Opinión

Santa Sofía y la laicidad

Santa Sofía y la laicidad

El próximo 24 de julio, Santa Sofía (o Ayasofya, como se conoce en Turquía) abrirá sus puertas como mezquita tras un periodo de ochenta y seis años como museo aconfesional. La decisión de volver a convertir el milenario edificio en un templo musulmán ha sido una de las noticias internacionales más comentadas de las últimas semanas. La mayoría de los análisis coinciden en señalar la importancia simbólica de la reconversión en mezquita de la que durante un milenio fuera la principal catedral ortodoxa: sin duda, el gesto permite a Erdogan mostrarse como un líder comprometido con la religión tanto dentro como fuera de sus fronteras. 

En Turquía, donde el presidente no atraviesa su momento más popular, la medida busca atraer de nuevo a algunos de los votantes conservadores que hayan podido pasarse a los dos nuevos partidos de centroderecha liderados por antiguos colaboradores de Erdogan descontentos con su giro autoritario: el Partido del Futuro de Ahmet Davutoglu, y el Partido de la Democracia y el Progreso de Ali Babacan. En el exterior, la decisión ha sido celebrada por los simpatizantes de los Hermanos Musulmanes, cuyas redes han reproducido el comunicado en árabe del presidente turco en el que aseguraba que la reconversión de Santa Sofía en mezquita es el primer paso hacia la liberación de Al Aqsa. Por supuesto, esta declaración es pura retórica, pero es un guiño significativo a los distintos aliados islamistas del presidente en un momento en el que Turquía intensifica su presencia en conflictos como el de Libia.

Muchos de los análisis publicados en medios internacionales ahondan en cómo la decisión de transformar Santa Sofía en una mezquita amenaza la herencia cristiana del edificio. Por ejemplo, un artículo publicado en la influyente revista Foreign Policy afirma que para “millones de cristianos en todo el mundo [la medida] será un eco perturbador de las sangrientas conquistas de la Edad Media”, mientras que medios afines al cristianismo ortodoxo ruso advierten de que “trastocará las relaciones interreligiosas”. Los medios también se han hecho eco de la consternación del Papa Francisco, así como de la preocupación de algunos expertos en patrimonio y de la propia UNESCO, que advierte de que el status del edificio como Patrimonio de la Humanidad podría correr peligro, especialmente si se cubren los mosaicos bizantinos de forma permanente. No obstante, la principal víctima de la restauración de Santa Sofía como mezquita no es el cristianismo ni el legado patrimonial, sino la herencia laica de Atatürk, el fundador de la República de Turquía ―en 2023 se celebrará el centenario de su proclamación. 

El hecho de que los medios extranjeros se centren en un supuesto aumento de las tensiones entre musulmanes y cristianos ―que aún no se ha materializado― y no en el desmantelamiento progresivo de la laicidad de Turquía ―que es una realidad desde hace años― ya es una victoria para Erdogan. Muchos de estos medios proponen soluciones de compromiso, como habilitar espacios interconfesionales o asignar distintos días de culto para musulmanes o cristianos, que asumen inconscientemente el discurso del presidente turco. La laicidad de Santa Sofía es por tanto presentada como un problema, no como uno de los hitos de la nueva república surgida tras la Primera Guerra Mundial y la guerra de la Independencia turca. Del mismo modo, la decisión de reconvertirla en mezquita es mostrada como una ocurrencia fortuita de Erdogan, cuando en realidad ha sido una de las demandas de los conservadores religiosos turcos desde hace más de medio siglo. 

La historia es fundamental para entender los conflictos y debates de un país; la controversia sobre Santa Sofía no es una excepción. Tras la derrota otomana en la Primera Guerra Mundial, el movimiento nacionalista turco liderado por el general Mustafá Kemal ―que después sería conocido como Atatürk, el padre de los tucos― organizó la resistencia contra la ocupación aliada y los planes para el desmembramiento del imperio otomano contenidos en el tratado de Sèvres. Tras cuatro años de guerra en varios frentes ―nueve si contamos la Gran Guerra―, Kemal y sus seguidores proclamaron la República de Turquía en julio de 1923 tras expulsar a los Aliados, asegurar la integridad territorial de Anatolia y acabar con los movimientos independentistas kurdo y armenio. 

El nuevo Estado turco fue fundado sobre seis pilares ideológicos que ilustran bien las tendencias políticas en el mundo de entreguerras ―ascenso del fascismo y comunismo, desprestigio del liberalismo europeo tradicional― y que representaban una ruptura radical con el modelo otomano, al que los nacionalistas responsabilizaban de la decadencia y derrota frente a los Aliados. Estos seis principios son el republicanismo ―en contraposición a la monarquía―, el nacionalismo turco ―en oposición al carácter multicultural del periodo otomano―, el populismo ―políticas sociales para favorecer la movilidad social―, estatismo ―economía capitalista intervenida por un Estado fuerte―, la laicidad ―Kemal responsabilizaba al estamento religioso del atraso de Turquía, y además la creación de un Estado fuerte precisaba de la neutralización y el sometimiento de los ulema― y la revolución, entendida esta última como la necesidad de transformar la sociedad y sus costumbres desde arriba. 

La consagración de Santa Sofía como museo laico está por tanto íntimamente ligada a la ideología de la nueva república establecida por Mustafá Kemal. El templo fue oficialmente abierto como museo en 1934, aunque ya había sido cerrada al público en 1931 para que el Instituto Bizantino Americano de Thomas Whittemore realizara trabajos de restauración sobre los mosaicos bizantinos, que habían sido redescubiertos recientemente. El gobierno turco vio en Santa Sofía un monumento perfecto para consagrar la nueva interpretación de la historia turca que el Ministerio de Educación trataba de difundir: una historia que concebía las distintas culturas que se sucedieron en Anatolia como antecesoras de los turcos, pese a que estos procedían de las estepas de Asia central. Al mismo tiempo, el establecimiento del museo permitió al gobierno turco estrechar sus relaciones con Grecia y otros países balcánicos, con quienes firmó un pacto de defensa mutua en 1934.

La apertura del museo fue solo una de las muchas medidas “revolucionarias” adoptadas en 1934: ese mismo año se estableció el sufragio universal para ambos sexos ―en comparación, las mujeres francesas no obtendrían el voto hasta 12 años después―, la ley de vestido que limitaba el uso del turbante y el velo, y la ley del apellido, que obligaba a los ciudadanos a escoger un único nombre hereditario de origen turco para sus familias ―Mustafá Kemal dio ejemplo adoptando el apellido de Atatürk. Años antes, la República había adoptado el alfabeto turco, una versión específica del alfabeto latino que sustituía el alifato árabe usado en tiempos otomanos. A esto se sumaba un esfuerzo por purgar la lengua turca de influencias árabes y persas. El resultado fue una ruptura radical con el pasado: la mayoría de turcos actuales no pueden entender el idioma usado en tiempos otomanos.

El prestigio de Atatürk y su movimiento hizo que estas medidas fueran adoptadas y aplicadas sin excesiva resistencia. Al fin y al cabo, los kemalistas habían sido capaces de salvar a Turquía de la ocupación extranjera y el desmembramiento, y sus políticas habían fomentado la movilidad social. La revolución modernizadora desde arriba era entendida como la mejor forma de asegurar la independencia de Turquía en un mundo agresivo, y de hecho el modelo fue copiado en países como Irán, donde un joven oficial cosaco llamado Reza Jan había conseguido convertirse en rey.

Aunque el legado de Atatürk sigue vivo un siglo después, este se deshilacha poco a poco. El alfabeto turco continúa en uso, y el país ―en especial las clases medias de las grandes ciudades― es todavía laico. No obstante, cualquier proyecto de cambio social radical impuesto desde arriba tiene sus límites. Una vez desaparecida la primera generación de políticos republicanos, y en un contexto de intervenciones militares frecuentes, el islamismo comenzó a crecer en Turquía, especialmente en zonas rurales y entre segmentos desfavorecidos de la sociedad. Durante años, el ejército y las instituciones judiciales y educativas del país trataron de salvaguardar el laicismo mediante leyes y proclamaciones, lo que permitió a los islamistas presentarse como víctimas de un sistema autoritario que negaba la religión y las tradiciones del pueblo. Este victimismo tiene sus motivos: recordemos que en 1997 el partido del islamista Necmettin Erbakan, que había ganado las elecciones dos años antes, fue ilegalizado.

Los islamistas turcos han sabido explotar esta imagen de perseguidos por la justicia. El caso de Leyla Sahin es paradigmático: En 1998, la entonces estudiante de medicina en la universidad de Estambul no fue autorizada a presentarse a un examen por llevar el velo y denunció el caso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. En 2015, Sahin se convirtió en diputada por el AKP de Erdogan. El propio Erdogan cultivó una imagen de disidente tras ser condenado a cárcel en 1998 por incitación al odio religioso, aunque desde que está en el poder ha intentado usar a la justicia para silenciar a sus críticos y opositores.

La reconversión de Santa Sofía a mezquita, por tanto, debe ser leída con el contexto histórico en mente. Más que una medida de cara a la galería o un guiño a los aliados exteriores de Erdogan, hay que entenderla como una revancha histórica del movimiento islamista hacia los laicos, que hasta principios de la década de los 2000 ocuparon la mayoría de los cargos y puestos de responsabilidad en el Estado turco. También hay que considerar el simbolismo de anular una de las medidas históricas de Atatürk, considerado padre de la patria turca y una figura prácticamente indiscutible en la esfera pública turca. Erdogan, en el poder desde hace más de quince años, aspira a transformar el país y a convertirse en una figura tan importante como el fundador de la República de Turquía. Al convertir el museo en mezquita, Erdogan no está desafiando a los cristianos, sino a los elementos laicos de su propio país.