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Opinión

Si Kennan levantara la cabeza

Summit for Democracy

La pulsión idealista de Biden lo lleva a dividir el mundo entre “demócratas” y “autócratas”. La realista, a mantener a los “autócratas” fuera de la órbita de China. Washington y Pekín no están en una Guerra Fría –no exactamente– pero la falta de precisión conceptual y de líneas rojas claras, como las que entonces marcó el legendario diplomático George F. Kennan entre dos superpotencias rivales, es peligrosa para el mundo.

Más o menos medio mundo fue invitado a la ‘Summit for Democracy’ del 9 y 10 de diciembre. La cumbre virtual para defender el valor intrínseco de la democracia es la apuesta más ambiciosa en política exterior de la administración Biden hasta la fecha. Casi más importante es quién no fue invitado: Rusia y sobre todo China, cuyos embajadores ya firmaron una carta conjunta quejándose de la “mentalidad de Guerra Fría” de la cumbre. (Putin y Xi Jinping se juntaron virtualmente la semana pasada con Ucrania y Taiwán como telón de fondo).

Ciñéndonos a la ‘Summit for Democracy’, el criterio invitador ha dado mucho de qué hablar. Fueron convidadas democracias débiles –pero importantes estratégicamente para Estados Unidos en su pugna con China– como Filipinas y Pakistán (que declinó por deferencia a Pekín). Fueron excluidas otras naciones, como Bolivia o por razones más evidentes Venezuela, Nicaragua y Haití.

Summit for Democracy

La ausencia más alarmante fue la de El Salvador, Guatemala y Honduras. A El Salvador –alienado de los EEUU por los prejuicios ideológicos de los ‘staffers’ de Biden hacia Centroamérica, dicen unos, por el pudor democrático de Bukele, dicen otros– no parece quedarle otra que bailar con China. En cuanto a Honduras, se especula con que Tegucigalpa podría estar por abandonar a Taipéi a favor de Pekín. Ahora bien, si la recién electa Xiomara Castro es cauta, esperará unos meses para cumplir su promesa de campaña, a fin de apuntalar su transición.

De largo, el bombazo durante la misma cumbre fue la ruptura de relaciones de Managua con Taipéi para pasar a reconocer a Pekín, que no tardó en anunciar asistencia para la COVID-19 a los Ortega-Murillo para corresponder. Un recado chino, ‘timing’ y todo, por haber invitado a Taiwán a la cumbre. Todo un revés diplomático para Biden en el siempre sensible “patio trasero” de Washington.

El vicepresidente del ‘think tank’ Council of the Americas se quejaba de que EEUU pusiera en el mismo saco a Nicaragua y a Guatemala, El Salvador y Honduras. “La administración no tiene una política muy matizada…estos son países con problemas profundos con los cuales EEUU debe de trabajar en asuntos cercanos a nuestra agenda como la inmigración… ¿es Guatemala menos democrático que Pakistán?”. Fair question. Un catedrático de la Harvard Kennedy School se preguntó: “¿Si la democracia es nuestro principal objetivo, deberíamos estar del lado de Arabia Saudí y de Egipto? ¿Si contener a China es nuestro propósito real, podemos ser exquisitos sobre con quién decidimos hablar?”.

Joe Biden

Estados Unidos, el hegemón, da un paso atrás en el hemisferio. Algunos lectores –los menos afines a EEUU dentro de la no-izquierda iberoamericana que acostumbra a leer estas líneas– ni se inmutarán. Pero han de ser plenamente conscientes de que junto a EEUU retrocede la occidentalidad de América Latina. Sobre si esta occidentalidad es tal, o incluso sobre si es deseable, merece la pena detenerse en otra ocasión. Ya lo han hecho otros más doctos. Pero el vacío se llenará y los candidatos con opciones reales de hacerlo ‘are not pretty’.

Anticipando la cumbre, la Cancillería china publicó ‘The State of Democracy in the United States’. El ‘white paper’ hurga en la herida del asalto al Capitolio por hordas trumpistas –la viga en el ojo propio– y pone en valor la “democracia sustantiva y de resultados” china frente al “exceso de énfasis de EEUU en la democracia procesal o formal”. Notablemente, se refiere a la influencia de Estados Unidos en Latinoamérica a través de una nutrida red de ONG y ‘think tanks’, cuyas fuentes de legitimidad no son precisamente la soberanía popular de cada país, y que El Americanista ha tratado en anteriores números.

A las puertas de la cumbre, China se hizo notar en Latinoamérica. El día 3, Xi se dirigió por vídeo a la Tercera Reunión Ministerial del Foro China-Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) –un foro regional de sesgo izquierdista que pretende sustituir a la Organización de Estados Americanos en la que predomina EEUU.

En paralelo, un grupo de académicos congregados por el exembajador de Chile en China y sinófilo Jorge Heine, hoy en la Boston University, propone en un libro reciente el “no alineamiento activo” para Latam con respecto a EEUU y China. Es decir, jugar a dos bandas de toda la vida. Es una propuesta ambiciosa dada la fragmentación regional. Poco le importa su potencial real a Pekín, encantado con la equidistancia positiva y normativa que le concede un grupo de prominentes intelectuales progresistas.

Summit for Democracy

Las imprentas estadounidenses tampoco paran. No por casualidad, el Saturday Essay del WSJ anterior al ‘Summit for Democracy’ fue ‘Containment Can Work Against China, Too’. Invoca al diplomático George F. Kennan, padre del ‘Containment’, la estrategia con la que EEUU derrotó al bloque soviético.

El ‘Containment’ partía de la premisa de que la tradicional inseguridad rusa, combinada con la ideología comunista, hacían a la URSS irremediablemente hostil al mundo libre (había quien insistía en reconducir al Kremlin a las “buenas maneras” por aquel entonces). Para Kennan, si bien no se podía reconducir al Kremlin, se le podía disuadir.

Stalin sabía que la URSS era más débil que EEUU. Pero estaba ciegamente convencido de que las fuerzas históricas por sí solas llevarían al comunismo a la victoria. Por tanto, no atacaría precipitadamente. Por este motivo, razonaba Kennan, solo había que “contener” a la URSS, “aplicando contrafuerza con vigilancia y con destreza en una serie de puntos geográficos y políticos en constante cambio”. Si los soviéticos no lograban expandirse, entonces la historia le daría la razón a él, y la red de mentiras que era la URSS caería por su propio peso. Los ‘doves’ de la época deploraban el peligro constante que implicaba el ‘Containment’, mientras que los ‘hawks’ aborrecían el punto muerto semipermanente de la estrategia.

Las diferencias entre la URSS y China no se le escapan al autor. Tampoco las similitudes, “el objetivo debería ser impedir que China altere el equilibrio de poderes…y su capacidad de moldear el orden internacional surgido de la victoria de los EEUU en la Guerra Fría…este rival, como antes la URSS, se mueve por una combinación de resentimiento y ambición –nacionalismo, intensa inseguridad autocrática, y los diseños grandiosos de un emperador de por vida–“. Que juzguen nuestros apreciados lectores si la ‘Summit of Democracy’ puede considerarse un diseño grandioso tal.

Xi Jinping y Joe Biden

Para Kennan, el teólogo protestante y pensador político Reinhold Niehbur “era el padre de todos nosotros”. Por aquel entonces, EEUU rebosaba de fe en la superioridad de sus valores y de su sistema político. ¿Puede decirse lo mismo hoy en día? Al ‘Containment’ lo respaldó un amplio consenso social sin apenas fisuras. Si un nuevo ‘Containment’, mutatis mutandis, fuera la estrategia óptima para los EEUU, entonces para aguantar el pulso del siglo a China, Estados Unidos tendría que creérselo y mucho.

¿Por qué hacemos la guerra? Es una de las preguntas perennes de la ciencia política. El ya clásico artículo ‘Rationalist Explanations for War’, de James Fearon (1995), cuestionó algunas de las respuestas tradicionales.
Una de ellas es que se guerrea cuando los Estados calculan erróneamente sus fuerzas relativas basándose en información inexacta. Mas para Fearon la mala información es una condición necesaria pero no suficiente para la guerra. La respuesta tradicional pasa por alto que los Estados están incentivados a compartir información sobre su fuerza y sus líneas rojas. Lo racional, lo económico es poner todas las cartas sobre la mesa, evitar un mal cálculo que lleve a la guerra, y negociar una solución de antemano que les ahorre a ambas partes el coste de la guerra, que no deja de ser una ineficiencia.

¿Si podemos negociar y quedarnos con el balance, entonces por qué seguimos guerreando?, insiste Fearon. La causa de la guerra no puede ser la (mala) información, sino aquello que impide su diseminación. Para Fearon esto son los incentivos de las partes a exagerar su poder y su determinación y de esconder su debilidad para extraer las mejores condiciones de una negociación (incentives to misrepresent information es como lo expresa él).

Joe Biden y Vladimir Putin

Podemos dar por sentado que Washington y Pekín tienen canales privados para compartir información sobre sus respectivos límites. Sirva como ejemplo Bush padre cantándole las cuarenta a Pekín en público tras Tiananmén, pero ratificando su confianza en la apertura China en ‘petit comité’, apertura que nunca llegó, huelga decirlo. Ahora bien, cualquier ofuscación de estos canales puede llevar al error y a la catástrofe a escala planetaria cuando dos superpotencias andan en competencia geopolítica por medio mundo.

Kennan llegó a representar a la élite WASP (White Anglo Saxon Protestant) –hoy prácticamente extinguida– ganándose sus mentes y sus corazones. Pero en realidad siempre fue un ‘outsider’. Su ascenso a las altas esferas políticas de la costa este comenzó en Princeton, donde se enroló siguiendo los pasos de otro célebre ‘midwesterner’ que vivió angustiado en los márgenes de “la sociedad”: Scott F. Fitzgerald, autor de ‘The Great Gatsby’, pero sobre todo de ‘This Side of Paradise’. Kennan se identificaba con su protagonista, Amory Blaine, basado en el propio Fitzgerald. Blaine deja Princeton. A él lo deja su amada por un hombre más hecho o menos roto. Termina la novela vagabundeando, hasta que un rico desconocido se ofrece a recogerlo en su automóvil. Conversan y –ya sin nada que perder– Blaine abraza el socialismo. Admite estar improvisando. “I know myself, but that is all”, concluye.

Kennan influyó en Latam, mas no brilló por su clarividencia, como lo había hecho en Eurasia. En el único viaje que hizo a la región en 1950, se bastó de los prejuicios de sus embajadores allí destinados, en plena paranoia anticomunista de la Guerra Fría temprana, en vez de hacer lo que mejor hacía: observar y analizar el tejido social para luego describirlo con una prosa magistral. Tras el viaje planteó su corolario a la Doctrina Monroe: “No podemos ser demasiado dogmáticos con respecto a los métodos con los que los comunistas locales deben ser tratados”.

Summit for Democracy

Quizá lo rediman sus memorias. En ellas se retracta de su juicio apresurado sobre Latinoamérica. “A pesar del énfasis de estos pasajes [cita su trabajo de mitad de siglo] en el elemento trágico de la civilización latinoamericana, tengo en otro sentido una alta opinión de ella, y hasta veo en ella la mejor esperanza de la humanidad para el futuro…el continente sudamericano puede algún día demostrar que es el último reducto y custodio de los valores humanistas y cristianos que los hombres de Europa y Norteamérica han descartado”.

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