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Marruecos

Opinión

Sobre los imperios

Kremlin

A todos los imperios les sienta mal perder. A todos. Lo que pasa es que no todos reaccionan igual y algunos llevan la derrota mejor que otros, sobre todo si no les queda otra opción. Y hay algunos que no se enteran de que ya no son imperios y los hay incluso que pretenden que se les siga tratando como a tales.

El Imperio Romano se quebró ante las invasiones bárbaras, primero se dividió entre Arcadio y Honorio, entre Oriente y Occidente, y cuando éste último se repartió entre las tribus godas lo que quedaba se refugió en Bizancio, “la nueva Roma”, que pretendió ser su heredera universal hasta que los turcos acabaron con la ensoñación. Esa tensión se sigue manifestando hoy en día en el ámbito religioso en la pugna entre cristianos católicos y ortodoxos.

El Imperio Otomano también abarcó más de lo que podía y acabó desangrado en guerras continuas con Rusia por una salida al mar Negro (Crimea), y también con Austria por los Balcanes con el resultado del mundo atomizado que tan bien ha descrito Ivo Andric en “Un puente sobre el Drina”, mientras que Joseph Roth nos cuenta la agonía del imperio Austríaco en “La Marcha Radetzky”. El epitafio Otomano lo pusieron la Gran Guerra y la revolución de Mustafá Kemal Atatürk. Hoy Turquía vuelve a levantar cabeza para competir con Arabia Saudí por el liderazgo de los suníes del Medio Oriente, sin descartar horizontes más lejanos como muestra su intervención en la guerra civil y tribal de Libia. Es curioso que tres países, los tres viejos imperios, compitan hoy en la región para rellenar el vacío que dejan los norteamericanos: Turquía (Imperio Otomano), Rusia (Imperio Zarista) e Irán (Imperio Persa).

El Imperio Español se fue deshaciendo lentamente y sin estridencias hasta que los yankis que enarbolaban la Doctrina Monroe lo enterraron a bombazos en Cuba y en Filipinas. El shock fue tan traumático que llevó unos años más tarde a la caída de la Monarquía y a una República sin republicanos, que algunos hoy elogian, pero que fue un fracaso tan grande que desembocó en una cruenta guerra incivil y en una dictadura de cuarenta años de la que logramos salir con una Transición que asombró (y alivió) al mundo y que hoy desprecian algunos por ignorancia y otros por mala intención.

Francia tuvo más suerte porque cuando Waterloo acabó con las guerras de Napoleón los vencedores la trataron con generosidad en el Congreso de Viena de 1815, ese del que el príncipe de Ligne escribía que bailaba en lugar de trabajar, y como resultado fue un socio fiable durante el siglo XIX canalizando su aventurerismo hacia África y el sureste asiático. Los problemas para Europa vinieron de Prusia que envalentonada en 1870 volvió a las andadas en 1914 para ser humillada en Versalles en 1919. El resultado de esa humillación fueron la República de Weimar y el ascenso del nazismo, que ya sabemos cómo acabó. Y con el Imperio Japonés pasó tres cuartos de lo mismo después de las atrocidades que cometió en Corea, China y el sureste asiático. Cuando ambos fascismos perdieron sus imperios, los ciudadanos pudieron dedicar sus energías a crear potentes economías que les han dado un envidiable nivel de vida.

El Imperio Británico acabó tras la Segunda Guerra Mundial cuando los norteamericanos, que no tenían colonias, decidieron acabar con las que quedaban. Londres tuvo entonces que desprenderse de la India entre otras menudencias. La guinda fue la guerra de Suez en 1956 cuando Washington dio un puñetazo en la mesa y acabó de una vez por todas con las ínfulas imperialistas que aún les quedaban a británicos y franceses. París abandonó pocos años más tarde la pretensión de disfrazar a Argelia como departamento francés, mientras que los británicos no parecen haberse enterado aún de que ya no son una potencia imperial, como muestra su decisión de abandonar la Unión Europea.

China nunca quiso ser un imperio colonial, le bastaba con ser el Imperio del Centro que despreciaba el mundo exterior, pero era un imperio que fue humillado en el siglo XIX por no haberse incorporado a la revolución industrial, algo que Mao y Xi tienen muy claro, y por eso quieren hacer de China el líder de la actual revolución del Bit (Inteligencia Artificial) porque saben que ahí está el dominio del futuro. No en vano la Brookings Institution ha escrito que el país que domine la inteligencia artificial en 2050 dominará el mundo en 2100. O sea, de otra forma de imperialismo.

Los Estados Unidos dicen que no son un imperio y es cierto que no lo son al modo tradicional de ocupar hoy en día tierras ajenas (y cuando intenta hacerlo le sale muy mal como muestran los casos de Vietnam, Irak y Afganistán, entre otros menores), pero no necesita hacerlo porque son la gran potencia de nuestro tiempo y logran sus objetivos con presión económica o militar, como bien saben desde Cuba a Irán. O con el soft power de su moda, su cine y su música. Su imperialismo es de otro tipo, pero muy eficaz también y no menos implacable. Algunos como Paul Kennedy auguran su decadencia por intentar abarcar demasiado (y por sus graves divisiones internas) pero me parece que todavía falta tiempo para que eso suceda.

Y así llegamos a Rusia que tampoco se resigna a dejar de ser Imperio. Lo fue durante siglos con los zares Romanov y luego con los zares comunistas. Y cuando el fracaso del comunismo arrastró a la URSS, Rusia no quiso enterarse, no ha descolonizado Siberia, ahogó en sangre y fuego la rebelión de Chechenia, fracasó en Afganistán y, ahora, tras asegurar Bielorrusia y Kazajistán, se quiere apoderar de media Ucrania en una guerra de carácter imperialista y expansionista más propia del siglo XIX que del XX. Solo que como nos advirtió Stephen Hawking sobre el tiempo, la historia no va hacia atrás y mucho me temo que va a salir mal de esta aventura: políticamente aislada, militarmente debilitada y psicológicamente peligrosa por imprevisible. Porque para jugar en Champions hace falta banquillo y Rusia con un PIB que no llega a los dos billones de dólares tiene muy difícil competir con los EEUU (18 billones) y con China (14 billones). Sic transit gloria mundi.

Jorge Dezcallar