acción comunicativa permanente que, por un lado, promueva el modelo americano para la reforma del orden mundial en torno a valores liberales y, por otro, se imponga ideológicamente al modelo chino, en este caso, pero de manera más amplia a otras opciones que compitan o puedan entrar en competencia en el futuro. Y en él se recoge además la idea convencer a las élites gubernamentales e intelectuales chinas sobre la conveniencia de reformar el orden actual y no construir un orden distinto, paralelo o rival, y también el objetivo de impactar en determinados representantes o estructuras del poder chino para disociar el mensaje monolítico del actual presidente Xi Jinping, de otras tendencias existentes en el Partido Comunista chino.

La existencia de distintas tendencias dentro de las estructuras de poder en China, se basan, entre otros argumentos, en el propio cambio de orientación que ha significado la llegada de Xi Jinping al poder y su voluntad manifiesta de aspirar a modificar el orden internacional, que consideran impuesto y no negociado con los intereses y visiones chinas. «International order becomes unstable because of disagreement over power redistribution»4, afirma Yan Xuetong en su libro Leadership and the rise of Great Powers. Y, en segundo lugar, porque tanto los analistas occidentales como los propios teóricos chinos, reconocen esa pluralidad de visiones dentro del poder institucional.

Para Xi Jinping y el relato oficialista, China no busca el enfrentamiento sino la creación de una comunidad con un destino común para toda la humanidad, pero no hostil, sino respetuosa con los estados moralmente fiables. La defensa de sus intereses no es incompatible con la idea del no alineamiento. Aunque China se esfuerza en transmitir la idea de que el orden liberal tiene un origen colonialista, que aprovechó la debilidad china, provocada por las potencias occidentales. Además, los beneficios ocasionados por la evolución del sistema no lo son para los países no occidentales y en el caso de China son producto de la eficiencia del capitalismo de estado desarrollado por el partido comunista. Las reclamaciones territoriales y de soberanía sobre Taiwán, no son una provocación contra el orden establecido. Son una reclamación de un nuevo orden donde China sea actor protagonista de las decisiones y los acuerdos.

El decano de Relaciones Internacionales de la universidad de Xinhuan, Yan Xuetong, abunda en esta pretensión de liderazgo chino. Pero lo interpreta como la evolución natural del poder internacional donde a una potencia, le sucede otra. Con un prisma igualmente realista, el profesor busca en la historia y la tradición chinas, ejemplos de comportamientos que no solo emulan a los establecidos por las potencias occidentales con sus principios liberales o pre liberales, sino que los superan en su moralidad y universalidad. Una potencia internacional necesita y proyecta credibilidad, asegura Xuetong. Y distingue entre dos liderazgos creíbles, el de autoridad humana y el hegemónico y otros dos no fiables, el de la tiranía y el de la anemocracia, es decir, el que se deja llevar por impulsos irracionales o por las tendencias dominantes.

«Core morality of a leading state as responsable and benevolent governance at the domestic level, and high strategic credibility at the international level».

Ambos planeamientos, el oficial y el académico, convergen en lo esencial y constituyen dos formatos del mismo relato. Sólido en sus convicciones y argumentos, pero más débil a la hora de confrontarse con otras visiones distintas. Por citar alguna, la propia inexperiencia china en el liderazgo mundial en la edad contemporánea y la incapacidad de establecer puntos de encuentro con otras visiones doctrinales que no conciban el momento actual como una pugna entre dos potencias dominantes. Rusia, para el autor, es una potencia regional («Estado regional», dice) como Japón, Alemania, Francia, Brasil y Reino Unido, y la India una potencia subregional.

Dentro de los Estados Unidos, algunas corrientes doctrinales realistas más duras no conciben un panorama de competición corrector de la tendencia expuesta con anterioridad. Sino más bien, de una competición basada en la contención anticipadora de lo que ya se está produciendo de hecho, según estas interpretaciones, que significaría una escala previa a una nueva guerra fría. Para la cual, además, China está mejor preparada de cómo lo estaba la Unión Soviética en 1949. Así lo advierte John Mearsheimer en el citado artículo publicado en Foreign Affairs: “The inevitably rivalry”5.

«The conditions of China to start the road to the rivalryand the leadership are far better than the soviet conditions in 1949, devastated by the II World War».

Mearsheimer es frontalmente crítico con la estrategia del engagement que compartieron las administraciones republicanas y demócratas desde la presidencia del moderado Bush en 1989 hasta los años de Barack Obama en 2008-2016. Tan solo el cambio de orientación de la seguridad nacional de 2017 ha permitido reorientar el debilitado orden liberal hacia una visión estratégica realista equiparable a la que frenó la expansión del comunismo en los años cincuenta y durante el orden bipolar: slow China’s rise es el mantra del realismo ofensivo norteamericano en la actualidad, que refuerza el autor con los resultados de las encuestas que indican que nueve de cada diez ciudadanos considera a China como la gran amenaza en el futuro.

Pero la posibilidad de que la competición estratégica planeada por buena parte del establishment norteamericano tenga grietas ideológicas en el flanco más conservador, no es el único argumento para el debate en el polarizado escenario político de Washington. El sector ultra progresista, que se ha hecho fuerte en los últimos años en la sociedad y la política americana, al igual que ha ocurrido en otros países europeos, ha puesto en marcha relatos alternativos e identitarios que cuando menos han desenfocado o dificultado la cohesión interna en distintos sistemas y democracias liberales. Algunas de estas de orientaciones teóricas se han agrupado durante un tiempo dentro del denominado constructivismo.

El constructivismo es una teoría social que se reconduce hacia las relaciones internacionales. Se trata más bien de una visión crítica y por tanto reformadora de la sociedad que tiene sus raíces en el post estructuralismo. La sociedad abierta se genera a partir de grupos de identidad que interaccionan para determinar sus intereses. Las estructuras de la sociedad anterior están siendo deconstruidas y reconstruidas por la acción política y el activismo social de estos grupos. Las redes sociales y canales de comunicación transforman esta acción en movimientos sociales que actúan de manera global y local.

Como en otras etapas históricas, una buena parte de la crítica de la izquierda progresista ha confluido en el rechazo al neoliberalismo económico a través de argumentos multitemáticos, que calaron en el pasado, en numerosas ocasiones, como una lluvia ideológica regeneradora en temas tan relevantes como la sostenibilidad o el desarrollo humano por citar dos ejemplos. Pero en otras ocasiones, entonces y ahora han bloqueado o imposibilitado consensos políticos más amplios, al identificar algunas políticas económicas calificadas como neoliberales, como responsables únicas de la conflictividad internacional y de los desequilibrios sociales y por tanto innegociables para incorporase a cualquier proyecto de reforma de las estructuras decisionales a nivel global6. La deconstrucción del orden neoliberal sigue siendo hoy, para una parte de los grupos y líderes que promueven estos planteamientos críticos, el primer objetivo de cualquier táctica o principio negociador. Hasta el momento la izquierda ultra progresista no se ha alineado con las potencias revisionistas a nivel global, aunque sí lo ha hecho en determinadas regiones como América Latina. Pero el riesgo del alineamiento de grupos antisistema con ideas y propuestas revisionistas permanece en nuestros días, multiplicado por la permeabilidad del entorno digital y por las tácticas híbridas de actores estatales mediante la desinformación y la propaganda, cada vez más activa en medios y foros de debate.

Europa es un espacio donde la proliferación de algunas de estas ideas tanto deconstructivas como antiliberales y euroescépticas encuentra acomodo. Dificultando aún más que las estructuras institucionales puedan construir unos consensos sociales y políticos previos a la elaboración y asunción de alguna estrategia acorde con las exigencias de nuestro tiempo. En primer lugar, porque los intereses divergentes entre los estados miembros se han complicado más en el marco de la competición post liberal. Y así pareciera que las potencias europeas, Alemania y Francia, sobre todo, aunque también Italia, jueguen en dos escenarios. Uno el europeo y otro el de sus intereses geopolíticos propios. Mientras los Estados con aspiraciones de recobrar mayor protagonismo a través de la Unión Europea se encuentran con una organización endeudada y dubitativa, a la vez que no son capaces de establecer herramientas autónomas para desarrollar su acción exterior y afrontar los desafíos. En segundo lugar, porque después de haber representado un símbolo del éxito democrático supranacional durante la primera etapa de la globalización, la Unión pasó a convertirse en una organización en crisis, que ahora mantiene una peligrosa deriva de incertidumbre, advertida y promovida por los rivales y por las fuerzas políticas contrarias al modelo de integración europeo.

Ante esta situación, no reflejada en las instituciones comunitarias donde se mantienen mayorías europeístas, pero sí en muchas tendencias políticas nacionales y sociales, la confrontación de ideas es frecuentemente empobrecedor. Y por estas razones, la reclamación de una posición euro atlántica más firme y comprometida se antoja como un paso imprescindible para construir una estrategia común y tridimensional que pasa por reforzar la cohesión interna de los estados en su acción exterior y de seguridad, por fortalecer el marco de integración con principios liberales y políticas reformistas y por asumir una posición global aliada con las potencias democráticas.

España es un ejemplo de esta deriva europea hacia la incertidumbre y la inoperancia estratégica. De ser un actor protagonista en la construcción europea y una potencia media con intereses propios y capacidad de acción económica, regional y cultural, no parece encontrar en la última década un proyecto estratégico que le sitúe en el orden internacional de competición actual y en el diseño del orden futuro. Sin que para tal reacción política y social tenga que mediar una catástrofe que nos fuerce a darnos cuenta de que con los parámetros del pasado no pueden afrontarse los retos del presente.

José María Peredo Pombo*
Catedrático de Comunicación y Política Internacional
Universidad Europea de Madrid
@josemariaperedo

REFERENCIAS:
  1. KISSINGER, H. World Order, Penguin Press, NY, 2014
  2. MEARSHEIMER, J. “The inevitably rivalry”, Foreign Affairs, nov-dic 2001.
  3. BRANDS, H. y LEWIS, Gaddis. “The new cold war”, Foreign Affairs, nov-dic 2021.
  4. XUETONG, Y. Leadership and the rise of great powers, Princeton University Press, New Jersey, 2019. Xuetong en su detallado análisis, reconoce la presencia de cuatro tendencias ideológicas compitiendo internamente en el diseño o ejecución de la política exterior de China en las últimas décadas, coincidentes con el crecimiento y la consolidación de la potencia asiática: una marxista, enmarcada en la ideología oficial del Partido Comunista; otra pragmático económica, identificada en su origen con el liderazgo de Deng Xiao Ping; una tercera liberal, dominante en los años ochenta; y otra tradicionalista, fundamentada en el pensamiento político-estratégico histórico chino, que gana fuerza en nuestros días, aun no siendo dominante.
  5. Op. cit. en nota 2
  6. Podemos citar el fenómeno de la antiglobalización en los años noventa y primeros años del siglo XXI, que movilizó a grupos frecuentemente radicales para frenar mediante la presión pública y el activismo teórico y político la normalidad de reuniones internacionales de organismos e instituciones de gobernanza.