Opinión

Tercer Imperio que cae en la guerra eterna de Afganistán

 Afganistán

Desde que lo lograra Alejandro Magno en el 329 a.C. nadie ha logrado someter a lo que antes se llamó Jorasán y hoy conocemos como Afganistán. Es un territorio tan indomable que ni el imperio británico lo logró en todo su esplendor (1839-1842). Tampoco el soviético, cuya invasión en 1979, sus diez años de guerra y su posterior derrota y salida del país preludió el derrumbamiento de la URSS y la caída del comunismo. Ahora, veinte años más tarde de haber desencadenado la operación Libertad Duradera, Estados Unidos y sus aliados de la OTAN se aprestan a poner fin a su presencia en el segundo país más peligroso del mundo, después de Siria, según el índice Global de Paz. 

Este vasto e indómito territorio vive en lo que Dexter Filkins denominó como “la guerra eterna”, una situación a la que seguramente volverá en cuanto se marche el último de los 10.000 soldados internacionales, probablemente antes del 11 de septiembre próximo, vigésimo aniversario del atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, el pretexto esgrimido entonces por el presidente George W. Bush para bombardear  Afganistán. Allí se encontraba Osama Bin Laden, líder de Al Qaeda, protegido por el régimen taliban, los estudiantes de teología islámica a los que Estados Unidos habían financiado y armado para que, desde sus bases en Pakistán, hostigaran sin descanso al ejército soviético.

Además de la correspondiente venganza, la extremadamente rigorista interpretación del islam y, sobre todo, el vejatorio y humillante trato dispensado a las mujeres, sometidas a un régimen de verdadero terror y a la prisión permanente del burka, justificaron la operación para desbancar a los talibanes del poder. Estos se replegaron en torno al principal bastión pastún, Kunduz, y nunca renegaron  de su objetivo principal: la implantación de un régimen islámico draconiano, sometiendo a las otras tres etnias que habitan Afganistán: tayikos, uzbekos y hazaras, estos últimos practicantes del chiismo. 

El inmenso coste de un fracaso

Cuando el presidente Joe Biden anunció el final de la presencia militar americana en Afganistán admitió más o menos explícitamente el fracaso en la consecución del supuestamente principal objetivo: la construcción de un Estado viable y democrático. Aludió asimismo al inmenso caudal de dinero que se va prácticamente por el sumidero en mantener esa presencia sin futuro. La guerra, en efecto, es la más larga librada por la superpotencia americana, en la que llegó a mantener –en tiempos del presidente Barack H. Obama- más de 100.000 soldados simultáneamente. Estos veinte años de guerra han costado un billón (1.000.000.000.000) de dólares a los contribuyentes americanos, 2.300 muertos y 20.000 heridos. A España también le habrán supuesto no menos de 3.000 millones de euros y 102 muertos, incluidos dos traductores nacionalizados. 

El que fuera primer ministro británico Gordon Brown justificó la presencia de sus fuerzas en que luchar en Afganistán evita hacerlo contra el terrorismo en las mismas calles de Londres. El argumento, seguramente de buena fe, fue comprado por la totalidad de los países de la OTAN que aportaron sus tropas, incluida España. Sin embargo, el desarrollo de las operaciones sobre el terreno no estaba tan claro  como los políticos querían hacer creer. A este respecto, conviene leer con atención el informe titulado “Lecciones Aprendidas”, redactado por el SIGAR (Oficina Americana del Inspector General para la Reconstrucción de Afganistán), a cuyo contenido tuvo acceso el Washington Post. 

A lo largo de las más de 2.000 páginas el informe de su director, John Sopko, desgrana las distorsiones del Pentágono y la Casa Blanca para justificar la presencia, e incluso el aumento de las tropas en Afganistán, en un relato que recuerda bastante a las mentiras contenidas en los llamados Papeles del Pentágono sobre la guerra de Vietnam. Valga como botón de muestra la declaración del general Douglas Lute, director del programa antidrogas en Afganistán tanto con Bush como con Obama: “Carecíamos de una comprensión básica sobre lo que es Afganistán. No sabíamos lo que estábamos haciendo ni tampoco la más ligera idea de lo que nos estábamos proponiendo realizar”.

Los cerebros de Washington, como sus aliados de Londres, debieron creer que Afganistán es un país en el sentido occidental del término, cuando la experiencia desde Alejandro Magno parece demostrar que es un conglomerado étnico diverso y siempre en guerra, sin duda la primera industria del país, muy por delante de la droga (80% del opio que se produce en el mundo), y por lo tanto muy por encima de la agricultura, que se suponía debía ser el primer sector económico en un territorio mayoritariamente de campesinos. 

El resultado de haber querido implantar una democracia centralizada en Kabul es que se ha erigido una estructura central corrupta, que desde la capital solo puede establecer alianzas con los señores de la guerra de cada región o provincia a base de repartir el dinero de la ONU y de las oficinas de ayuda internacional. También lo es que los talibanes se han ido haciendo con el poder fuera de Kabul en gran parte del territorio; algunas fuentes estiman que ya dominan el 90%. 

A principios de este mes de abril un equipo de la BBC logró entrevistar a diversos líderes talibanes. Todos sin excepción expresaron su determinación a imponer las reglas de su antiguo régimen, si acaso permitiendo a las niñas acceder a una escueta enseñanza primaria. Y naturalmente la correspondiente guerra civil interétnica. Es, pues, bastante probable que vuelvan en Afganistán las imágenes que tanto horrorizaron a un Occidente cuyas convicciones en la propia superioridad moral no han hecho sino tambalearse a pasos agigantados.