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Opinión

Tiempo para tomar decisiones críticas en Oriente Medio

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Hace dos años Oriente Medio entraba en una nueva era en la que las dinámicas de poder dibujaban una nueva arquitectura de Seguridad con bloques alineados y más flexibles, en continua evolución y en consonancia con los cambios que se vienen produciendo desde hace ya una década, y que van desde las llamadas Primaveras Árabes a los recientes Acuerdos de Abraham. Una arquitectura de Seguridad que tiene como eje la cooperación entre aquellos actores que defienden la estabilidad frente a la subversión islamista en la región, y que agrupa a los estados árabes del Golfo – excepto Catar -, Egipto, Jordania, Marruecos e Israel junto a Grecia y Chipre en el Mediterráneo oriental y a los que se engancha Turquía, que ha pasado de ser un enemigo a un posible aliado político y económico. Y todo ello en un contexto en el que, desde el punto de vista estratégico, la posición política de Estados Unidos se podría calificar de ausente mientras  mantiene una presencia militar todavía significativa.  

La nueva realidad obliga a ser pragmáticos, y en geopolítica no hay vacíos. Israel se encuentra con Oriente Medio en un momento en el que la competición entre Estados Unidos y China está en su mayor apogeo – lo que también crea oportunidades en la arena de esta zona del planeta - y el papel revisionista de Irán en la política de la región no es obstáculo para que Estados Unidos y la Unión Europea quieran reactivar un Acuerdo nuclear – Plan de acción Integral Conjunto, JCPOA por sus siglas en inglés - que, en realidad, está caducado. El presidente Joe Biden, que no vive su mejor momento de popularidad, necesita una respuesta positiva por parte de Irán ante la proximidad de las elecciones de mitad de mandato, y la Unión Europea reactivar su economía y encontrar un proveedor alternativo al suministro de gas y petróleo tras la crisis energética desencadenada con la guerra de Ucrania. Que Irán deje de enriquecer uranio con fines militares a cambio del levantamiento de las sanciones comerciales, algo que la economía iraní parece necesitar con urgencia, demuestra una ceguera geopolítica bastante acusada. El Borrador de entendimiento presentado por la UE no deja de ser una táctica de dilatación en el tiempo que no aporta una solución real para la integración de Irán en la región ni en el concierto internacional. Es más, la liberación de fondos, lejos de aliviar la economía de Irán, permitiría al régimen disponer de mayor liquidez para financiar de forma abierta lo que ya hace de manera encubierta.  

La dialéctica y la información importan en las Relaciones Internacionales tanto como la Inteligencia. Más allá de la narrativa, las descalificaciones y las acusaciones más o menos surrealistas – el Jefe de la Defensa civil y militar iraní ha llegado a decir que Israel les roba la nieve, la lluvia y las nubes – el régimen de los ayatolas lleva 30 años enriqueciendo uranio hasta niveles que ya hoy son considerados muy peligrosos – por encima de un 60% y producción de uranio metálico- y que podrían cambiar radicalmente el panorama internacional, y no sólo el regional. La búsqueda de un arma nuclear como elemento disuasorio no es nuevo, y aunque este tipo de arma de destrucción masiva no se ha utilizado de forma ofensiva desde Hiroshima y Nagashaki, el desafío que podría significar su posesión por parte de un Estado que desencadena guerras por delegación por medio de los grupos armados o insurgentes que financia, entrena o apoya – Houties en Yemen, Hizbollah en Líbano y Siria, Hamas en Gaza, Fuerzas de Movilización Popular en Irak - , es muy alto. Para Israel, el grupo terrorista Hamas no le supone – no de momento – un problema existencial, pero sí Hizbollah, porque hablamos del actor no estatal más y mejor armado del mundo que utiliza el estado fallido del Líbano – donde no hay ningún contrapeso - como una plataforma de lanzamiento para atacar a Israel e intimidar a Arabia Saudí y a otros países árabes. La prioridad para Israel es mantener la Seguridad en sus fronteras, y aunque preocupa cada vez más la injerencia de Hizbollah en Líbano, causa mayor inquietud el reforzamiento de lazos estratégicos con Hamas y la Yihad Islámica Palestina, respaldada por Irán, en un intento de neutralizar la integración de Israel en las alianzas regionales y su normalización como un Estado legítimo y reconocido. De hecho, estamos asistiendo en las dos últimas semanas a un incremento significativo del nivel de tensión con Israel, con el telón de fondo de la disputa por la frontera marítima y la explotación de la plataforma gasística de Karish, aprovechando el cambio de gobierno en Israel y esperando, quizá, que las medidas maximalistas que ha puesto sobre la mesa su líder, Hasan Nasrallah, desencadenen una guerra abierta como la que tuvo lugar en julio de 2006.  

Explicaba Naftali Bennet, anterior Primer Ministro, el pasado mes de enero, durante la presentación en Tel Aviv de la Estrategia de Seguridad Nacional de Israel, que el papel del gobierno es reaccionar ante las grandes amenazas del Estado, internas y externas, porque fortalecer a Israel, por encima de opciones ideológicas, es un deber y una obligación para un país que no se puede permitir el lujo de fracturas que pongan en riesgo tanto la identidad nacional como la capacidad para enfrentar las amenazas externas – disuasión militar y Soft Power –  

Leer correctamente el mapa de Oriente Medio, que está cambiando, implica también  entender que mantener un estado democrático en un entorno regional peligroso no es incompatible con los movimientos destinados – en solitario y/o en cooperación - a debilitar las pretensiones agresivas y desestabilizadoras de Irán. No es posible, en las circunstancias actuales, formular un Acuerdo nuclear con Irán viable cuando hay dos visiones tan antagónicas del mundo y de la región. Y aunque Estados Unidos y la Unión Europea aún no se han enterado de que Irán ha alcanzado el punto de inflexión, para Israel ha comenzado el tiempo para tomar decisiones críticas.