Opinión

Siria, el arruinado protectorado ruso con Bachar al-Asad 

Siria, el arruinado protectorado ruso con Bashar Al-Assad 

Estaba llamado, y lo prometió, a modernizar un país que su padre Hafez había regido con mano de hierro. Pero hoy, la Siria de Bachar al-Asad es un país en ruinas, del que no han desaparecido la corrupción ni la represión sangrienta contra la más mínima disidencia. El gentil oftalmólogo formado en el Reino Unido ha terminado cambiando su punto de vista en todo menos en el factor común de la familia: controlar el poder al precio que sea, caiga quien caiga y liquidando a quién sea preciso. 

El 17 de julio de 2000 hubo que reformar la Constitución para que Bachar pudiera suceder a su padre y jurar como presidente y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Siria. La ley requería para tales cargos un hombre de al menos 40 años de edad; Bachar solo contaba 34. Sangre joven en todo caso para sacar a Siria del aislamiento en que la había encerrado su padre, Hafez al-Asad,  condenado por la comunidad internacional tras la violenta represión en 1982 de las protestas contra su régimen, saldada con 20.000 muertos. 

Dentro y fuera del país se le concedió a Bachar credibilidad y confianza. Francia y Estados Unidos le respaldaron mientras el país conocía el auge del comercio y una desconocida explosión del turismo de vacaciones y congresos. Fluía la inversión extranjera y se multiplicaban los foros de debate que renovaban la atracción de Damasco, cuyos cuatro mil años la blasonan como la capital en activo más antigua del mundo. 

Todo cambiaría radicalmente a partir de las protestas sucedidas en la sureña ciudad de Deraa en marzo de 2011, como parte del incendio de aquella supuesta Primavera árabe, que fue tumbando como fichas de dominó regímenes aparentemente tan eternos y sólidos como los de Libia y Egipto. Bachar desencadenó una represión que llevaba el inequívoco acento de los Asad y se aprestó a aferrarse al poder aún a costa de una guerra, que empezó siendo civil y terminó convirtiéndose en un brutal escenario de confrontación multilateral. Hace mucho que se dejó de contar a los muertos, aunque las fuentes más fiables los sitúan en torno del medio millón, más casi dos millones de heridos de diversa consideración y nada menos que seis millones de desplazados y refugiados, el 80% de los cuales sobrevive en condiciones de miseria en los campos de Líbano, Jordania, Turquía o Grecia. 

Proyección y expansión de la miseria

La ruina siria ha terminado de dar la puntilla a Líbano, su propio protectorado hasta el asesinato con coche bomba en 2005 del primer ministro Rafik Hariri. Un magnicidio que desencadenó constantes protestas que acabaron con la presencia de tres décadas de las tropas sirias en el país de los cedros.    

Bachar al-Asad se aferró a la ayuda de Irán en 2012 para impedir el progreso de las fuerzas conjuntas de oposición. El régimen inventó un arma tan primitiva como salvajemente destructiva: los barriles explosivos, cargados con la suficiente metralla para que, lanzados desde el aire, multiplicaran las carnicerías. Naciones Unidas le acusa asimismo del empleo de armas químicas contra poblaciones civiles e incluso hospitales, utilización a la que no hacen ascos determinado tipo de dictadores. La Justicia alemana le acusa asimismo de más de 13.000 muertos a causa de las torturas en las cárceles controladas por el Mujabarat, sus temibles servicios secretos.

Cuando la ayuda iraní no bastaba para ganar la guerra acudió en su auxilio la aviación rusa, que a partir de 2015 fue ganando influencia hasta convertir a Siria en un protectorado de hecho de Moscú, que ha fijado tanto su presencia naval como aérea merced a sendas bases en territorio sirio. Por su parte, Estados Unidos, al frente de una coalición internacional, intervino tras la proclamación de Daesh en 2015, pero dejando el terreno libre una vez se consumó la derrota del ISIS y la desbandada de las sanguinarias huestes yihadistas. 

Bachar al-Asad controla ahora apenas el 70% de esta Siria arruinada, que según el Banco Mundial precisaría de al menos 350.000 millones de euros para empezar su reconstrucción. Además de la ayuda y control de Irán y Rusia, su permanencia en el poder se ha cimentado en el apoyo de las minorías, empezando por la suya propia, la alauí, junto con los drusos, cristianos y palestinos. Un mosaico étnico que fue en otro tiempo el símbolo de su innegable dinamismo intelectual y su ansia por enclavarse como el mejor puente entre oriente y occidente. 

El próximo año habrá nuevas elecciones presidenciales. Se especula acerca de que Rusia quisiera en su protectorado sirio un candidato distinto, que gozara de la anuencia de la comunidad internacional y facilitara la reconstrucción del país, incluyendo claro está el retorno de los millones de refugiados, cuya diáspora incontrolada hizo tambalear los cimientos mismos de la Unión Europea. El problema es que Bachar al-Asad no tiene rival, los ha liquidado a todos, y no es fácil fabricar un sucesor para recomponer ese campo de ruinas.