Opinión

Reto y oportunidad

Coronavirus aplausos

Cuando los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, el presidente Bush trató de animar a sus conciudadanos diciéndoles que cogieran a sus familias y se fueran a disfrutar de la vida en Disney World. Y eso es precisamente lo que ahora no podemos hacer, ir a la playa o al cine o a cenar por ahí con los amigos, tenemos que quedarnos en casa porque es la única forma de evitar que esto vaya a peor. El miedo al coronavirus ha alterado nuestras vidas a lo largo y ancho del planeta, ha cerrado fronteras, cancelando vuelos, dejando en situación muy precaria a muchas personas que viven de un trabajo o unos servicios que simplemente no pueden prestar, y provocado el caos en las bolsas de valores que registran batacazos históricos mientras la economía y el comercio caen al bajar la demanda y romperse las cadenas de suministros, con su amarga consecuencia de cierres de empresas y aumento del número de parados. Y como la crisis para unos es oportunidad para otros, Amazon aumenta las contrataciones ante el espectacular aumento de las ventas online.

La pandemia puede durar bastante y una nueva recesión mundial asoma a la vuelta de la esquina. Pero sobre todo el virus mata a mucha gente, más de lo que inicialmente se pensaba (aunque aún se ignora la razón por la que los porcentajes entre muertos e infectados son tan diferentes entre países), se extiende con facilidad vertiginosa y es un enemigo traidor que da la cara cuando es tarde y uno ya está infectado. Son razones suficientes para tener miedo, que es lo normal cuando se está en guerra, que es en lo que estamos ahora. Pero miedo no es desesperación porque esto pasará.

Hospital España

Las víctimas somos los seres humanos sin distinción de raza, color, nacionalidad, religión, lugar de nacimiento, estatus social o color de los ojos. Todos, y eso es algo que debe unirnos pues, estamos juntos, la Humanidad entera, y expuestos al mismo peligro. Por eso es bonita la reacción de asomarnos a las ventanas para agradecer a diario a quienes en los hospitales están desbordados y cuidan de nuestra salud y a los que en las calles cuidan de nuestra seguridad, cuyas instrucciones es necesario seguir para acabar cuanto antes con esta pesadilla Y prepararnos para un mundo que no volverá a ser igual porque esta crisis sale reforzado el nacionalismo y debilitada la globalización, que verá subir barreras en las fronteras por exigencia de los ciudadanos atemorizados, mientras las empresas procurarán ser más autónomas y menos dependientes de cadenas de suministros que no controlan. Un mundo menos abierto, más desconfiado y quizás también menos próspero. En función de la evolución futura de la pandemia, es también probable que China tenga un papel más importante en la gobernanza global del futuro inmediato como consecuencia de la falta de liderazgo por parte de los Estados Unidos. Esta es la primera gran crisis desde 1945 en la que falta.

Es el momento de la unión y de reflexionar aprovechando que el confinamiento en nuestras casas nos da tiempo sobrado para hacerlo, alejados ya del agobiante ritmo de la vida cotidiana. “Redescubrir” la vida de familia, hacer los deberes con los hijos, contarles cuentos como se hacía antes, jugar juntos al parchís o con la ‘play station’ y hablar con ellos en serio y a fondo de sus problemas, que los tienen, y de sus sueños e ilusiones (¿cuánto tiempo desde la última vez que lo hicimos?). También constatar que la vida es corta y preguntarnos si era realmente necesario el estrés que hemos llevado hasta ser confinados porque trabajamos para vivir y no a la inversa. Podemos descubrir que es posible trabajar desde casa en lugar de empezar el día metidos en un atasco contaminante, que no es necesario hacer tantas reuniones de trabajo cuando las videoconferencias pueden evitarnos incómodos desplazamientos, que las comidas de trabajo pueden eliminarse sin mayores consecuencias evitando humos en las calles y centímetros en la cintura, que los constantes y contaminantes viajes en avión pueden sustituirse con los medios de comunicación más modernos. Si como consecuencia de esta epidemia modificamos algunos de nuestros hábitos cotidianos, todos saldremos ganando. Igual que si disminuimos el consumo y compramos sólo aquello que realmente vamos a necesitar, porque de esta manera contribuimos también a evitar el desabastecimiento. Y también tendremos tiempo para combatir otra epidemia, la de las falsedades y tonterías que de forma interesada o simplemente bobalicona se difunden por las redes sociales y que se repiten hasta la saciedad sin por ello hacerlas veraces, para centrarnos en seguir las instrucciones que las autoridades dan en beneficio de todos. A fin de cuentas, el coronavirus nos puede ayudar a reencontrarnos con nosotros mismos.

Ayuntamiento de Madrid

Este confinamiento, incómodo pero esencial para contener la expansión del virus mientras se intenta encontrar vacunas contra reloj, puede hacernos mejores si nos habituamos a pensar más en los demás, que están metidos en el mismo problema que nosotros, y si, en definitiva, la crisis sirve para que recuperemos el control sobre nuestras vidas en lugar de ser dominados por la agitación y el movimiento constante que en ocasiones nos da el aspecto de pollos sin cabeza. Si eso sucede el COVID-19 nos habrá hecho mucho daño, habrá causado muchas muertes y causando destrozos en la economía, pero nos habrá hecho más humanos y quizás mejores como personas.

Y si lo estamos pasado mal, piensen en los demás, en cómo van a atajar el problema países menos ricos que nosotros, con instituciones más débiles y servicios sanitarios con muy escasos medios, países donde el control gubernamental sobre amplias zonas es más teórico que otra cosa. Pienso en África o en Iberoamérica, en lugares atestados como la Franja de Gaza, o en los campamentos de refugiados de Siria, donde además les bombardean. No vale salvarnos sólo nosotros porque en esto estamos todos juntos y no estaremos seguros mientras muchos sigan sin estarlo. Debemos pensar en ello. A fin de cuentas, supongo que tener a un filósofo como responsable máximo de la Sanidad anima a filosofar.