Opinión

Sahel: la inestabilidad continúa

Atalayar_Mali

Los últimos meses se han caracterizado por la reactivación de zonas calientes en el planeta como el conflicto ucranio o el palestino. A estos se les une el Sahel. Tres eventos ocurridos entre abril y mayo dan fe de ello: la muerte en abril en combate del presidente de Chad Idris Déby, la ejecución de los periodistas David Beriáin y Roberto Fraile en Burkina Faso y, esta semana, el golpe de Estado de los militares en Mali -el segundo en menos de un año- contra el Gobierno civil de transición.

Estos tres eventos tienen en común la característica de demostrar que la región aún es un foco de inestabilidad, a pesar de que el interés mediático por la región haya disminuido si lo comparamos con el eco que tuvo el primer golpe de Estado en Mali en agosto del año pasado. Además, los tres demuestran que la inestabilidad se ha extendido, algo que la intervención internacional no ha logrado parar.

La muerte del recién reelegido presidente de Chad Idriss Déby el 19 de abril, combatiendo a los rebeldes del Frente de la Alternancia y la Concordia en Chad (FACT), puso bajo los focos a este país. Chad es un país clave del G5 Sahel, pues al contrario que sus vecinos, cuenta con un Ejército aguerrido y disciplinado, siendo el que más tropas contribuye a esta coalición. Además, es el aliado más firme de Francia en la región. Prueba de ello es el hecho de que el cuartel general de la Operación Barkhane se sitúa en Yamena, capital chadiana, aunque Mali sea el principal teatro de operaciones.

Sin embargo, la muerte de Déby cuestiona la imagen antes descrita del país fuerte del G5. Los rebeldes del FACT estaban a 300 kilómetros de la capital en el momento en el que mataron al presidente, lo cual demuestra la debilidad del Ejército chadiano en el control de sus fronteras, especialmente si tenemos en cuenta que limita al norte con la frágil Libia. Prueba de que algo no iba bien es el hecho de que la aviación francesa había bombardeado a los rebeldes en el 20191. Ahora con su hijo en el poder, la estabilidad del país está bajo cuestión, especialmente si será capaz de equilibrar su despliegue de tropas en la región con la necesidad de derrotar al FACT. Esto último es relevante, pues la última vez que combatieron, fue las FACT quién casi toma el control del país en el 2008.

Además, una hipotética caída del Gobierno de Chad extendería la inestabilidad por en norte, centro y este del continente. Además de limitar con Libia, Chad es fronteriza al sur con la República Centroafricana, otro foco de inestabilidad y al este con la volátil región de Darfur en Sudán. En el peor de los escenarios, estaríamos hablando de la extensión de la amenaza terrorista hacia el centro y este del continente.

Las muertes de los periodistas David Beriáin y Roberto Fraile en Burkina Faso, demostró que en este país se está reproduciendo los patrones de violencia interétnica y yihadista importados de Mali. Esta tendencia, que empezó en 2015 en el norte, se ha extendido al centro y este, con la formación de un grupo local Ansarul Islam y la implantación del Estado Islámico del Gran Sahel. Lo que ocurra en Burkina Faso puede tener un efecto contagio en África occidental, especialmente en Costa de Marfil, país con un historial de guerra civil y inestabilidad y Togo y Benín, hasta ahora inmunes a la amenaza yihadista.

Finalmente, el golpe de Estado de los militares malienses contra la junta de transición civil que rige el país desde agosto del 2020 demuestra que la situación en el país dista de estar estabilizada. La comunidad internacional ha condenado el golpe. Aún no está muy claro el porqué de esta asonada, aunque cobra fuerza la idea de que el golpe fue una reacción contra la decisión del Gobierno de transición de remover a dos militares claves en el golpe de agosto del Gobierno. Si esto fuera certero -repito que los golpistas se tienen que pronunciar-, demostraría que el poder civil sigue siendo débil frente al militar. Si al final los militares se hacen con el control y purgan a los civiles del Gobierno de transición, sería interesante observar, el debate que se forma en la Unión Europea entre la primacía de la seguridad o la promoción de la democracia. El caso de la relación entre Francia y Chad, dónde París apoyó a un régimen nada democrático a cambio de la lucha antiterrorista, puede servir como un referente para Mali.

En conclusión, el Sahel sigue demostrando que es un polvorín. La muerte del presidente de Chad en abril, el asesinato de dos periodistas españoles y el golpe de Estado en Mali de esta semana lo corroboran. El primero demostró que Chad no era tan estable como aparentaba, a pesar de contar con el mejor Ejército del G5 Sahel. Con su hijo en el poder, la estabilidad del país está en entredicho, lo cual tiene el potencial de desestabilizar el centro y este del continente.

Los asesinatos en Burkina Faso pusieron sobre la mesa el aumento de la violencia en este país bisagra entre el Sahel y la costa oeste de África con la probabilidad de que se extienda a países con un historial de guerra y violencia como Costa de Marfil.

Finalmente, el reciente golpe de Estado en Mali demuestra la fragilidad del poder civil frente al militar. Aunque los golpistas tienen que pronunciarse sobre los motivos detrás de la asonada, si todo terminase en un Gobierno formado enteramente por militares, pondría a la UE ante el dilema de continuar sus misiones de seguridad en un país con un Gobierno autoritario en aras de la lucha antiterrorista o congelar la misiones hasta que se vuelva al ‘status quo’ ante en nombre de la democracia y los derechos humanos.

Referencias:
  1. Véase: “Airstrikes and “stability”: What’s the French army doing in Chad?” Airstrikes and "stability": What's the French army doing in Chad? | African Arguments.