Opinión

Rotaciones en la Cancillería austríaca

Sebastian Kurz

Con seis jefes de Gobierno en cinco años, Austria parece inscribirse en la práctica deportiva de las rotaciones, esa estrategia consistente en que nadie se crea que el puesto le pertenece por la mera y supuesta superioridad de su nombre. El último cambio en la alineación gubernamental austríaca ha supuesto un auténtico seísmo tanto en el vestuario político como en la afición, compuesta por los casi nueve millones de austríacos, que estos días reexperimentan en sus casas el sabor del confinamiento y de sus correspondientes y renovadas restricciones, habida cuenta de la explosión de contagios en la que allí es la cuarta ola del mutante COVID-19. 

En poco más de un mes Austria contabiliza tres cancilleres: el causante del último terremoto, Sebastian Kurz; su efímero sucesor, Alexander Schallenberg, y el que finalmente se supone que logrará concluir el mandato electoral hasta los próximos comicios, Karl Nehammer. Todos ellos, al frente o postulados por los conservadores democristianos del ÖVP, contemplan que las encuestas les hacen retroceder del 26 al 23%, cediendo la primera plaza a sus contrincantes socialdemócratas. Como sucede casi siempre y en cualquier parte, las crisis internas de un partido se traducen en desconfianza e inestabilidad, características de las que, salvo raras excepciones, huye el electorado. 

El canciller Kurz ha supuesto una gran decepción para las filas conservadoras, no solo austríacas sino también europeas. Su fulgurante carrera, que le llevó a ser secretario de Estado de Integración con 24 años, ministro de Asuntos Exteriores con 27, y jefe del Gobierno con 31, le catapultaron a la cabeza de las esperanzas de la mayoritaria familia conservadora europea. Su desplome ha sido incluso aún más rápido, puesto que hubo de dimitir del cargo el pasado octubre, tan pronto como la Fiscalía Anticorrupción vio indicios de delito en la confección de encuestas manipuladas a su favor. 

Quiso mantenerse no obstante al frente del partido y del grupo parlamentario, colocando como testaferro en la Cancillería al jefe de la diplomacia y no afiliado Alexander Schallenberg, boicoteado obviamente por el partido que presuntamente debía sostenerle, convirtiéndole así en el canciller más breve de la historia austríaca. Ese fracaso terminó de dar la puntilla a Kurz, que decidió retirarse totalmente del escenario político, pretextando la ilusión por ocuparse de su familia, en especial de su primer hijo. 

Continuismo respecto de la inmigración y las cuentas

Tras desasirse de su tutela, el partido sí sostiene a Karl Nehammer, un antiguo militar a punto de cumplir los 50 años, y con parecidas, si no las mismas, convicciones que Kurz: mano dura en la política de inmigración y en el respeto a las reglas de financiación y contabilidad, tanto en el interior del país como en el ámbito de la Unión Europea. Sin embargo, se propone dar un mayor impulso a reformas fiscales y ecológicas de gran calado, pactadas ya con Los Verdes, socio minoritario pero imprescindible en la coalición de gobierno. Mientras tanto, dejará que sea el propio ÖVP quien se ocupe de depurar a los antiguos colaboradores de Kurz a los que también ha puesto el ojo la Fiscalía Anticorrupción. 

Después de que el presidente del país, Alexander van der Bellen, sancione su nombramiento y el de sus nuevos ministros, lo más urgente será, sin embargo, ocuparse del confinamiento, establecido en principio hasta el día 13 de diciembre, pero susceptible de ampliarse más allá de las fiestas navideñas si la explosión en los ingresos hospitalarios hiciera insostenible su gestión. Como exmilitar profesional, Nehammer es partidario de medidas drásticas, justamente lo contrario que su efímero antecesor, Schallenberg, que se había opuesto al nuevo confinamiento de los ciudadanos en sus casas.  Para el sur de Europa, Austria seguirá militando en las filas de los denominados “frugales”, o sea con la lupa muy encima de cualquier veleidad manirrota o derrochadora.