Opinión

Retórica real

El rey de España, Felipe VI

Un discurso corto de fondo y de verbo no ha animado a la nación a superar su momento más dramático. Si la monarquía no encuentra el papel que debe adoptar, su función será tomada como innecesaria. Un nuevo tipo de discurso es necesario. Habló el Rey de pie, como no podía ser de otra manera, para demostrar que estamos en alerta como nación y que ni el miedo, ni un enemigo invisible nos arrodillará. No era la situación de placidez o relajo de los discursos habituales en el tiempo navideño, que se hacen sentado frente al pueblo vía televisión. Esta situación dramática pedía cambios, y estéticamente los hubo, aunque no fuesen suficientes. 

Ya el punto de fuga del fondo aparecía como indefinido y poco equilibrado. Un punto de inquietud, en lugar de un túnel hacia la luz como requería el momento. Pero lo más inquietante estaba por venir. Tras esperar a una aparición- relegada por la repentina omnipresencia del presidente del Gobierno en consejo de ministros, en la Moncloa, en el Congreso… tras su previa ausencia-, el discurso, en fondo y forma, en mensaje y retorica nos dejó una sensación de pasmo por su levedad. 

Cuando el rey habla, habla el pueblo. Esa debe ser la máxima. Que la corona encarne el discurso que haría el pueblo. No hay, hoy en día, poder en la corona, sino una mera representación de la soberanía popular, y el discurso real no puede ni debe ser otro que el que darían los ciudadanos en el todos a una. En una situación de alarma y miedo, de guerra contra el enemigo invisible, de temor ante la falta de recursos y sensación de pérdida del futuro, solo la energía que nos pone en pie ante la adversidad puede ser parte de la gramática del discurso que anime a la lucha y la victoria. Sabemos ya que esta es una guerra, porque hay un enemigo a vencer y porque el panorama de aislamiento y cuarentena nos los dice a las claras. Por eso el discurso desde arriba debe concitar al coraje para lucha con una muy clara determinación.

¿No hay quien le escriba al rey- aparte de las cartas amenazantes de Corina –un discurso donde la fortaleza se enhebre con la solidaridad, el todos a una prevalezca frente a los insolidarios, la ilusión del futuro anule el agobio del presente, la pasión por vivir venza al mensajero de la muerte? Nadie piensa que todo esto y mas no estuviese en su ánimo, pero lo importante es tener capacidad para trasladarlo. Y esa se mostró escasa. Y, de repente, cuando el anhelo pedía una mayor profusión en la llamada al coraje y el ánimo para la victoria, la alocución se acabó, sin suficientes verbos para crear el clímax social.

Habían fallado tantas cosas en el confuso anuncio de la tragedia que venía y no se vio. Habían faltado los planes de emergencia- que decían elaborarse en una precipitada sesión de Consejo de Ministros cuando la muerte ya nos tenía pillados. “No tienen planes de emergencia estudiados el estado” nos preguntábamos, ¿no los tienen ni Sanidad, ni el Ejército? Y si los tenía, sobraron las desavenencias y la falta de solidaridad entre territorios que los retrasaron. Habíamos sido ciegos ante la tragedia de otros en países lejanos y cercanos. Ante todo, esto era difícil encontrar el verdadero tono de un discurso para contagiarnos de un entusiasmo por la vida ante el terror. Pero del mismo modo que a Sánchez le sobró retórica para ocultar sus fallos- discursos con las muletillas pre-concebidas de “aplauso” y “aplauso” a los distintos colectivos –al discurso del Rey le faltó hasta la mínima literatura de enganche. Palabras sombrías, pero sin pasión, consejos de ánimo sin garra, y un gesto triste y adusto.

Necesita el Rey- si quiere contagiar entusiasmo, si quiere ser nuestro guía –un cambio de tono y de acción. Una cara renovada. Sobra hasta esa barba lánguida y oscura. También sobra la estética real de una compañera de viaje la reina, que debe abandonar la apuesta por la moda a favor de la sencillez y el compromiso. Es tiempo de austeridad y de gestos cercanos, sobran imposturas y faltan acciones de verdadero compromiso social. Mejor vestir una mascarilla y estar en los hospitales al lado de los que dan la batalla en primera línea, que ese es precisamente el espacio donde el rey y la reina deben estar: en primera línea. Su propia batalla por la credibilidad y por mantener la lógica del cargo está librándose y el pueblo no suele perdonar.

Está la monarquía española en un cruce de caminos, atacada por un virus de corruptelas en la persona del rey emérito y su amante Corina, y minada por una crítica continuada a su falta de lógica en estos tiempos. Ya no le servirán los paños calientes, los gestos vacuos de endogamia referidos solo a tejemanejes entre reyes, entre padre e hijo. La credibilidad solo se recupera con una clara acción de trasparencia, servicio a la nación y coraje ante esta guerra que librarnos todos y que necesita un líder que levante la bandera de la victoria. 

No es este un tiempo para la retórica fácil. Se ha alabado un discurso como el de la canciller Ángela Merkel, por ser tan clara como directa, por mirar frontalmente la cara de la crisis y dar respuestas a un peligro nunca visto desde la Segunda Guerra Mundial, pidiendo la colaboración en la limitación de las libertades dentro de una democracia simplemente para ganar tiempo porque hoy por hoy cura no hay.

Es el tiempo de la verdad, el apoyo individual a la comunidad, la restricción del presente para ganar tiempo al futuro. Nuestro lideres deben basar su mensaje en los hechos, los datos, la realidad y simplemente mostrarnos en ellos el espejo de la capacidad para superar una situación grave, que nos afecta a todos y cada uno de nosotros. Y animarnos a ocupar nuestro puesto en el concurso de acciones para ganar la batalla. Una nación en marcha, fabricando lo que se necesite, ahorrando lo superfluo, comprometidos por la cauda común.

Tenemos un Rey para eso, para animarnos y ser todos en uno. Si el rey flaquea, si no tiene un mensaje a la altura del problema, si no sabe trasmitir el pulso necesario para la resistencia de la comunidad no está ejerciendo el papel que se le pide como jefe del Estado. 

Todo cambiará a partir de ahora. Estamos en una guerra y su principal víctima es el statu quo. Nade será como antes. Tampoco lo será la monarquía y su papel. Deben aprender rápido en la Zarzuela, sobre cuál es su posicionamiento más eficaz para el servicio a la comunidad.  Improvisar un discurso vacuo, estéril, corto de miras, dicho con escasa convicción no es lo que esperábamos. Máxime en este momento de exigencia y tensión- el momento de la verdad - para el monarca y la monarquía. ¿Pudo ahorrárselo? Quizá no. Se le habría acusado- como ya se iba diciendo –de ausencia ante la adversidad, de ocultarse ante las críticas por el asunto de la herencia y el comportamiento general de su padre… No había, pues, excusa.

Pero la acción quedo corta y su repercusión muy limitada o criticada. Ni la retórica, ni el fondo del mensaje fueron tan animosos y contundentes como la comunidad de ciudadanos esperábamos. Necesita otro papel el rey. Y el primero es saber de quien se rodea en un momento histórico que pide más compromiso, más entrega, más empatía y relación con los ciudadanos, y conceptos mejor escritos y trasmitidos. Este es un tiempo nuevo. La guerra ha empezado. Nadie sabe a ciencia cierta como terminara. Para andar con seguridad por este estrecho camino entre la vida y la muerte, se necesita un guía con conocimiento y coraje, entre la tiniebla y la eternidad, y que sepa trasmitírselo al pueblo. Majestad, los hospitales le esperan.